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¿HAY
HUMANAS PIEDADES EN EL MUNDO?
¡Piedades! (¿hay humanas
piedades en el mundo?)
¿quiénes seréis vosotras? ¡ni
entonces lo sabré!. ...
Mi sueño será eterno; mi sueño,
muy profundo . ..
¿en qué piedad reposaré?
De "Flores Tardías", por César
Borja Lavayen
Tuvo la inteligencia del hombre moderno pero sufrió
las aberraciones de un trágico destino, jamás
se doblegó, fue un rebelde. Tal la imágen
del Dr. César Borja Lavayen, médico
guayaquileño expatriado en 1885 por el régimen
de Caamaño y en 1895 por Eloy Alfaro, con quien
sin embargo se amistó después y hasta
volvieron a ser los amigos de toda confianza, como
en los tiempos en que ambos saboreaban el duro pan
del ostracismo en Lima; pero Borja no solamente ha
pasado a la historia Patria por sus hechos políticos,
también por su sensibilidad de poeta de exquisito
lirismo, tan certero para "el verso airado que
inspira el dolor amargo, de los sufrimientos de mi
adolescencia y de mi juventud y al trabajo rudo y
árido al cual dediqué desde muy temprana
edad toda mis energías y facultades",
como para el canto fácil, ameno y más
bien narrativo de sus "Paisajes y Recuerdos",
donde añora los tiempos de la infancia con
su hermana Rosa, transcurridos "como un soplo
de céfiro en medio de la belleza indescriptible
de los campos de Esmeraldas, cuando, niña tú,
niño yo, felices e inocentes, con el encanto
de la alegría de la vida en el corazón",
vivíamos felices y dichosos.
En su poemario publicado en 1909 en Quito, bajo el
título de "Flores Tardías y Joyas
ajenas", con poesías propias y traducciones
francesas, confiesa que a consecuencia del terremoto
de Marzo de 1859, que se sintió en toda la
zona norte del país y muy especialmente a lo
largo de la línea equinoccial, se "redujo
a nada la modesta fortuna de nuestros padres. Entonces
comenzaron nuestros dolores y nuestras tristezas,
los cuales, por tempranos y crueles, nos abrieron
los ojos a la realidad de la vida y nos apenaron el
corazón cuando aún éramos niños".
Posteriormente en 1882 regresó a Esmeraldas,
"de cirujano en Jefe de una División de
mil hombres. Llegué a punto para presenciar
un combate; alivié los dolores de los heridos
y ya restablecida la calma y repuesto yo de mi propio
dolor, en el cual mezclaron sus amarguras las tristezas
de la ausencia de mi hogar y los estragos de luto
y desolación de la guerra, trasmonté
las colinas; pasé mil veces los vados y las
vegas del Tiaone, claro y torturoso como una inmensa
sierpe de plata; subí las lomas verdes y plácidas;
crucé cármenes y praderas bellísimas;
llegué a los frondosos plantíos de Timbre;
remonté la corriente del Esmeraldas, me interné
en sus boscajes paradisíacos y penetré
en la sombra serena y perfumada de la selva, en cuyo
silencio, apenas turbado por la melodía de
los rumores de la espesura, oré al Dios de
la naturaleza."
"Entonces surgieron más vivos y claros
a mi mente los antes dormidos recuerdos míos
y tracé, pensando en ti, estas estrofas. Regresé
a Guayaquil y guardé para mejor ocasión
el manuscrito; pero tan bien guardado que nunca pude
dar con él. Hace pocos meses y al abrir un
tomo del Diccionario de Medicina de Jaccoud, cayeron
a mis pies, los ya olvidados papeles; pero no puedes
imaginarte qué trabajo descifrarlos. Y así,
con ciertos caprichos pueriles de los hombres que
vamos ya para viejos; tan enamorado estaba yo de estos
mis versos, que no me he dado punto de reposo para
reconstruirlos y darles la mediana forma poética
con la cual te los ofrezco y tenga la crítica
sorda y la gramática parda nueva ocasión
para censurarme y digan una vez más que el
médico que escribe versos ni es médico
ni es nada".
Y así fue como se publicó su hermoso
poemario que tanta fama le alcanzó por pocos
meses, pues casi enseguida fue atacado de un tumor
hepático posiblemente producido por amebas
y a pesar que le hicieron una dolorosísima
punción al hígado casi sin anestesia
que de nada le sirvió, falleció en medio
de atroces sufrimientos, lanzaba gritos.
Por eso hemos escogido la poesía primera que
propiamente abre su Poemario, para estractarla a los
lectores por ser casi profética, 'Piedades..."
iOh Piedades! vendréis a mis despojos:/ es
fuerza que el cadáver lo lleven a enterrar;/ni
os tocarán mis manos ni os mirarán mis
ojos-./me llevaréis a descansar. //Mi pecho
será mármol; mi sangre será nieve/y
el plasma, que fue vida de espíritu y razón/dulce
panal de vermes, que en lo interior se mueve/y no
lo siente el corazón. ¡Oh fúnebres
piedades de postumo consuelo! /cavad, cavad profunda,
la fosa para mí/cavadla en tierra dura, donde
es más duro el suelo/como la vida que viví.
Años después su hijo César Borja
y Cordero, tan literato como su ilustre padre y cuya
memoria siempre guardaba con entrañable amor,
quiso perennizar esta poesía poniendo a una
de sus hijas el nombre de Piedad, que ella ha sabido
llevar gustosa, por cariño a su abuelo.
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