TOMO III
 
 
 TOMO I
TOMO II
TOMO IV
     


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LOS 52 DIAS DE LARREA ALBA
El Sábado 21 de Agosto de 1931 el Ministro de Guerra, Coronel Carlos Guerrero, removió del mando del Batallón de Ingenieros «Chimborazo», al Tte. Cor. Maximiliano Dávila; al día siguiente el Batallón se sublevó y cundió la alarma en la capital. De inmediato el Cnel. Aníbal Maldonado, Jefe del «Yaguachi», avisó al Cor. Luis Larrea Alba, Sub Jefe de Estado Mayor, que tratara de comunicarse con el Presidente Isidro Ayora y con el Ministro Guerrero, pero este no los encontró por estar de vacaciones fuera de la capital.

En estas circunstancias Larrea decidió afrontar la situación y concurrió al cuartel del «Chimborazo», donde fue bien recibido por los oficiales y tropa:

¿Qué quieren señores, por qué asumen esta actitud?

-Vea, mi Coronel Larrea, sólo deseamos el regreso de nuestro
antiguo Jefe.

- Prometo arreglar esta situación; hasta tanto, no causen
más problemas.

Larrea Alba se despidió y fue al Ministerio de Guerra donde ya se encontraba Guerrero, encolerizado contra los del «Chimborazo»

- Vaya usted a ese cuartel y aprese a los insurrectos.- dícele al Coronel Ricardo Astudillo, que trató de cumplir la misión; pero, el apresado fue él. ¡Vaya cosa! ...

Luego Guerrero envió con igual cometido al Jefe de Estado Mayor, General Luis Telmo Paz y Miño que siguió la suerte de Astudillo y ya eran dos los detenidos. La situación no estaba para cuento y así lo pensaron todos.

PLAN DE ASALTO CONTRA
EL CHIMBORAZO
En esos momentos el doctor Ayora ingresa al Ministerio de Guerra, conversó con el Ministro y con los miembros del Estado Mayor y vistas las circunstancias decidieron trasladarse al cuartel del Batallón «Constitución» en la Plaza de Santo Domingo. Para colmos, el Congreso estaba reunido en Quito y el gobierno no contaba con la simpatía de la mayoría de sus miembros. Ayora sabe que cualquier suceso será tomado como pretexto para su descalificación.

Mientras tanto por la Plaza de la Independencia ya asoman grupos de curiosos que primero comentaban, luego vivaban al «Chimborazo» y al Congreso, dando mueras al «indio Ayora».

El Teniente Villavicencio del Batallón «Chimborazo» había concurrido al Congreso indicando que dicho cuerpo respaldaba a los diputados y al pueblo en su lucha contra el gobierno y que esa unidad de Pueblo-Ejército y Congreso era indestructibre. Abrazos y sonrisas a granel de parte de los honorables ...

Ayora reunió a los comandantes de las unidades militares acantonadas en Quito y por la tarde ordenó el ataque al «Chimborazo» usando artillería pesada y todo tipo de arma. La lucha sería a muerte.

En las calles los soldados de caballería disolvían con sable a la poblada que intentaba llegar a la Plaza Santo Domingo. Hay que sacar una docena de ametralladoras para asustarlos un poco; ¡Tan fea está la situación!.
Los cuerpos leales a Ayora eran el «Carchi», «Yaguachi», «Constitución» y la «Policía», el regimiento «Bolívar» nada a dos aguas y aunque aseguraba ser leal indicaba que no atacará a sus compañeros del «Chimborazo», lo que provocó la desconfianza de Ayora, quién después de mucho pensar sobre la situación decidió mostrarse generoso y a las dos de la mañana del lunes 23 de Agosto, llamó por teléfono a los jefes leales.

- Señor Coronel, he cambiado de parecer. No ataque hoy.

- Usted manda aquí, señor Presidente, se hará lo que Ud. diga ...

ULTIMA SESION DE GABINETE
DEL PRESIDENTE AYORA
El Coronel Larrea Alba era Comandante de Zona en Quito, Sub Jefe de Estado Mayor del Ejército y por sus brillantes ejecutorias todos le querían. Prueba de ello era que los del «Chimborazo» lo dejaron salir ileso del cuartel, no así al Coronel Ricardo Astudillo, ni al General Luis Telmo Paz y Miño, que seguían detenidos.

A las 9 de la mañana Larrea salió del cuartel de Santo Domingo con el Presidente Ayora y el Ministro de Guerra Gral. Carlos Guerrero, con destino al Palacio Presidencial, donde estos últimos tenían que asistir a sesión de gabinete con los demás Ministros que ya esperaban. Larrea Alba aguardó en la antesala de la presidencia junto a otras personas. Es el hombre del día y quizá el único seguro mediador entre ambos bandos, por leal al gobierno y simpático a la oposición.

Una hora después se abrió la puerta del despacho y salió Ayora, estaba pálido por el cansancio de la mala noche anterior pero su rostro se mostraba sereno y hasta podríase opinar que alegre.

- Pase usted, amigo Larrea. Queremos hablarle.

Ambos entraron, cerrándose la puerta, entonces Ayora tomó la palabra delante de su gabinete y dirigiéndose a Larrea Alba le dice sorpresivamente:

- Usted es mi sucesor. Coronel. El gabinete y yo hemos resuelto, de común acuerdo, que usted salve la situación y ahorre mucha sangre al país si acepta mi cargo. No me diga que no, amigo mío, porque usted es un patriota ... ¡

El Coronel Larrea jamás se había imaginado tamaña propuesta. Sólo contaba con treintitres años y su rostro juvenil le daba menos apariencia. Por otra parte ¿Qué experiencia administrativa podía alegar a su favor? Jamás ha ocupado puestos fuera del ejército; claro está que es un buen soldado, de los mejores, pero ¿Será esto suficiente título para asumir la mayor responsabilidad del país?

- Vea, señor Presidente, muy honrado con la propuesta; más, no la acepto!.

- No diga nada. Coronel; es usted desde ahora mi nuevo Ministro de Gobierno; aquí está su nombramiento por Decreto que firmo y le entrego ... -responde Ayora, agregando enseguida-, y como renuncio, igualmente por decreto, la Presidencia Constitucional que he venido ejerciendo desde que el Congreso en 1928 me designó, queda usted por efectos de la actual Ley Suprema de la República, encargado de la Presidencia Constitucional.

- Salve usted la situación; yo me voy a una embajada donde tengo amigos que me llaman hasta tanto se disipan las pasiones y vuelve todo a la normalidad.

- Los Ministros de Ayora se despidieron de él con fuertes abrazos. Hay emoción en el ambiente. Larrea Alba está consternado; luego, el propio Ayora le estrechó la mano y dijo: ¡Salve usted mi obra, amigo mío, sacrifíquese por el Ecuador!

- Así lo haré. Presidente; como soldado estoy acostumbrado a asumir responsabilidades y usted me lo pide y acepto.

Afuera ruge una inmensa multitud.

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