TOMO III
 
 
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TOMO II
TOMO IV
     


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LA DAMA QUE GUSTABA TREPAR A LAS AZOTEAS
Para 1922 era tal el estado de vetustez de la casi centenaria Catedral de Guayaquil, que no faltó quién pensara que amenazaba venirse al suelo. Sus tablas se encontraban apolilladas, sus pisos desnivelados. Se formó un comité para su reconstrucción pero con muy buen criterio Josefina Klínger Marcos comprendió que esto era imposible y donó veinte mil sucres para construir una nueva. Entonces Isabel Yerovi de Matheus tomó a su cargo la formación de un comité y asumió la presidencia con todos los trabajos y riesgos que esto significaba, movida únicamente por su fe cristiana y su amor a la ciudad. Al obispo Andrés Machado correspondió bendecir la primera piedra el 10 de Agosto de 1924 y manos a la obra.

Vino el contrato con la «Sociedad General de Construcciones» formada por los arquitectos italianos Carlos Bartoli, Carlos Bonarda, Mario Gerardi, Pablo Russo Scudery. Después trabajarían Juan Orús Madinyá y Alamiro González, pero esto ocurrió solamente en la segunda etapa, en la década de los años 50 y 60.

Los primitivos planos resultaron algo exagerados para la época, se quería una señora Catedral y con todas las de ley, con su planta de cruz latina, sus largas y estilizadas torres con remate, pináculo, anillo, yema y baquetón. La galería alta para el coro, ojos de buey y arco ojival y las columnas derrames. No faltó quién protestara en nombre de la cordura y del buen sentido, pero ¿Quién entiende de estas cosas cuando se está planeando un edificio que durará mil años?

La Municipalidad, remolona como siempre, puso algunos peros y hasta exigió espacios verdes a los costados, pero luego que se explicó que no había lugar para ellos porque el Sagrario y la Casa Diocesana así lo exigían, el asunto siguió su curso sin mayores dilaciones y entonces comenzaron los contratiempos propios de toda construcción, lentitud en el avance de la obra, problemas técnicos, detalles difíciles y hasta una anécdota que pinta muy a las claras el tesón de la Sra. de Matheus.

Cuenta el Ing. Russo lo siguiente: «Se hacían los preparativos para armar y colocar la estatua de Cristo Rey en su lugar. Como era mi costumbre y para cerciorarme de lo que se hacía –por tratarse de un trabajo delicado y de mucha responsabilidad- todos los días subía al andamio de 56 metros de altura donde se efectuaban los trabajos. Un día, con mucha sorpresa de mi parte encontré allí a la Sra. Yerovi de Matheus, quién también había subido a controlar la obra. ¿Cómo lo hizo? Había hecho fabricar un cajón de madera de 80 centímetros, el cual, una vez ella adentro, era elevado por una polea asegurada al armazón de hierro que existe a esa altura. Con mucha delicadeza le hice notar el peligro al que estaba expuesta y le aconsejé no repetir la hazaña para evitar una desgracia; sencillamente y con la bondad que poseía me contestó «Dios es grande y no permitirá ninguna desgracia».

La mencionada dama presidió el comité por 22 años, retirándose en 1944. Entonces se formó el «Comité Pro Reconstrucción de la Catedral» que laboró bajo la dirección de María Luisa Lince de Baquerizo hasta hace muy pocos años y del que fue tesorero mi papá.

Recuerdo que el obispo Mosquera era tan preocupado del avance de la obra que desde Roma escribía postales mandando bendiciones y averiguando si ya estaba tal o cual detalle acabado. Había que contestarle enseguida porque el bombardeo de postales era continuo. En otra ocasión dudaba sobre la conveniencia de comprar tales o cuales relojes para las torres y pedía opiniones a vuelo de pájaro, como si los miembros fueren especializados en tan difícil como rara materia. Al final optó por lo que estimó más conveniente y no debió andar muy equivocado porque aún funcionan.