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LANCES
ENTRE CABALLEROS
«El duelo es tan antiguo entre
los hombres como la guerra entre ellos», esto
es una perogrullada ridícula y que se explica
sola, pero dicha por el Marqués de Cabriñana
sonó muy de acuerdo al gusto decimonónico
que imperaba en España a principios de ese
siglo. Al efecto, antaño intervenían
en lances de honor no solamente los caballeros sino
también los príncipes de sangre real.
Famoso fue el lance suscitado entre el Rey Pedro III
de Aragón y Carlos de Anjou, hermano de San
Luis de Francia, por la corona de Nápoles en
1282.
El lío se originó por culpa del angevino
Carlos, que apoyado por el Papado invadió las
dos Sicilias venciendo en la batalla de Benevento
al Rey Manfredo y en la de Tagliacozzo a su inexperto
sobrino Conradino y lo ajustició en un patíbulo.
Este Conradino antes de morir se sacó el guantelete
metálico que llevaba en la diestra y lo arrojó
al populacho exclamando: «Para el Rey de Aragón»,
significando con esto que traspasaba los derechos
hereditarios de la Casa Real de Suavia a la de Aragón.
Años después los príncipes sicilianos,
cansados del dominio francés, llamaron al Rey
aragonés y le entregaron la isla. A Carlos
de Anjou no le hizo ninguna gracia tal desacato y
desafió a Pedro II a singular combate, a realizarse
en Burdeos, que estaba en poder de los ingleses.
El duelo se efectuaría el l° de Junio de
1282 en un campo expresamente señalado en las
cercanías de la ciudad y ambos debían
comparecer con cien caballeros para matarse entre
todos, pero el francés tuvo la buena idea de
adelantarse, ocupando la plaza con numeroso concurso
de gentes armadas. Pedro II se valió de una
estrategia y disfrazado de arriero llegó a
la cita, paseándose varias veces a caballo
por el ruedo y desafiando a su opositor, que no estaba,
pues esperaba a los cien aragoneses a la entrada de
Burdeos.
Para colmo, Pedro II había llevado a un Notario
y le hizo extender un certificado, que sacó
en copias y mandó a repartir por las cortes
de su tiempo para vergüenza del francés.
En 1535 Carlos V andaba atareado por el norte del
África y tomó la plaza fuerte de la
Goleta, poniendo cerco a Túnez, donde existían
muchos miles de cautivos cristianos. El pirata Barbarroja
trató de oponerse pero fue derrotado y Túnez
se ganó para la cristiandad. Mientras tanto
y en el norte de Italia, Francisco I Rey de Francia,
mencionado en las crónicas como el Rey Caballero
porque era muy galante con las damas, aprovechando
que su enemigo el monarca español no estaba
cerca, ocupó la región del Milanesado,
despojando a su propietario Carlos III de Saboya,
quien era cuñado de Carlos V.
Sabedor de estos asuntos, éste último
se trasladó a Roma y dio las quejas ai Papa,
manifestándole que no era dable que entre cristianos
se hicieran esta clase de zancadillas que en fin de
cuentas solo eran en favor de los turcos. El Embajador
de Francia, Marqués de Claramout, tuvo que
recoger el guante en presencia de Paulo 111 y quedó
concertado el desafío.
Francisco I se hizo el sueco y Carlos V se encolerizó
aún más, designó padrino a Baltazar
de Castiglione y mandó un heraldo de su confianza
a la corte de Francia, portando otra provocación;
el heraldo no fue recibido, paseando detrás
de la corte francesa como si fuera rabo de ella, con
banderas de Castilla y tambores y así viajó
de Fontaínebleau a París y luego a Longjumeau,
todo un mes. Al fin, cansado el Rey Caballero, le
escuchó en Audiencia pública que se
prestó a todo tipo de risibles escenas, pues
los presentes habían asistido bien provistos
de huevos podridos y abuchearon al heraldo con este
tipo de proyectiles y con verduras de diferentes sabores
y tamaños hasta que tuvo que retirarse sucio
y maloliente. El asunto dio que hablar durante muchos
años y las cortes se reían a mandíbula
batiente de la escena, aunque algunos tratadistas
protestaron porque no se dio el lance, que habría
servido para teñir de azul las arenas del lugar.
