TOMO III
 
 
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TOMO II
TOMO IV
     


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LANCES ENTRE CABALLEROS
«El duelo es tan antiguo entre los hombres como la guerra entre ellos», esto es una perogrullada ridícula y que se explica sola, pero dicha por el Marqués de Cabriñana sonó muy de acuerdo al gusto decimonónico que imperaba en España a principios de ese siglo. Al efecto, antaño intervenían en lances de honor no solamente los caballeros sino también los príncipes de sangre real. Famoso fue el lance suscitado entre el Rey Pedro III de Aragón y Carlos de Anjou, hermano de San Luis de Francia, por la corona de Nápoles en 1282.

El lío se originó por culpa del angevino Carlos, que apoyado por el Papado invadió las dos Sicilias venciendo en la batalla de Benevento al Rey Manfredo y en la de Tagliacozzo a su inexperto sobrino Conradino y lo ajustició en un patíbulo. Este Conradino antes de morir se sacó el guantelete metálico que llevaba en la diestra y lo arrojó al populacho exclamando: «Para el Rey de Aragón», significando con esto que traspasaba los derechos hereditarios de la Casa Real de Suavia a la de Aragón. Años después los príncipes sicilianos, cansados del dominio francés, llamaron al Rey aragonés y le entregaron la isla. A Carlos de Anjou no le hizo ninguna gracia tal desacato y desafió a Pedro II a singular combate, a realizarse en Burdeos, que estaba en poder de los ingleses.

El duelo se efectuaría el l° de Junio de 1282 en un campo expresamente señalado en las cercanías de la ciudad y ambos debían comparecer con cien caballeros para matarse entre todos, pero el francés tuvo la buena idea de adelantarse, ocupando la plaza con numeroso concurso de gentes armadas. Pedro II se valió de una estrategia y disfrazado de arriero llegó a la cita, paseándose varias veces a caballo por el ruedo y desafiando a su opositor, que no estaba, pues esperaba a los cien aragoneses a la entrada de Burdeos.

Para colmo, Pedro II había llevado a un Notario y le hizo extender un certificado, que sacó en copias y mandó a repartir por las cortes de su tiempo para vergüenza del francés.

En 1535 Carlos V andaba atareado por el norte del África y tomó la plaza fuerte de la Goleta, poniendo cerco a Túnez, donde existían muchos miles de cautivos cristianos. El pirata Barbarroja trató de oponerse pero fue derrotado y Túnez se ganó para la cristiandad. Mientras tanto y en el norte de Italia, Francisco I Rey de Francia, mencionado en las crónicas como el Rey Caballero porque era muy galante con las damas, aprovechando que su enemigo el monarca español no estaba cerca, ocupó la región del Milanesado, despojando a su propietario Carlos III de Saboya, quien era cuñado de Carlos V.

Sabedor de estos asuntos, éste último se trasladó a Roma y dio las quejas ai Papa, manifestándole que no era dable que entre cristianos se hicieran esta clase de zancadillas que en fin de cuentas solo eran en favor de los turcos. El Embajador de Francia, Marqués de Claramout, tuvo que recoger el guante en presencia de Paulo 111 y quedó concertado el desafío.

Francisco I se hizo el sueco y Carlos V se encolerizó aún más, designó padrino a Baltazar de Castiglione y mandó un heraldo de su confianza a la corte de Francia, portando otra provocación; el heraldo no fue recibido, paseando detrás de la corte francesa como si fuera rabo de ella, con banderas de Castilla y tambores y así viajó de Fontaínebleau a París y luego a Longjumeau, todo un mes. Al fin, cansado el Rey Caballero, le escuchó en Audiencia pública que se prestó a todo tipo de risibles escenas, pues los presentes habían asistido bien provistos de huevos podridos y abuchearon al heraldo con este tipo de proyectiles y con verduras de diferentes sabores y tamaños hasta que tuvo que retirarse sucio y maloliente. El asunto dio que hablar durante muchos años y las cortes se reían a mandíbula batiente de la escena, aunque algunos tratadistas protestaron porque no se dio el lance, que habría servido para teñir de azul las arenas del lugar.

