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PRIMEROS
DIAS DEL
NUEVO REGIMEN
Sin embargo nada es fácil al
principio, el Congreso se enteró de la designación
de Larrea Alba como Ministro de Gobierno y luego de
la entrega de mando. Se agitaron aún más
las ambiciones y creció el descontento popular
en todo Quito. Nadie quería aceptar un Ministerio
por temor a que se cayera el Gobierno; la prensa no
tomaba partido, habían muchos intereses en
juego y el nuevo régimen se tambaleaba. Fueron
cuatro días de zozobra, pero el Viernes ya
estaba conformado el gabinete y la situación
tendía a la normalidad, ya no se escuchaban
los «Abajo Ayora», «Abajo el muñeco
militar».....
Larrea Alba designó a Modesto Larrea Jijón,
socialista moderado, para la cartera de Relaciones
Exteriores; al doctor Andrés F. Córdova
Nieto, liberal y diputado de oposición a Ayora
en el Congreso, para la de Obras Publicas; al Coronel
José Antonio Gómez González,
liberal y su antiguo amigo del ejército, para
la de Guerra; al doctor Pedro Leopoldo Nuñez,
liberal afiliado, para la de Hacienda, por sus múltiples
conocimientos en economía; al doctor Angel
Modesto Paredes riobambeño y socialista, para
la de Educación Pública; reservándose
la de Gobierno para sí, porque si hubiera nombrado
a alguien en ese cargo, se habría colocado
la soga al cuello, creando un peligro en potencia,
es decir, a su sucesor legal.
PRINCIPIOS DE OPOSICION
A SU REGIMEN
Las primeras medidas del nuevo Presidente
provisional dieron protección policial a la
familia Ayora, porque el populacho por varias ocasiones
trató de asaltar la casa particular del ex-
Presidente. Luego se ocupó de Guayaquil y designó
Gobernador al doctor Alfonso Ochoa Ortíz, de
reconocida filiación liberal. Reunía
a menudo al gabinete y trabajaba de 7 de la mañana
hasta la 1 de la mañana del día siguiente
y así todos los días. El principal problema
del país era al económico; la caja nacional
sólo contaba con 60.000 sucres y con millones
en deudas por pagar, la convertibilidad del sucre
en oro hacía que las reservas nacionales del
recientemente creado Banco Central del Ecuador bajaran
a diario, sin esperanzas de una posible recuperación.
Era preciso poner punto final a tanto desbarajuste;
pero, como seguía el congreso en sesiones,
Larrea Alba no podía adoptar medidas drásticas,
que serían calificadas de inconstitucionales.
Una tarde llamó a su despacho a Enrique Cueva,
Gerente del Central y le solicitó consejo.
Nada se puede hacer, mi Coronel, fue la respuesta
que obtuvo, mientras existan leyes que ordenen a los
bancos cambiar sucres por oro, tenga usted la plena
seguridad de que las reservas bajarán.Será
preciso una Ley del Congreso o un Decreto dictatorial
para terminar este agudo problema nacional.
Mientras tanto, en el ejército existía
discordia, porque unos oficiales fas pidieron el castigo
de los compañeros revoltosos del Batallón
«Chimborazo», mientras otros querían
su perdón. En fin, ¿Quién los
entiende? Los políticos agitaban el avispero
porque ya se rumoraban unas prontas elecciones presidenciales
y hasta surgieron dos candidatos de gran fortaleza;
por los conservadores y con marcado tinte fascista
Neptalí Bonifaz Ascázubi, y por los
liberales y socialistas Leonardo Sotomayor y Luna
y Orejuela, (a) el sapo, por su prominente vientre.
DOS MENSAJES FAMOSOS
A UN CONGRESO SORDO
Larrea Alba redactó un Mensaje
al Congreso pidiendo facultades extraordinarias en
lo económico para solucionar la crisis fiscal
de la República y adjuntó un bien concebido
Plan de Acción. Los Diputados respondieron
que esas facultades no las podían conceder
porque sería el comienzo de una nueva dictadura.
Larrea Alba insistió con un segundo mensaje,
fuerte y severo en su contenido y quizá hasta
un poco precipitado en su forma, porque criticaba
la inercia del Congreso para terminar con los problemas
nacionales. Esa acusación fue rechazada por
los Honorables, que se lanzaron a una franca y abierta
oposición al régimen provisional.
Entonces Larrea Alba trató de unificar a las
fuerzas armadas y ofreció un banquete en el
Círculo Militar informando a los Jefes y Oficiales
de la Guarnición sobre la labor que pensaba
realizar y a la vez les pidió respaldo para
actuar con energía. Al parecer obtuvo éxito
porque todos le abrazaron y felicitaron con supuesta
sinceridad.
Con este triunfo Larrea Alba, su Ministro de Guerra
y el Jefe de Zona de Quito, Coronel Enrique Merchán
Ponce, auscultaron criterios para la dictadura, emprendiendo
los dos últimos una serie de conversaciones
privadas con los militares de mayor graduación
de la plaza.
Al mismo tiempo la «Compactación Obrera»,
grupo político que apoyaba a Bonifaz, inició
una labor de resistencia al ejecutivo y ganó
adeptos en el ejército; sin embargo, ni Larrea
ni sus inmediatos colaboradores se daban cuenta de
la situación y cuando ya tenían preparado
para el día 14 de Octubre de 1931 un decreto
en que asumían la totalidad de los poderes
y disolvían al Congreso, a la una de la madrugada
se enteraron que el Teniente Coronel Pastor Casares,
Jefe de Regimiento «Bolívar» no
apoyaría el golpe.
