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EL INICIO
DE LOS VUELOS SOBRE GUAYAQUIL
El 8 de Octubre de 1913 el Club Guayas
de Tiro y Aviación presentó en los terrenos
del Hipódromo de Guayaquil al aviador Cosme
Renella Barbatto, que acababa de arribar al puerto
procedente de Italia, donde había obtenido
su brevet de aviador.
Para el efecto se embanderó el edificio del
Jockey pasándose numerosas invitaciones a distinguidas
familias de la localidad. La emoción se notaba
en el ambiente y el monoplano se exhibía en
una carpa levantada a un extremo del terreno, siendo
la atracción principal y despertando la curiosidad
y hasta el horror de la numerosa concurrencia. Muchos
se santiguaban y algunos hasta aseguraban que jamás
se montarían en un aparato tan inseguro y frágil.
A las 3 1/2 de la tarde llegó al Palco de Honor
el Obispo de Guayaquil monseñor Juan María
Riera, acompañado de los canónigos Félix
Rousilhe y Mateo Viñuela, así como del
padre Alberto Loza. Después arribó el
Gobernador Carlos Gómez Rendón conduciendo
del brazo a la madrina del aparato Srta. Enriqueta
Valenzuela Plaza.
Iniciado el programa correspondió al Obispo
hacer una breve alocución ponderando el ingenio
del hombre en la creación de sofisticados inventos
para su beneficio y procedió a la bendición.
Los padrinos eran el Presidente de la República,
general Leonidas Plaza Gutiérrez y su esposa
Avelina Lasso de Plaza, debidamente representados,
como ya se indicó.
Terminada esta ceremonia el biplano fue conducido
a un costado de las tribunas, interviniendo la policía
para retirar a los curiosos. El mecánico procedió
a realizar la última inspección y entonces
Renella se hizo cargo del manejo. Alberto Aragón
dio la señal de partida y el avión se
elevó ante el asombro de la multitud, que no
podía dar crédito a lo que estaba presenciando.
Numerosos aplausos atronaron el espacio y el monoplano
se dirigió al Sur, para regresar al hipódromo
y hacer varias evoluciones, mientras la banda de música
del Batallón «Guayas» ejecutaba
las notas del Himno Nacional y «algunas piezas
escogidas de entre su vasto y magnífico repertorio».
Las numerosas señoritas concurrentes, todas
vestidas de blanco como era costumbre por entonces,
saludaban a cada paso del avión con sus pañuelitos
llevados para el efecto, dando la nota cursi del programa.
Alguna que otra vieja matrona intentó un ligero
desmayo para dar mayor énfasis a su actuación,
pero no concitó más que miradas de soslayo
y hasta de reproche. Todos estaban en tensión,
el monoplano de Renella, regresó al sitio de
partida y aterrizó sin mayor novedad.
Enseguida se acercó el aviador a la tribuna
y fue calurosamente ovacionado por el Gobernador quien
le auguró nuevos triunfos en su difícil
e interesante profesión de piloto. Renella
agradeció y procedió a entregar el monoplano
al Club Guayas de Tiro y Aviación para quién
lo había comprado en Italia.
Enseguida se dio comienzo al segundo vuelo tal como
estaba programado con anticipación. En esta
ocasión Renella ejecutaría algunas piruetas
de rutina. Mientras tanto el mecánico le informó
que las bujías del monoplano se habían
ensuciado por la mala calidad de la gasolina utilizada
y que no era conveniente que despegue, debido también
a los fuertes vientos que habían comenzado
a soplar en la sabana. Sin embargo Renella montó
y partió sin novedad al principio, pero poco
a poco cuando repasaba sobre las tribunas, el motor
dejó de funcionar y se precipitó el
monoplano al suelo, ante el estupor de la concurrencia
que jamás había supuesto que iba a presenciar
un accidente de aviación.
Allí sí que debieron desmayarse las
señoras, pero las muy picaras con tal de no
perderse ni el más mínimo detalle de
la tragedia, se aguantaron hasta el final, impertérritas,
postergando cualquier intentona para después.
Y ocurrió lo increíble, muchos curiosos
fueron al sitio donde iba a caer Renella para ver
«más de cerca», impidiéndole
la libertad de maniobrar, pero aún así
logró aterrizar casi sin rasguños, solamente
se le partió la hélice de madera y un
patín, daños menores que requirieron
de una semana para su reposición.
Y como eran casi las seis de la tarde y los terrenos
de la hacienda «La Saiba» donde se desarrollaba
el acto, estaban alejaditos de la ciudad; las gentes
optaron por dejar en suspenso el resto del programa
y regresar a sus casas antes que anochezca. Guayaquil
había presenciado su primer vuelo que también
lo fue del Ecuador y un nuevo nombre registraba nuestra
historia, el de Cosme Renella Barbatto, primer piloto
que sobrevoló los cielos del país.
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