Con el paso de los años los lances se hicieron más numerosos en España. A raíz de la subida al trono de Amadeo I, hijo del Rey de Italia, un grupo de exaltados diputados de la oposición en son de molestarlo propusieron un saludo al Papa Pío IX autoprisioneros en el Vaticano, por cumplirse 25 años de su ascenso al trono de San Pedro, «a pesar de las inauditas persecuciones que se cometen en su contra», aludiendo a la política de mano dura que mantenía la casa Real de Saboya, a la que se pertenecía Amadeo. El asunto armó tal gresca que casi murieron algunos y luego del alboroto inicial el Diputado Praxedes Mateo Sagasta pidió que no se votara la proposición por ser de carácter político. Topete, queriendo conciliar a ambos bandos, pidió que se vote dos veces, primero para felicitar al Papa y luego para considerar si era perseguido o no por la casa Real de Saboya. Mas, el gobierno, que mantenía la mayoría legislativa, impuso condiciones y se rechazó esta solución, pasándose a votar por la moción. Entonces tomó la palabra el diputado Canga Arguelles que pidió se diera lectura a un importante documento, nada menos que la última Encíclica sobre la situación política de los Estados Pontificios, donde se acusaba al rey de Italia expresamente, el Presidente de la Cámara Salustiano Olózaga protestó diciendo que la Encíclica no era documento, pues no tenía el Exequátur Regio. Nuevos alborotos, gritos van y vienen y llovian las imprecaciones. Canga Arguelles empujó a Núñez de Arce, se levantaron los bastones y los diputados comenzaron a darse de patadas. El General Serrano, Duque de la Torre, que ya estaba viejecito, fue vapuleado de lo lindo y si la barra no hubiera abandonado los pasillos para intervenir en la contienda, no hubiera quedado sano, pero fue auxiliado oportunamente; Olózaga fue rasguñado y herido y lo sacaron con los pantalones rotos y ensangrentados. Los diputados Carlistas gritaban por el Papa y los amadeistas por el Rey. Un chusco arrojó al aire un pesado crucifijo de metal que rompió la cabeza del diputado Conde de Roche quién quedó santiguado, según se dijo entonces, aunque había sido dirigido contra Olózaga que pudo esquivarlo. Otro echó un plato de fideos con salsa y los diputados Vildósola, Somoza y el Conde de Orgaz recibieron los fideos por la cara. Al fin se apaciguó la tormenta y la Cámara pudo reinstalarse en sesión secreta que duró dos horas y finalizó con el desafío de todos los carlistas contra todos los amadeistas y eran 17 parejas, desafiadas a muerte, pero no pasó nada porque esa noche el Rey prohibió los 17 duelos.

Y con tanto duelo, lance y desafío, se nos olvidaba contar que hace pocos años mi amigo Roberto Morla tuvo la gentileza de obsequiarnos por pascuas navideñas el Código del Marqués de Cabriñana, en edición de lujo, del año de 1900, adquirida en Guayaquil, en la Librería de Pedro Janer y Cía. por el señor Jiménez Gargollo en 1927, para obsequio de un amigo de él, cuyo nombre retengo. El libro es interesante y valioso porque constituye una genuina rareza bibliográfica, sólo la Universidad de Guayaquil, el Club de la Unión y las bibliotecas de los doctores Heleodoro Ferruzola Morlas, Carlos A. Arroyo del Río, Carlos Julio Arosemena Monroy y Rodrigo Puig-Mir y Bonín cuentan con esta obra y como todos han fallecido menos el Dr. Arosemena será muy difícil consultarla.

El Código es de Honor, como su autor lo aclara, porque no rige legalmente debido a que las leyes de los estados prohiben el duelo o desafío, castigando con pena de prisión a los que intervienen como actores, padrinos, testigos, curiosos, los que se prestan a cargar o preparar las armas y, en fin, a todos aquellos que, de cualquier modo, sabiendo que sé va a realizar un desafío, no se oponen o no dan aviso oportuno a la policía.

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