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LORAS
LIBERALES
Durante el pasado siglo fue costumbre
muy enraizada entre las familias guayaquileñas
el poseer una o más loras en los patios y azoteas
de las casas, para solaz y distracción de los
miembros de familia, que les enseñaban a hablar
y hasta a decir malas palabras.
Las señoras viejas se sentaban en los corredores
posteriores que daban al patio y durante horas hablaban
a sus loras, que las habían muchas y de muy
diferentes colores y tamaños, desde las hermosísimas
traídas del oriente hasta las humildes costeñas
de plumas rojas y moradas, pero todas hablantinas
y candidotas, repetidoras de zonzeras que hacían
reír.
Las loras vivían sueltas pero con las puntas
de las atas cortadas para que no pudieran volar ni
se fueran al vecindario. Muchas tenían sus
jaulas, pero solo por las tardes se introducían
en ellas para evitar las mordidas de los ratones que
pululaban por los techos, otras simplemente se encaramaban
en sus perchas y allí dormían tranquilas.
Mi bisabuela Delfina Torres de Concha tenía
la suya y después de muchos trabajos y largas
horas de enseñanza, consiguió que su
lora retozona aprendiera a gritar «Viva Alfaro
Carajo», porque como era esmeraldeña
y roja ¿Qué otra cosa podía gritar?
además ese era el grito de combate de entonces,
que se oía por las calles y plazas y que repetían
las loras de la ciudad;
En una ocasión la lora se escapó por
el vecindario y tuvo que ir el Dr. José Luis
Tamayo, con bombín y bastón de empuñadura
de oro, a preguntar de casa en casa si de casualidad
la habían visto. Felizmente en una de ellas
estaba posando la lora y fue devuelta a Tamayo, que
regresó en triunfo con grandes muestras de
alegría. Después de esta hazaña
el futuro presidente de la República aumentó
sus bonos en la familia de su mujer y hasta se convirtió
en el yerno preferido de la bonísima de doña
Delfina, que ya sabía que contaba con su ayuda
para esta clase de accidentes domésticos.
Por lo demás las loras de antaño eran
parte integrante de las familias, con ellas viajaban
a la costa cada vez que la ocasión se presentaba
y era de ver en las balandras y luego en los motoveleros,
cómo iban en sus jaulas, cómodamente
arrellanadas y gozando de las delicias del paisaje
marino.
De un extranjero se cuenta que concurrió a
un baile familiar pero como no sabía hablar
bien el castellano, preguntó a unos malcriados,
qué había que decir a las señoritas
para sacarlas a bailar. Uno de los presentes le contestó.
Diga Ud. ¿Me da la pata señorita? y
al mismo tiempo extiéndale la mano derecha
y arquee el dedo índice. Bien mandado el extranjero
hizo lo que le habían aconsejado y recibió
una sonora cachetada, que con las damas de antaño
no se jugaba y nadie aguantaba tamaña grosería.
Del General Plutarco Bowen se dice que cuando entró
en Guayaquil después de arrollar a los pocos
progresistas que encontró a su paso por Daule,
se hizo asiduo visitante de Merceditas Monteverde
Romero, rica señorita de esta ciudad, que vivía
con su padre y hermanos en una casona de Pichincha
y Clemente Bailen; pero el romance duró muy
poco tiempo, Bowen se vio comprometido en una asonada
contra Alfaro y tuvo que salir del país, muriendo
enseguida en Centroamérica. Merceditas quedó
inconsolable y es fama que falleció viejecita
y solterona, por los años 1940, de más
de 65 de edad, conservando de Bowen sus cartas, una
fotografía en que aparecía el héroe
con el brazo en cabestrillo por la herida recibida
en Daule y el siguiente cuento, que relato con pena.
Su lora, linda y hablantina, habíase enseñado
a decir «Merceditas y el General Bowen»
y esto lo repetía siquiera unas cien veces
al día, haciendo llorar por el recuerdo a la
pobre novia abandonada. Eran otros tiempos, entonces
las gentes vivían más interiormente
que ahora y conservaban las penas del corazón
corno tesoros inapreciables que no se podían
renunciar.
Posteriormente y ya entrado el presente siglo, las
loras comenzaron a escasear en Guayaquil y hasta se
pusieron carísimas y hoy son artículos
de lujo que no se encuentran así no más;
solo se conserva de ellas el lejano recuerdo de sus
gracias y la fama de liberales como sus dueñas.
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