Con el paso de los años los lances se hicieron
más numerosos en España. A raíz
de la subida al trono de Amadeo I, hijo del Rey de
Italia, un grupo de exaltados diputados de la oposición
en son de molestarlo propusieron un saludo al Papa
Pío IX autoprisioneros en el Vaticano, por
cumplirse 25 años de su ascenso al trono de
San Pedro, «a pesar de las inauditas persecuciones
que se cometen en su contra», aludiendo a la
política de mano dura que mantenía la
casa Real de Saboya, a la que se pertenecía
Amadeo. El asunto armó tal gresca que casi
murieron algunos y luego del alboroto inicial el Diputado
Praxedes Mateo Sagasta pidió que no se votara
la proposición por ser de carácter político.
Topete, queriendo conciliar a ambos bandos, pidió
que se vote dos veces, primero para felicitar al Papa
y luego para considerar si era perseguido o no por
la casa Real de Saboya. Mas, el gobierno, que mantenía
la mayoría legislativa, impuso condiciones
y se rechazó esta solución, pasándose
a votar por la moción. Entonces tomó
la palabra el diputado Canga Arguelles que pidió
se diera lectura a un importante documento, nada menos
que la última Encíclica sobre la situación
política de los Estados Pontificios, donde
se acusaba al rey de Italia expresamente, el Presidente
de la Cámara Salustiano Olózaga protestó
diciendo que la Encíclica no era documento,
pues no tenía el Exequátur Regio. Nuevos
alborotos, gritos van y vienen y llovian las imprecaciones.
Canga Arguelles empujó a Núñez
de Arce, se levantaron los bastones y los diputados
comenzaron a darse de patadas. El General Serrano,
Duque de la Torre, que ya estaba viejecito, fue vapuleado
de lo lindo y si la barra no hubiera abandonado los
pasillos para intervenir en la contienda, no hubiera
quedado sano, pero fue auxiliado oportunamente; Olózaga
fue rasguñado y herido y lo sacaron con los
pantalones rotos y ensangrentados. Los diputados Carlistas
gritaban por el Papa y los amadeistas por el Rey.
Un chusco arrojó al aire un pesado crucifijo
de metal que rompió la cabeza del diputado
Conde de Roche quién quedó santiguado,
según se dijo entonces, aunque había
sido dirigido contra Olózaga que pudo esquivarlo.
Otro echó un plato de fideos con salsa y los
diputados Vildósola, Somoza y el Conde de Orgaz
recibieron los fideos por la cara. Al fin se apaciguó
la tormenta y la Cámara pudo reinstalarse en
sesión secreta que duró dos horas y
finalizó con el desafío de todos los
carlistas contra todos los amadeistas y eran 17 parejas,
desafiadas a muerte, pero no pasó nada porque
esa noche el Rey prohibió los 17 duelos.
Y con tanto duelo, lance y desafío, se nos
olvidaba contar que hace pocos años mi amigo
Roberto Morla tuvo la gentileza de obsequiarnos por
pascuas navideñas el Código del Marqués
de Cabriñana, en edición de lujo, del
año de 1900, adquirida en Guayaquil, en la
Librería de Pedro Janer y Cía. por el
señor Jiménez Gargollo en 1927, para
obsequio de un amigo de él, cuyo nombre retengo.
El libro es interesante y valioso porque constituye
una genuina rareza bibliográfica, sólo
la Universidad de Guayaquil, el Club de la Unión
y las bibliotecas de los doctores Heleodoro Ferruzola
Morlas, Carlos A. Arroyo del Río, Carlos Julio
Arosemena Monroy y Rodrigo Puig-Mir y Bonín
cuentan con esta obra y como todos han fallecido menos
el Dr. Arosemena será muy difícil consultarla.
El Código es de Honor, como su autor lo aclara,
porque no rige legalmente debido a que las leyes de
los estados prohiben el duelo o desafío, castigando
con pena de prisión a los que intervienen como
actores, padrinos, testigos, curiosos, los que se
prestan a cargar o preparar las armas y, en fin, a
todos aquellos que, de cualquier modo, sabiendo que
sé va a realizar un desafío, no se oponen
o no dan aviso oportuno a la policía.
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