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 TOMO I
TOMO II
TOMO IV
     


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SURGEN NUEVOS PROBLEMAS
El Diario «El Grito del Pueblo» en sucesivas ediciones comenzó a relatar las anécdotas del flagelo. Por eso conocemos que la señora Adela Méndez solicitó la devolución de una maquina de coser perdida en la calle Sucre y pedía que se la depositaran en su domicilio de Municipalidad y Quito. Algunos opinaban que era necesario frenar el abuso de los cargadores de muebles, que con tanto trabajo cobraban sumas astronómicas.

La familia Urbina dio cuenta de la pérdida de dos retratos grandes, al óleo, donde aparecía de cuerpo entero don Gabriel Fernández de Urbina, solicitando que lo devolvieran a la imprenta del diario. Estos retratos posiblemente no se hallaron porque a la presente fecha nadie da razón de ellos. Los señores Zevallos pusieron a disposición de las personas que habían quedado sin abrigo unas covachas de su propiedad, ubicadas en la calle Vivero a orillas del río, en el barrio del Astillero y solicitaban a los interesados que se acerquen a tratar con el señor Samuel Carcelén, que las administraba a módicos precios.

Mercedes Castro anunció tener un niñito de dos años de edad más o menos, que aún no hablaba y que lo encontró casualmente en la calle del Teatro, la primera noche del fuego, manifestando que ella vive en Sucre y Boyacá.

El General Cornelio E. Vernaza Carbo se lamentó de la pérdida de su biblioteca de temas militares, la más lujosa y completa del país, indicando que los Códigos, Tácticas y Proyectos de Ley que tenía en su casa, casi todos propios aunque algunos eran ajenos, se habían quemado en su totalidad. Otros anotaron que había más de 5.000 personas viviendo al aire libre. Algunos opinaban que en cada portal se debían levantar paredes de tablas para albergar provisionalmente a los sin techo.

El servicio de cable con el exterior se cortó desde el martes y recién se reparó a las 4 de la tarde del día siguiente, hora en que se comunicó la noticia al mundo.

LA ASAMBLEA NACIONAL CONSTITUYENTE
El viernes 9 de octubre de 1806 se instaló en el edificio de la Gobernación de la Provincia la Asamblea Nacional Constituyente, presidió la primera sesión Manuel Benigno Cueva y actuó corno Secretario Luciano Coral, concurriendo 54 diputados. Efectuada la votación para elegir Presidente obtuvo 42 votos el doctor Cueva y 12 Abelardo Moncayo. El doctor César A. Cordero, de la representación de Loja, tomó la promesa de ley. Para la Vice Presidencia obtuvo 37 votos Lautaro Aspiazu Sedeño, saliendo electo. 1o. y 2o. Secretarios se nombró a Miguel Ángel Carbo y Luciano Coral. A las 4 y 35 de la tarde el Presidente de la Asamblea doctor Cueva designó una comisión compuesta por los Diputados doctores Emilio Ma. Terán, Sixto Duran Ballen e Ignacio Robles para comunicar al General Eloy Alfaro, Jefe Supremo de la Nación, la nómina de los dirigentes de tan docta reunión. En esos momentos una salva de 21 cañonazos anunció que estaba instalada la Asamblea.

NUEVAS MEDIDAS DE ORDEN
Ese día se abrieron las llaves de los depósitos de agua en el cerro Santa Ana. El alumbrado de gas se reinició, disminuyendo la lobreguez del ambiente; se apresó al jorobado Antiche en Las Peñas, creyéndole causante del flagelo; otros cuatro individuos guardaban prisión acusados de la comisión de este delito y a un pobre vagabundo llamado Juan Tello se le fusiló injustamente, sin fórmula de juicio.

El señor Fernández Madrid, Capitán del Puerto de Guayaquil, consiguió de la Compañía Sudamericana de Vapores una rebaja del 20% en la venta de pasajes y se estimó en más de 8.000 las personas que emigraron.

