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LA BIBLIOTECA
ROLANDO
El 6 de Octubre de 1896 Guayaquil
amaneció envuelta en llamas. Horas antes había
comenzado el Incendio Grande que todo lo redujo a
cenizas y extinguió una forma de vivir, la
de nuestros bisabuelos. Pereció entonces la
más rica y la mejor parte de la urbe, solo
quedaron en pie algunas casitas pobres del antiguo
barrio del Conchero después llamado Villamil
y otras más ubicadas detrás de la Catedral,
desde Boyacá hacia el Oeste, únicas
ventanas al pasado que aún persistían
en 1920 y que fueron salvadas del olvido por Roura
Oxandaberro y sus plumillas, óleos y acuarelas.
En ese incendio desaparecieron muchas y muy ricas
bibliotecas privadas, las de Trifón Aguilar,
Juan Bautista Destruge y José Gómez
Carbo. Tampoco se salvó la del general Cornelio
E. Vernaza, que muy emocionado, a los pocos días
del flagelo, publicó una reseña por
la prensa, dando a conocer su tragedia y al mismo
tiempo avisando que era la Patria la que más
había perdido, por ser su biblioteca la mejor
del país en la especialización de asuntos
militares.
Para entonces había desaparecido la de Pedro
Carbo, el gran bibliógrafo nacional fundador
de la Biblioteca Municipal en 1862, a la que dotó
con un primer contingente de libros de su propiedad.
Su biblioteca se había quemado intencionalmente
-al decir de Roberto Andrade- cuando manos criminales
prendieron fuego en la tienda de un pobre zapatero
remendón, ubicada en los bajos de la escalera
principal de la casa donde vivía Carbo, con
el exclusivo propósito de quemar los originales
de su «Historia del Ecuador» que justamente
estaba completando en esos días para dar a
la imprenta y donde se decían algunas verdades
de García Moreno y su famosa y redentora obra
nacional.
Carbo, bonachón al fin, después del
incendio comprendió que su vida corría
peligro si reiniciaba la historia y no tuvo el valor
de hacerlo, vivía en unión de varias
sobrinas a las que no quería volver a exponer.
Y por culpa del Incendio Grande del 96 en Guayaquil
entró nuestra urbe al nuevo siglo sin tener
libros que leer, falta que se hacía más
notoria por su trajín intelectual, por su vivir
pensante, por la cultura que se respiraba en su Universidad,
en el Vicente Rocafuerte y en otros centros de estudio;
y, así el joven estudiante Carlos A. Rolando,
por cuenta propia y a partir de 1903, aconsejado en
Quito por el entonces Obispo de Ibarra monseñor
Federico González Suárez, comenzó
a comprar libros, revistas, folletos y papeles sueltos,
inviniendo en ello no poco del dinero heredado de
su ilustre padre el periodista Juan Bautista Rolando
Chico.
Al principio competía con bibliógrafos
más experimentados que él, como el Dr.
Carlos Carbo Viten, el Dr. Adolfo Benjamín
Serrano y Francisco Pazmiño, pero luego los
superó ampliamente en calidad y cantidad, asistiendo
a los remates y puestos de libros usados, recorriendo
librerías de Lima, Cuenca y Quito, adquiriendo
colecciones completas de diarios ya desaparecidos,
solo, sin ayuda de nadie y sin esperanzas de ninguna
recompensa y esto durante diez años muy duros.
Rolando realizó un esfuerzo realmente admirable.
Para 1913 había logrado reunir, clasificar
y empastar 1346 obras, 200 tomos que contenían
3.267 folletos, 712 periódicos y revistas con
40.271 ejemplares y con 3.800 hojas sueltas que tenía
hermosamente arreglado en un gran salón de
su domicilio, ubicado en la casa de madera de Ismael
Pérez Pazmiño, esquina de Nueve de Octubre
No. 722 y Boyacá (1)
(1) Rolando estaba casado con Dña. Carmela
Chichonis, hermana de un conocido dirigente sindical
de esta ciudad, no tuvieron hijos ella le servía
de secretaria y fueron muy felices.
Otro bibliógrafo notable José Antonio
Campos Maigon, cuando estuvo en la Dirección
de Estudios, realizó una exposición
de libros raros y valiosos y entonces aconsejó
a Rolando que pusiera los suyos a la vista pública
para su consulta y aprovechamiento. Igual consejo
le dieron sus hermanos y maestros masones, siempre
decididos a luchar por la cultura y la educación;
así pues, casi sin meditarlo, el doctor Rolando
procedió a inaugurar el 24 de Mayo de 1913
su Bibliografía Nacional, en solemnísima
ceremonia y con asistencia de autoridades, discursos
de estilo y banda de música compuesta de diez
maestros, ubicada en media calle.
Entonces insistió en la importancia que todo
impreso posee, por humilde que sea, ya que representan
una vivencia, un sentimiento, un pensamiento, la historia
de una vida y esto es sociología pura cuando
no es arte, religión, literatura, ciencia,
historia y política.
Y como sus cosas las hacía bien. Rolando preparó
y editó para el momento un catálogo
de su Bibliografía Nacional, bellamente impreso,
en fino papel y con orden, bajo las directrices de
Melvin Dewey el feliz autor de la Clasificación
Decimal. Este catálogo es hoy día una
verdadera rareza bibliográfica guayaquileña,
pues marca el inicio de esta ciencia en nuestro puerto.
Sin embargo, tantos triunfos maduraron en no pocos
espíritus envidiosos la frutecilla de los celos
y aunque esta inauguración le trajo fama a
su nombre y hasta una Medalla de Oro que le concedió
la Municipalidad, también le malquistó
con muchos. El mismo Rolando lo cuenta así:
En 1915 asistía a casa de mi amigo el poeta
Nicolás Augusto González, cuando fui
presentado a Manuel J. Calle, quien al verme dijo:
¿Es Ud. Rolando, el de la bibliografía
nacional?
Sí señor, a sus órdenes. ¿Recibió
Ud. mi catálogo de libros?
—Así es y entonces Calle espetó:
¿Y qué piensa hacer Ud. con tanto adefesio
que ha logrado coleccionar?
Tomado de improviso. Rolando contestó:
—Todo libro es importante y —luego—
irritadisimo, atacó a Calle con la siguiente
pregunta.
—¿Tiene Ud. acaso la novela. "Carlota"
de Manuel J. Calle?
Le acababa de dar en donde le dolía, porque
a de saberse que "Carlota" fue una pamplina
de juventud escrita por Calle en estilo ramplón,
donde aparece una heroína bobaliconísima,
que más que ardores del corazón llama
a risa por lo tonta y burda que es su tragedia.
Pero Calle no se dejó y casi a gritos dijo
- iSépalo que es lo mejor que he escrito en
mi vida, es mi vida misma. Y Rolando, ya riéndose
para sus adentros le aclaró:
— ¡Ya vio! Por eso está entre mis
adefesios.
En 1932 donó su Biblioteca a la Municipalidad
y al año siguiente perfeccionó el contrato
por escritura pública, recibiendo el honor
de ser designado Director con sueldo, personal administrativo
y de secretaría. Hoy "La Rolando",
dormita sin aumentar en la medida de su importancia
y es de esperar que así continúe mientras
el Municipio siga preocupándose en asuntos
baladíes, ignorando que cuenta con un tesoro
más importante que la misma Biblioteca y Museo
Municipales y es que la Rolando es única en
el país y en el mundo.
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