TOMO III
 
 
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TOMO II
TOMO IV
     


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LORAS LIBERALES
Durante el pasado siglo fue costumbre muy enraizada entre las familias guayaquileñas el poseer una o más loras en los patios y azoteas de las casas, para solaz y distracción de los miembros de familia, que les enseñaban a hablar y hasta a decir malas palabras.

Las señoras viejas se sentaban en los corredores posteriores que daban al patio y durante horas hablaban a sus loras, que las habían muchas y de muy diferentes colores y tamaños, desde las hermosísimas traídas del oriente hasta las humildes costeñas de plumas rojas y moradas, pero todas hablantinas y candidotas, repetidoras de zonzeras que hacían reír.

Las loras vivían sueltas pero con las puntas de las atas cortadas para que no pudieran volar ni se fueran al vecindario. Muchas tenían sus jaulas, pero solo por las tardes se introducían en ellas para evitar las mordidas de los ratones que pululaban por los techos, otras simplemente se encaramaban en sus perchas y allí dormían tranquilas.

Mi bisabuela Delfina Torres de Concha tenía la suya y después de muchos trabajos y largas horas de enseñanza, consiguió que su lora retozona aprendiera a gritar «Viva Alfaro Carajo», porque como era esmeraldeña y roja ¿Qué otra cosa podía gritar? además ese era el grito de combate de entonces, que se oía por las calles y plazas y que repetían las loras de la ciudad;

En una ocasión la lora se escapó por el vecindario y tuvo que ir el Dr. José Luis Tamayo, con bombín y bastón de empuñadura de oro, a preguntar de casa en casa si de casualidad la habían visto. Felizmente en una de ellas estaba posando la lora y fue devuelta a Tamayo, que regresó en triunfo con grandes muestras de alegría. Después de esta hazaña el futuro presidente de la República aumentó sus bonos en la familia de su mujer y hasta se convirtió en el yerno preferido de la bonísima de doña Delfina, que ya sabía que contaba con su ayuda para esta clase de accidentes domésticos.

Por lo demás las loras de antaño eran parte integrante de las familias, con ellas viajaban a la costa cada vez que la ocasión se presentaba y era de ver en las balandras y luego en los motoveleros, cómo iban en sus jaulas, cómodamente arrellanadas y gozando de las delicias del paisaje marino.

De un extranjero se cuenta que concurrió a un baile familiar pero como no sabía hablar bien el castellano, preguntó a unos malcriados, qué había que decir a las señoritas para sacarlas a bailar. Uno de los presentes le contestó. Diga Ud. ¿Me da la pata señorita? y al mismo tiempo extiéndale la mano derecha y arquee el dedo índice. Bien mandado el extranjero hizo lo que le habían aconsejado y recibió una sonora cachetada, que con las damas de antaño no se jugaba y nadie aguantaba tamaña grosería.

Del General Plutarco Bowen se dice que cuando entró en Guayaquil después de arrollar a los pocos progresistas que encontró a su paso por Daule, se hizo asiduo visitante de Merceditas Monteverde Romero, rica señorita de esta ciudad, que vivía con su padre y hermanos en una casona de Pichincha y Clemente Bailen; pero el romance duró muy poco tiempo, Bowen se vio comprometido en una asonada contra Alfaro y tuvo que salir del país, muriendo enseguida en Centroamérica. Merceditas quedó inconsolable y es fama que falleció viejecita y solterona, por los años 1940, de más de 65 de edad, conservando de Bowen sus cartas, una fotografía en que aparecía el héroe con el brazo en cabestrillo por la herida recibida en Daule y el siguiente cuento, que relato con pena. Su lora, linda y hablantina, habíase enseñado a decir «Merceditas y el General Bowen» y esto lo repetía siquiera unas cien veces al día, haciendo llorar por el recuerdo a la pobre novia abandonada. Eran otros tiempos, entonces las gentes vivían más interiormente que ahora y conservaban las penas del corazón corno tesoros inapreciables que no se podían renunciar.

Posteriormente y ya entrado el presente siglo, las loras comenzaron a escasear en Guayaquil y hasta se pusieron carísimas y hoy son artículos de lujo que no se encuentran así no más; solo se conserva de ellas el lejano recuerdo de sus gracias y la fama de liberales como sus dueñas.