Muchas familias quedaron en la indigencia perdiendo posición social. La casa bancaria Rotschild, de Londres, en gesto que la honra, duplicó el crédito de 60.000 libras esterlinas al Banco del Ecuador en esa ciudad, para ayudarlo en la crisis que atravezaba por la destrucción de su edificio. La firma Rohde y Compañía desalojó una gran existencia de kerosene que mantenía almacenado en la vieja Tahona, para evitar cualquier contingencia futura.

El doctor León Becerra abrió un consultorio gratuito a los heridos y enfermos , atendiendo todos los días de 2 a 4 de la tarde en el local de la Botica de la Marina; y así, con tan saludables ejemplos, Guayaquil volvió a renacer.

Por su parte el General Alfaro ordenó a la tesorería de Hacienda que durante 4 años se entregara la suma de 2.000 pesos mensuales al Cuerpo de Bomberos de Guayaquil para que pudiera adquirir modernas maquinarias y no se volviera a repetirse otro fuego igual; ya por entonces se había iniciado la tarea de desalojar los desechos de las ruinas calcinadas. Un mes después los carpinteros habían avanzado en la labor de reconstrucción.

ROSTROS DEL PASADO
En las casas Guayaquileñas de antaño era costumbre tener grandes óleos de antiguos señorones que miraban torvamente, empelucados conforme a la moda del siglo anterior, vistiendo casacas finamente recamadas, portando espadines de gala, varas altas de Alcalde, calzando zapatos de tacón, hebilla de oro y todo lo demás, pero esos cuadros se perdieron para el Incedio Grande de 1896 y hoy nada queda de ellos.

Contaba Juan Francisco Marcos Aguirre que la noche de ese aciago fuego su padre se demoró en decidir la desocupación de la casa pensando que podía ocurrir un milagro y solo cuando las llamas habían tomado fuerza en la manzana del frente y el calor se tornaba imposible de soportar, el bueno de don Manuel Marcos bajó con su familia, pudiendo salvar únicamente lo elemental y más valioso, lo preciso. Su hijo Juan Francisco andaba en los 28 años y fue el encargado de cerrar los cuartos y el último en bajar corriendo y al llegar al descanso de la escalera notó que se quedaba un enorme retrato de un antepasado, que siempre había estado allí colgado, como recibiendo a las visitas.

Ese personaje misterioso era un señor de más de mediana edad, rostro amarillento, bigote, perilla y mirada fuerte, lo que unido al ceño algo fruncido y al negro de su capa y vestiduras, donde resaltaba una gran cruz verde, producía una primera impresión desagradable; sin embargo lo habían conservado como algo importante y digno de ser preservado y pensando en todo ello el joven Marcos lo tomó para salvarlo, pero reflexionó enseguida que le iba a ser imposible tenerlo en medio de la calle, lo devolvió a su puesto y cerró la puerta con llave, quemándose el cuadro con el resto del mobiliario cuando ardió el edificio. ¿Quién era ese enigmático e importante personaje?, se preguntaba después con curiosidad y pasaron los años hasta que un día descubrió la identidad del desconocido leyendo un viejo documento familiar; resultaba que el bisabuelo de su madre había sido el español peninsular don José Antonio de Paredes, Alguacil del Santo Oficio y miembro del temido Tribunal de la Inquisición, en cuyo uniforme era de obligación bordar una Cruz Verde, símbolo de tal lóbrega institución.

Sin embargo no todos los retratos se quemaron entonces, algunos se salvaron por estar en París cuando ocurrió la catástrofe. Los Rendón vivían allá y con ellos tenían un par de miniaturas en marfil con las efigies del Regidor Mariano Pérez de la Rúa y de su esposa Carmen de Antepara y Bejarano, pero en cambio perdieron los dos óleos tamaño natural del Dr. Manuel E. Rendón y Machado y de su esposa Isabel Triviño y Barbotean, que por grandes y pesados seguían en la casa del Malecón guayaquileño.

Los Santistevan también vivían para el 96 en Europa y por eso se libraron los retratos de Juan Antonio de Rocafuerte y Antolí y su esposa Josefa Bejarano Lavayen así como el del Coronel Jacinto Bejarano Lavayen, a quien le ofrecieron en 1820 la jefatura de la Revolución de Octubre, que no aceptó por viejo y achacoso, pletórico como indica Villamil en su Reseña -gordo y abotagado- no sin expresar a los Comisionado que les deseaba todo el éxito posible.

