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UNA
HISTORICA ENTREVISTA
Esa tarde como a la una, el doctor
Freile Zaldumbide, en sesión de Gabinete, reiteró
la orden del cambio de jefes militares a su ministro
Navarro, quien lejos de cumplirla concurrió
nuevamente donde Plaza y le contó todo. El
gobierno fue avisado y Freile llamó a Andrade
para que pusiera en orden a Navarro.
A las dos llegó Andrade, que acababa de almorzar
con su esposa Elisa Thomas y el sobrino de esta Jorge
Goetschel, hizo llamar a Navarro y a Plaza que, por
supuesto, se hallaban juntos en el domicilio de este
último. Navarro concurría atemorizado
por la presencia de Andrade en gabinete, pero se sintió
fuerte por la de Plaza, que estaba más altanero
que nunca. Claro, si le tenía pisado el sombrero
al doctor Freile Zaldumbide y le gritaba cuantas veces
le pedía el cuerpo.
En el Ministerio del Interior, que funcionaba en el
Palacio de Gobierno, los esperaba Freile con sus ministros
Intriago, Tobar y Díaz y los doctores Luis
Felipe Carbo y N. Gómez de la Torre, a esta
singular entrevista, única en los anales de
la historia ecuatoriana; Plaza se retrasó ex
profeso 'y llegó cuando Freile y Navarro discutían
sobre la trillada orden de separación de los
tres jefe militares.
-¡Son jefes dignos! no hay que desautorizarlos,
gritó el recién llegado al Encargado
Freile, tratando de impresionar a los asistentes.
Freile: No quiero que se les desaire, sólo
que se los coloque por poco tiempo en otros destinos.
Plaza: Yo soy el Comandante en Jefe.
Freile: Yo el presidente y debo guardar la seguridad
de República y la nuestra.
Andrade: de pie (mide casi dos metros), dirigiéndose
Plaza que está sentado: Ese no es el modo de
hablar al Presidente de la República. Fíjese
que usted viene creando esta situación Si usted
fuera digno (como yo, se entiende, porque Andrade
al aceptar la candidatura presidencial había
renunciado la Comandancia General del Ejército
que venía ejerciendo conjuntamente con Plaza)
habría renunciado como yo para no presionar
a los subalternos aprovechándose del cargo.
Plaza parándose (mide lo mismo que Andrade)
No es usted quien, para darme lecciones de dignidad.
Ya sabré cuando renuncio.
Andrade le replica:
¿Quiere usted más sangre que la últimamente
derramada? Aquí está la mía,
usted es el que hace la revolución. Usted va
a ser causa de otra matanza (frase profética,
porque moriría horas después). Usted,
mientras yo viva, jamás será presidente
¿Que ha hecho usted por el país? ¿Qué
derechos tiene o alega para pretender imponernos su
nombre? Si se ha triunfado en Huigra y en Yaguachi
se debe al gobierno, se debe al ejército, se
debe a mí ... y si entre los militares alguien
tiene derecho a la presidencia, soy yo (aludiendo
a su valor en ambas acciones militares en que Plaza
no intervino por ser Jefe del Estado Mayor, quedándose
a buen recaudo detrás de las líneas
de fuego).
Plaza: Me falta usted ante el Jefe del Poder Ejecutivo
(recién ahora se acuerda del doctor Freile,
al que vive gritando).
Freile: Les suplico respeto y consideración
¡Por favor! Insisto en que se de la baja a los
Comandantes Oliva y Navas.
Freile: «Bueno, ya sabe a qué atenerse».
Navarro: Mejor renuncio.
FINAL TRAGICO
Pero Freile Zaldumbide siguió
indeciso y en lugar de destituir a Navarro le mandó
a solicitar su renuncia. Navarro respondió:
«No renuncio, que me destituya». Y Freile
tuvo que hacerlo, designando en su reemplazo a Andrade,
que aceptó; pero a tiempo de firmar el Decreto
aceptando, dejó a un lado la pluma y dijo:
«No, la falta cometida por el General Navarro
no es tan grave, pido diez minutos para hablar con
él». Abandonó el despacho y fue
al Ministerio de Guerra y Marina donde lo halló
rodeado de oficiales.
- Tengo que hablarle en reserva, de un asunto importante.
- Habla no más, que todos aquí son de
confianza (con sorna)
- Esta usted destituido y he sido nombrado para esta
cartera.
¡Ejem! venga, hablemos en secreto (tomándolo
del brazo, llevó a Andrade al Gabinete presidencial,
donde ya solos, conversaron).
- Bueno General, acepto destituir a Oliva y Navas.
- Así me gusta. General; si es así,
siga Usted de Ministro, que yo no ambiciono su portafolio.
Andrade era un caballero o un tonto, porque teniendo
la sartén por el mango la volvió a aflojar
y dio la oportunidad a sus enemigos para que le ganaran
la partida. En esos momentos las portaleras de la
plaza de la Independencia, con mayor sensibilidad
política atisbaron un peligro inminente y sacando
a toda prisa sus caramancheles, guardaban sus barajitas
y corrieron percibiendo sangre en el ambiente.
Plaza ha salido echando chispas del palacio y está
en su casa, donde recibió a Navarro, quien
le contó la candidez que acababa de cometer
el General Andrade.
Los Ministros y el Encargado Freile Zaldumbide, por
su parte, creyendo en las promesas de Navarro, celebraron
jubilosos la victoria obtenida y felicitaron nuevamente
a Andrade.
En eso llegó el Intendente de Policía
Leopoldo Narváez y comunicó que Plaza
estaba visitando los cuarteles. Andrade dijo: Síganme,
mejor que mejor, yo también lo haré.
Primero iremos al de la Policía. Los Ministros
le acompañaron embarcados en cuatro coches
y se inició el contaje final que preludió
el drama.
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