TOMO III
 
 
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TOMO IV
     


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UNA HISTORICA ENTREVISTA
Esa tarde como a la una, el doctor Freile Zaldumbide, en sesión de Gabinete, reiteró la orden del cambio de jefes militares a su ministro Navarro, quien lejos de cumplirla concurrió nuevamente donde Plaza y le contó todo. El gobierno fue avisado y Freile llamó a Andrade para que pusiera en orden a Navarro.

A las dos llegó Andrade, que acababa de almorzar con su esposa Elisa Thomas y el sobrino de esta Jorge Goetschel, hizo llamar a Navarro y a Plaza que, por supuesto, se hallaban juntos en el domicilio de este último. Navarro concurría atemorizado por la presencia de Andrade en gabinete, pero se sintió fuerte por la de Plaza, que estaba más altanero que nunca. Claro, si le tenía pisado el sombrero al doctor Freile Zaldumbide y le gritaba cuantas veces le pedía el cuerpo.

En el Ministerio del Interior, que funcionaba en el Palacio de Gobierno, los esperaba Freile con sus ministros Intriago, Tobar y Díaz y los doctores Luis Felipe Carbo y N. Gómez de la Torre, a esta singular entrevista, única en los anales de la historia ecuatoriana; Plaza se retrasó ex profeso 'y llegó cuando Freile y Navarro discutían sobre la trillada orden de separación de los tres jefe militares.

-¡Son jefes dignos! no hay que desautorizarlos, gritó el recién llegado al Encargado Freile, tratando de impresionar a los asistentes.

Freile: No quiero que se les desaire, sólo que se los coloque por poco tiempo en otros destinos.

Plaza: Yo soy el Comandante en Jefe.

Freile: Yo el presidente y debo guardar la seguridad de República y la nuestra.

Andrade: de pie (mide casi dos metros), dirigiéndose Plaza que está sentado: Ese no es el modo de hablar al Presidente de la República. Fíjese que usted viene creando esta situación Si usted fuera digno (como yo, se entiende, porque Andrade al aceptar la candidatura presidencial había renunciado la Comandancia General del Ejército que venía ejerciendo conjuntamente con Plaza) habría renunciado como yo para no presionar a los subalternos aprovechándose del cargo.

Plaza parándose (mide lo mismo que Andrade) No es usted quien, para darme lecciones de dignidad. Ya sabré cuando renuncio.

Andrade le replica:

¿Quiere usted más sangre que la últimamente derramada? Aquí está la mía, usted es el que hace la revolución. Usted va a ser causa de otra matanza (frase profética, porque moriría horas después). Usted, mientras yo viva, jamás será presidente ¿Que ha hecho usted por el país? ¿Qué derechos tiene o alega para pretender imponernos su nombre? Si se ha triunfado en Huigra y en Yaguachi se debe al gobierno, se debe al ejército, se debe a mí ... y si entre los militares alguien tiene derecho a la presidencia, soy yo (aludiendo a su valor en ambas acciones militares en que Plaza no intervino por ser Jefe del Estado Mayor, quedándose a buen recaudo detrás de las líneas de fuego).

Plaza: Me falta usted ante el Jefe del Poder Ejecutivo (recién ahora se acuerda del doctor Freile, al que vive gritando).

Freile: Les suplico respeto y consideración ¡Por favor! Insisto en que se de la baja a los Comandantes Oliva y Navas.

Freile: «Bueno, ya sabe a qué atenerse». Navarro: Mejor renuncio.

FINAL TRAGICO
Pero Freile Zaldumbide siguió indeciso y en lugar de destituir a Navarro le mandó a solicitar su renuncia. Navarro respondió: «No renuncio, que me destituya». Y Freile tuvo que hacerlo, designando en su reemplazo a Andrade, que aceptó; pero a tiempo de firmar el Decreto aceptando, dejó a un lado la pluma y dijo:

«No, la falta cometida por el General Navarro no es tan grave, pido diez minutos para hablar con él». Abandonó el despacho y fue al Ministerio de Guerra y Marina donde lo halló rodeado de oficiales.

- Tengo que hablarle en reserva, de un asunto importante.

- Habla no más, que todos aquí son de confianza (con sorna)

- Esta usted destituido y he sido nombrado para esta cartera.

¡Ejem! venga, hablemos en secreto (tomándolo del brazo, llevó a Andrade al Gabinete presidencial, donde ya solos, conversaron).

- Bueno General, acepto destituir a Oliva y Navas.

- Así me gusta. General; si es así, siga Usted de Ministro, que yo no ambiciono su portafolio.

Andrade era un caballero o un tonto, porque teniendo la sartén por el mango la volvió a aflojar y dio la oportunidad a sus enemigos para que le ganaran la partida. En esos momentos las portaleras de la plaza de la Independencia, con mayor sensibilidad política atisbaron un peligro inminente y sacando a toda prisa sus caramancheles, guardaban sus barajitas y corrieron percibiendo sangre en el ambiente.

Plaza ha salido echando chispas del palacio y está en su casa, donde recibió a Navarro, quien le contó la candidez que acababa de cometer el General Andrade.

Los Ministros y el Encargado Freile Zaldumbide, por su parte, creyendo en las promesas de Navarro, celebraron jubilosos la victoria obtenida y felicitaron nuevamente a Andrade.

En eso llegó el Intendente de Policía Leopoldo Narváez y comunicó que Plaza estaba visitando los cuarteles. Andrade dijo: Síganme, mejor que mejor, yo también lo haré. Primero iremos al de la Policía. Los Ministros le acompañaron embarcados en cuatro coches y se inició el contaje final que preludió el drama.

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