Los Luzarraga salvaron un óleo de Manuel Antonio de Luzarraga, marino que entregó la flotilla de lanchas del río a los patriotas del 9 de Octubre, permitiendo la consolidación del golpe; luego se dedicó al comercio y exportación de cacao y amasó la mayor fortuna de su tiempo, fundando la «Casa Luzurraga» que hacía de banco hasta en el exterior.

La mansión del Obispo Tola y sus hermanas, con bellos muebles europeos y numerosos retratos de la parentela coleccionados a través de un siglo, fue cerrada con llave cuando el fuego avanzaba hacia el barrio del Bajo o de la Merced y casi enseguida comenzó a arder horriblemente, por ser de madera de Pinos resinosos de California, preferidos por incorruptibles. En su interior estaba el oratorio con su altar gótico y patinado, imágenes antiguas y cuadros de vírgenes y de los santos de la devoción de la familia; el menaje de esta casa hubiera bastado para llenar varias salas de un Museo actual.

El maestro Tomás Martínez perdió su vivienda que tenía la particularidad de ser charolada por dentro, de suerte que las personas podían verse reflejadas en las paredes, que de tan brillosas hacían las veces de espejos. Los Morla Mendoza también tenían casa grande y bien puesta y el salón principal estaba charolado y con zócalo y el resto tapizado con tafetán color rojo que iba con los muebles negros de estilo Victoriano recién llegados de Europa. Lizardo García vivía en París con su familia y en la madrugada del 5 al 6 su hija Juanita despertó sobresaltada y gritando «Papá, se está quemando nuestra casa de Guayaquil» y no hubo forma de tranquilizarla por cuanto la visión de las llamas la seguían perturbando. Días después recibieron un cable con la noticia y quedaron probadas las facultades parasíquicas de la niña.

Mis abuelos paternos Federico Pérez Aspiazu y Teresa Concha Torres, estaban comprometidos en matrimonio y solamente esperaban la llegada del menaje y ajuar encargado a París, donde residía una de las hijas de Domhila Moran de Butrón vda. de Jurado, amiga y vecina de mi bisabuela Delfina en el antiguo callejón Gutiérrez; pero el barco no arribaba y entonces sucedió la catástrofe. Dos días después hizo su entrada un barco venido de Panamá ¿Cuál creen que fue 7 pues el que traía los muebles y el ajuar mi abuelo ya sin casa ni bienes porque los había perdido en el incendio tuvo la satisfacción de saber que cuando la reconstruyera podría amoblarla con suma elegancia y buen gusto, pero entonces, solo logró depositarlos en una bodega que le facilitó su futura suegra.

El Incendio Grande fue el más trágico episodio de nuestra historia urbana. Familias enteras se vieron abocadas a vivir de la caridad de parientes y amigos sin tener donde ir ni con qué comer, Apellidos ilustres por la riqueza se fueron guardabaje y las siguientes generaciones no pudieron recobrarse del golpe y colapso. Otros más afortunados que tenían sus bienes repartidos en haciendas y ganado surgieron de golpe; pero los que acuñaban dinero en los bancos, los que vivían con lujo o tenían joyas muy valiosas, sufrieron el impacto de perderlo todo en unas cuantas horas.

Cuatro años después se inauguró en París la Exposición Mundial de 1900 para saludar al nuevo siglo y los guayaquileños se esmeraron en ahorrar y viajar y compraron nuevo mobiliario, por eso se impuso el art nouveau en nuestro puerto, por cuando fueron a comprar todo nuevo y hallaron lo que entonces estaba de moda. Hubo pues, una renovación total de gustos y estilos y entró de golpe el siglo XX sin los viejos y señeros retratos coloniales donde miraban austeros Alguaciles, Alcaldes y Regidores y en su reemplazo se colocaron fotografías con rostros de gentes nuevas, símbolo de un cambio forzado, producido por el Incendio.

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