Entonces Larrea Alba conversó con el Coronel
Maximiliano Dávila del Batallón «Chimborazo»,
con el Comandante Bolívar Valdivieso del Batallón
«Yaguachi», con los jefes de los batallones
«Carchi» y «Constitución
» y supo que el «Chimborazo» se
solidarizaba con el «Bolívar» y
que el «Yaguachi», «Carchi»
y «Constitución» apoyaban a su
gobierno; tendría pues, que atacar a los dos
primeros, si aun deseaba erguirse en dictador del
Ecuador. La historia se repetía exactamente
a los 52 días de la caída de Ayora.
El 14 de Octubre el Batallón «Carchi»
comandado por su jefe el Teniente Coronel Aurelio
Baquero González, amaneció tomando posiciones
para atacar el cuartel del «Bolívar»
que estaba en espera del asalto; mientras tanto los
efectivos conservadores de la Compactación
Obrera de Bonifaz, que apoyaban al Congreso Nacional,
daban vivas al presidente Alfredo Baquerizo Moreno
y ocuparon la Plaza de la Independencia amenazando
el Palacio de Gobierno. Larrea Alba decidió
cortar por lo sano y ordenó al «Carchi»
que regresara a su cuartel en el histórico
edificio del Real de Lima, a un costado de dicha plaza,
lo que se realizó en orden; pero, casi al llegar,
la ultima escuadra fue atacada por algunos exaltados,
abriéndose un nutrido fuego de fusilería
que derribó por tierra a media docena de «compactados».
Eran las diez le la mañana, el «Chimborazo»
disparó varios cañonazos al aire y una
delegación del Congreso se entrevistó
en Palacio con Larrea, sin lograr un acuerdo, por
lo que este volvió al cuartel del Carchi, llamó
por teléfono a los jefes de los batallones
rebeldes y les ofreció formar con ellos un
gabinete militar, lo que no fue aceptado. De regreso
a Palacio recibió a una comisión presidida
por el doctor Roberto del Pozo que a nombre del Partido
Liberal Radical ofreció apoyar la dictadura.
Lamentablemente ese acto de solidaridad se produjo
muy tarde, la situación ya no ofrecía
posibilidades a un acuerdo de naturaleza política
porque habían militares insurrectos de por
medio, a los que era preciso doblegar por la fuerza
y Larrea Alba no estaba dispuesto a ello. Así
es que, a las 11 de la mañana, llamó
al doctor Baquerizo Moreno y por decreto le entregó
el poder.
Baquerizo designó al Coronel Carlos Flores
Guerra, de los revoltosos, para la cartera de Gobierno
y de esta manera se atrajo al elemento disidente y
terminó la revolución.
Enseguida Larrea Alba abandonó el Palacio sin
importarle un comino los gritos que lanzaba la muchedumbre
en la Plaza de La Independencia. Flores Guerra y Baquerizo
trataron de detenerlo; Luis Larrea Alba avanzó
escoltado por ambos, abriéndose paso a diestras
y siniestras, entre hombres amenazantes que pedían
su muerte. Iba a paso lento hacia el Pasaje Royal
donde tenía su casa; al llegar a la Catedral
un hombre quiso matarlo, tomó el fusil de un
soldado y rastrilló varias veces sin que se
escapara el tiro.
Los del Batallón Carchi salieron en su defensa.
En la esquina otro conservador le gritó: «Ladrón,
ya no puedes robar más». Larrea se paró
y le dijo en voz alta: «Curuchupa, desgraciado,
a mi nadie me dice ladrón, Carajo» y
lo calló con ese golpe de audacia y hombría.
Enseguida, otro hombre vestido de negro, tomó
el fusil de un soldado y le apuntó al cuerpo.
Larrea sacó su revólver y felizmente
el militar logró arrebatar el arma al exaltado.
Baquerizo estaba sereno; pero Flores Guerra, que era
nervioso y estaba uniformado a igual que Larrea, temblaba
por todos y no era para menos, porque la situación
se presentaba muy peligrosa por encontrarse cerrado
el Pasaje Royal.
Entonces el Coronel Flores pidió a Larrea que
se dirigiera a la embajada argentina que quedaba cerca;
mas, como el populacho crecía a momentos y
una multitud se había situado en la esquina
cerrándole el paso todo indicaba que se cometerían
excesos. Larrea Alba, para salvar su vida, entró
en la primera puerta que halló abierta y Flores
Guerra la cerró tras ellos.
Era la casa de Don Carlos Ibarra, que al verlo tan
joven y no conociéndole preguntó:
- ¿Es usted el edecán del Coronel Larrea?
- No señor, yo soy el Coronel Larrea. Fue la
respuesta.
Por supuesto que la familia Ibarra pasó muy
malos ratos; pero como en la noche se reforzó
la guardia que el batallón “Carchi”
realizaba al pie de la casa nada ocurrió y
en altas horas el Coronel Flores condujo a Larrea
Alba a la embajada argentina donde permaneció
cuatro días.
Baquerizo Moreno obtuvo las facultades extraordinarias
del Congreso y logró sobrellevar la situación
fiscal que quiso remediar Larrea Alba meses antes
y que no pudo por intemperancia de dicho cuerpo legislativo.
Habíamos superado una crisis, otras muchas
vendrían en los meses siguientes.
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