TOMO III
 
 
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TOMO II
TOMO IV
     


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GOTAS DE SANGRE CATALANA
Los Puig Mir de Guayaquil son de la villa de San Juan de Vilazar en Cataluña y vinieron al Ecuador a mediados del siglo pasado. Eran Juan, Pedro y Jaime y su cuñado Eduardo Ferrés Viada.

Juan Puig Mir era Capitán de navío y arribó primeramente a Montevideo en un pailebot de su propiedad, dejando en Vilazar de Mar a su mujer Clotilde de Abaría y de Fortuny y tres hijos. En Montevideo ingresó a la masonería y realizó labores de cabotaje en el estuario del río de la Plata, luego pasó a desempeñar la gerencia de la casa de comercio de su primo Nicolás Mir, en 1855 estaba en Valparaíso con capitales propios y fue contratado por los Luzarraga de Guayaquil para que se haga cargo de los ramos de importaciones y exportaciones. Hacia 1860 adquirió varias propiedades en Babahoyo y formó las haciendas Guadalupe, San Pablo y La Ventura en la zona que entonces llamaban del Palmar. En tan recóndito sitio imaginó un imperio, desbrozando la selva e instalando un astillero para dotar al río Babahoyo y a sus afluentes el San Pablo y el Changil del servicio de transporte y cabotaje, pero también planificaba un ingenio y con tal motivo pidió a Inglaterra las maquinarias. Era hombre verdaderamente admirable, de poderosa inteligencia, don de mando y fuerte para el trabajo, pero al cabo de los meses murió de fiebres perniciosas o lo que es lo mismo, de malaria al cerebro.

Para entonces había venido de Vilazar su hermano Pedro, masón y aventurero, que prosiguió las labores en el Palmar, pero García Moreno le tenía puesto el ojo por sus relaciones políticas y aprovechó de un viaje de Pedro al exterior, para al regreso no dejarlo saltar al muelle, teniendo que volverse a su tierra donde murió -según dicen- de melancolía. Demás está indicar que Pedro tenía formada su familia en Guayaquil y no pudo llevarla de vuelta consigo.

En tan tristes circunstancias la familia de España mandó al Capitán Eduardo Ferrés Viada, esposo de Elvira Puig Mir, quien solo estuvo poco tiempo en el Palmar, prosiguiendo los trabajos iniciados por Juan y continuados por Pedro; Sin embargo, también comenzó una familia en Guayaquil.

Para 1872 llegó el menor de todos, llamado Jaime, escapado de la Universidad alemana donde realizaba estudios de medicina, para trabajar en el Palmar. Ni bien llegado entró a pagar las deudas contraidas por la compra de las maquinarias del ingenio, merced a las ganancias obtenidas con la primera zafra. De él se cuenta que al finalizar el montaje despidió a los ingenieros ingleses, las desmontó con ayuda de varios peones y las volvió a montar, dizque para aprender cómo estaban construidas y saber a la perfección su manejo. Poco después hizo construir varios barcos mercantes llamados el Pampero, el Puig-Mir, el Rápido y el San Pablo, que por anchos y grandes no podían subir mas allá del ingenio, donde el río se estrechaba considerablemente, pero que servían admirablemente bien para el transporte de carga y pasajeros a Guayaquil y hasta avanzaban a la Puna.

Don Jaime, como le decían sus conocidos, era todo un carácter y hasta poseía facultades parasicológicas, podía desdoblarse a voluntad proyectando su imagen a la distancia, tenía la vista fuerte y mataba pajaritos con sólo mirarlos fijamente durante un minuto.

Inflexible en el cumplimiento del deber, de él se decía que era recto hasta la terquedad. Un día apostó con un amigo sobre el nombre que le pondría a un barco que estaba construyendo. El amigo adivinó que se llamaría San Pedro, puesto que Puig-Mir tenía otro, el San Pablo. Al verse humillado, don Jaime prefirió hundir el barco antes que dar su brazo a torcer y aceptar que había sido derrotado.

Durante un viaje a sus haciendas se le cayeron algunos billetes por el hueco de la alforja y un montubio honorable de los alrededores los fue recogiendo para entregárselos. Puig-Mir díjole: ¡No son los míos, quédatelos! ¡A mi no se me cae nada! y no hubo Dios que lo hiciera aceptar que por descuido o accidente había perdido tales billetes.

Un día le quisieron extorsionar unos cobradores de impuestos capitaneados por un señor Espinel y ordenó abrir las compuertas de melaza, que echó al río para no pagar, con el resultado que las aguas se hicieron tan densas que murieron numerosísimos peces.

En otra ocasión su primo y vecino Jaime Roldós Baleta se quedó sin dinero y fue a pedirle un préstamo. Puig Mir se lo concedió enseguida pero en metálico y con la condición que lo llevara en la débil canoa en que había llegado y mucho se rió al ver los trabajos que pasaba Roldós al regresar a su hacienda con tanto peso y peligrando naufragar.

No le gustaba hablar en catalán, dialecto que le parecía pueblerino y sólo lo hacía en español, pero ya de viejo, estando en Barcelona, recién llegado de unas vacaciones en Málaga sufrió un agudo dolor al pecho, posiblemente un infarto y murió diciendo «Deu meu, deu meu», que significa «Dios mío. Dios mío».

De él se podría decir, lo de su primo el Capitán Jaime Mir, héroe de muchas aventuras:

Jamás, jamás la avaricia
tratos falsos ni egoísmo
sumirán en el abismo
al Capitán del «Delicia» (1)

No se encuentra en él malicia
ni más deseo y afán
que proporcionar el pan
a su mujer y familia
que es su norte, su vigilia
como honrado catalán.

En Guayaquil contrajo matrimonio con Ana Bonín y Cuadrado de quien tuvo numerosa familia representada por Rodrigo Puig-Mir y Bonín casado en Guayaquil con Laura Game Castro, Ana Puig-Mir y Bonín casada con Eugenio Sagnier y Villavecchia, María Puig-Mir y Bonín casada con Luis Villavecchia Dalhander y Lucrecia Puig-Mir casada con José María de Pascual y Fontaberta. Los Sagnier Puig-Mir, Villavecchia Puig Mir y de Pascual Puig-Mir de Barcelona y por los Puig-Mir Game de Guayaquil.

(1) El Delicia, era un pailebot de su propiedad, del Capitán Mir famoso en todas las costas catalana por su buen andar contra corriente y la belleza de sus formas.