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LA ESTATUA
DE CARBO
Ubicada en el centro de nuestra urbe
se yergue la estatua del repúblico, del hombre
bueno, del liberal y civilizador Pedro Carbo. Es una
estatua sencilla y como todas las del siglo pasado,
de factura europea, por lo que parodiando a un conocido
comercial podríamos decir que es un monumento
con símbolo de calidad.
Allí está el Pedro Carbo de sus últimos
tiempos, de sus años de mayor experiencia,
cuando escribió la «Historia del Ecuador»
que un violento incendio ocurrido justamente en los
bajos de la escalera de su domicilio, la quemó
y que Carbo rehusó rehacer por temor a otro
atentado criminal de iguales o peores consecuencias
como lo dice Roberto Andrade es uno de sus libros.
Ese Pedro Carbo, hombre universal, comprendedor sin
pasión, santo laico como muchos le han llamado,
está representado por la adusta figura de un
viejecito benevolente en ademán de extender
su diestra, de ayudar, de socorrer.
«Muy cara de Carbo» le dijo un día
al pasar por el lugar, un conocido mío y en
efecto si analizamos las fotografías antiguas
de esa familia, sobre todo la Papá Carbó,
cuando se retrató a los 100 años después
de su misa de acción de gracias en la Merced,
veremos que los personajes antiguos de la familia
Carbo tenían en común ciertos rasgos
-ojos hundidos, labios y mentón firmes- y aquel
modo de ser tan parsimonioso y sereno, tan equilibrado,
que les hacía líderes en una sociedad
violenta y cambiante como fue la nuestra en el siglo
pasado.
Al frente, pero en la parte baja, está sentada
una musa griega serenamente, viendo el tráfago
urbano con los dedos de una mano rotos por acción
vandálica, que fuera denunciada hace ya mucho
tiempo, pero nada se ha hecho para restaurarlos. Ella
simboliza posiblemente a la historia, a la justicia
o a la verdad. Y frente al conjunto, la Basílica
menor de La Merced con sus dos torres y relojes y
a su lado una institución bancaria asentada
sobre el terreno que a finales de la colonia una dama
donó a la Virgen y sobre el que se levantó
una casita llamada «La Casa de la Virgen»,
ocupada muchísimos años por Enriqueta
Ferruzola de Baquerizo, a donde iban los dominga a
pasar sus nietos. Después la casita cayó
y se levantó otra igualmente de madera, adquirida
por particulares. ¡Cuántos recuerdos!
Hacia el otro costado la casa alta y de cemento del
Comandante Gerónimo Aviles, donde antiguamente
había una casita de madera, en cuyos bajos
vivía Angelita Elizalde, siempre conversona,
bellísima en su juventud había sido,
pero los años le habían ajado el rostro,
más no su entendimiento, que siempre fue más
vivo y despierto que el de común de las gentes.
Hacia General Córdova estuvo la casa del Dr.
José Darío Moral, donde vivió
muchos años su viuda con opulencia. En los
bajos vivía hasta hace 50 años Carmelina
Camba y Ponce que se mandaba con Angelita Elizalde,
casi todas las mañanas, regalitos de mano,
o «granjerias» como entonces se acostumbraba
decir a esta clase de demostraciones de afecto. A
veces era una fuente de naranjas peladas, en otras
ocasiones unos suspiros, no faltaban tampoco los biscochuelos,
los nevados, las yemas acarameladas, en fin, largo
sería contar estas granjerias porque no terminaríamos
nunca.
Al lado estaba la casa de Leopoldo Izquieta Pérez,
el repúblico que fue padre para toda su familia
y médico elegantísimo que no aflojaba
los guantes de color plomo, ni por las mañanas.
Esa casa es ahora del Banco de Cooperativas y está
adornada por dentro y por fuera con numerosos motivos
clásicos, así como con un exquisito
mural de Pepe Manrique Izquieta donde se ve: «la
mano de Dios dando al necesitado».
Así podríamos seguir con la estatua
y con la plaza sin olvidar la bellísima casita
de cemento, tan bien cuidada, que fuera morada de
Carlos Coello Valdes y donde se vivía tan bien
y luego fue local de la Bolsa de Valores. ¡Cuántos
recuerdos tiene esta plaza, la estatua y todos sus
entornos!.
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