TOMO III
 
 
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TOMO IV
     


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LA ESTATUA DE CARBO
Ubicada en el centro de nuestra urbe se yergue la estatua del repúblico, del hombre bueno, del liberal y civilizador Pedro Carbo. Es una estatua sencilla y como todas las del siglo pasado, de factura europea, por lo que parodiando a un conocido comercial podríamos decir que es un monumento con símbolo de calidad.

Allí está el Pedro Carbo de sus últimos tiempos, de sus años de mayor experiencia, cuando escribió la «Historia del Ecuador» que un violento incendio ocurrido justamente en los bajos de la escalera de su domicilio, la quemó y que Carbo rehusó rehacer por temor a otro atentado criminal de iguales o peores consecuencias como lo dice Roberto Andrade es uno de sus libros. Ese Pedro Carbo, hombre universal, comprendedor sin pasión, santo laico como muchos le han llamado, está representado por la adusta figura de un viejecito benevolente en ademán de extender su diestra, de ayudar, de socorrer.

«Muy cara de Carbo» le dijo un día al pasar por el lugar, un conocido mío y en efecto si analizamos las fotografías antiguas de esa familia, sobre todo la Papá Carbó, cuando se retrató a los 100 años después de su misa de acción de gracias en la Merced, veremos que los personajes antiguos de la familia Carbo tenían en común ciertos rasgos -ojos hundidos, labios y mentón firmes- y aquel modo de ser tan parsimonioso y sereno, tan equilibrado, que les hacía líderes en una sociedad violenta y cambiante como fue la nuestra en el siglo pasado.

Al frente, pero en la parte baja, está sentada una musa griega serenamente, viendo el tráfago urbano con los dedos de una mano rotos por acción vandálica, que fuera denunciada hace ya mucho tiempo, pero nada se ha hecho para restaurarlos. Ella simboliza posiblemente a la historia, a la justicia o a la verdad. Y frente al conjunto, la Basílica menor de La Merced con sus dos torres y relojes y a su lado una institución bancaria asentada sobre el terreno que a finales de la colonia una dama donó a la Virgen y sobre el que se levantó una casita llamada «La Casa de la Virgen», ocupada muchísimos años por Enriqueta Ferruzola de Baquerizo, a donde iban los dominga a pasar sus nietos. Después la casita cayó y se levantó otra igualmente de madera, adquirida por particulares. ¡Cuántos recuerdos!

Hacia el otro costado la casa alta y de cemento del Comandante Gerónimo Aviles, donde antiguamente había una casita de madera, en cuyos bajos vivía Angelita Elizalde, siempre conversona, bellísima en su juventud había sido, pero los años le habían ajado el rostro, más no su entendimiento, que siempre fue más vivo y despierto que el de común de las gentes.

Hacia General Córdova estuvo la casa del Dr. José Darío Moral, donde vivió muchos años su viuda con opulencia. En los bajos vivía hasta hace 50 años Carmelina Camba y Ponce que se mandaba con Angelita Elizalde, casi todas las mañanas, regalitos de mano, o «granjerias» como entonces se acostumbraba decir a esta clase de demostraciones de afecto. A veces era una fuente de naranjas peladas, en otras ocasiones unos suspiros, no faltaban tampoco los biscochuelos, los nevados, las yemas acarameladas, en fin, largo sería contar estas granjerias porque no terminaríamos nunca.

Al lado estaba la casa de Leopoldo Izquieta Pérez, el repúblico que fue padre para toda su familia y médico elegantísimo que no aflojaba los guantes de color plomo, ni por las mañanas. Esa casa es ahora del Banco de Cooperativas y está adornada por dentro y por fuera con numerosos motivos clásicos, así como con un exquisito mural de Pepe Manrique Izquieta donde se ve: «la mano de Dios dando al necesitado».

Así podríamos seguir con la estatua y con la plaza sin olvidar la bellísima casita de cemento, tan bien cuidada, que fuera morada de Carlos Coello Valdes y donde se vivía tan bien y luego fue local de la Bolsa de Valores. ¡Cuántos recuerdos tiene esta plaza, la estatua y todos sus entornos!.