TOMO III
 
 
 TOMO I
TOMO II
TOMO IV
     


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ANECDOTAS DE LA REBELION
DEL MARAÑON
En la tarde del sexto día Larrea Alba fue avisado por el cocinero - cuando no - que estaba por ocurrir una sublevación de oficiales con apoyo de la tropa y que de fijo le matarían. Larrea avisó a Quito y esperó confiado en su suerte. Esa noche y como a las once y media, hizo guardia especial y logró descubrir que el Teniente Marco Uscocovich incitaba a unos cuantos a la revolución en favor de Mendoza, indicando que todos los cuerpos armados de la república se hallaban comprometidos y sólo esperan la señal del «Marañón» para alzarse contra la Junta de Gobierno.

Entonces Larrea se hizo acompañar de cuatro o cinco individuos de tropa, escogidos por él de entre los pocos adictos a su persona y entró de sorpresa al cuartel, apresó a Uscocovich in fraganti y lo envió detenido a la bodega.

Larrea sabía que ese era el principio solamente por lo que mandó telegramas pidiendo refuerzos, que salieron de Quito y Riobamba con dirección a Ambato. Mientras tanto siguió haciendo guardia, pero no en el cuartel, sino fuera, por aquello que más vale ver los toros de lejos que ser corneado.

A las doce de la noche bajó la tropa y se formó en el patio. Larrea entró al edificio y preguntó la razón. Un cabo de apellido Castro, levantándose la visera de la gorra le gritó: «Usted es nuestro Jefe y tiene que firmar el acta de pronunciamiento contra el gobierno »... «Esto es un movimiento del todo el ejército ...»

- No señores ... ustedes están equivocados y son engañados por algún político. Nadie les apoyará y es mejor que depongan esa actitud y regresen en paz a descansar, fue la tranquila y bien meditada respuesta de Larrea Alba.

Pero como en estos casos las palabras no cuentan, algunos exaltados rastrillaron sus armas y le apuntaron al cuerpo, dispuestos a matarle. Alguien gritó: «No le disparen, que es muy amigo del Comandante Mendoza» y se salvó de morir, pero lo metieron a la misma bodega donde minutos antes había estado Uscocovich, que ya andaba libre y sonreído, pensando en cómo es mudable la vida.

FIN DEL ALZAMIENTO Y
PREMIO DE LARREA ALBA
A eso de las 2 de la mañana llegó de Guayaquil el Capitán Fernando Freire, ya avisado desde hacía varios días del movimiento sedicioso del Marañon y arengó a la tropa en favor de Mendoza, recibiendo muchos vítores y abrazos.

«Viva la Patria, viva Mendoza, vivan los ideales del 9 de Julio» se oía por doquier. Todo es juventud, inexperiencia y entusiasmo. Mientras tanto Larrea Alba seguía embodegado en espera de su suerte «¿Se salvaría?».

A las 6 de la mañana los oficiales del Marañón se enteraron por el telégrafo de Ambato que iban a ser sitiados por las fuerzas leales que viajaban de Quito y Riobamba; esto constituyó una sorpresa para ellos, que esperaban apoyo y no ataque, comprendiendo al fin que se los había engañado con falsas promesas. A esa hora y después de recapacitar sobre la apretada situación en que se encontraban, concurrieron a la bodega donde permanecía Larrea Alba y le solicitaron que reasumiera el mando y organizara la defensa.

«No podrían contra tantos. Yo no he estado de acuerdo con esto, no puedo comandarlos» - fue la respuesta -.

Entonces los oficiales y tropa salieron del cuartel con destino a sus casas para dejar ropas y objetos de valor que no querían perder y se comprometieron a regresar a las 7 de la mañana para morir peleando en defensa de sus ideales. La señal de regreso sería el toque de generala por el corneta y dejaron libre a Larrea Alba, creyéndole inofensivo. (Santa confianza! porque Larrea impidió el toque y a eso de las nueve de la mañana el Teniente Coronel Carlos Guerrero, con fuerzas de Riobamba, llegó a la ciudad y ocupó tranquilamente el cuartel, dedicándose a atrapar a los revoltosos en sus domicilios. Meses después se les siguió un proceso a unos cuantos y el glorioso batallón Marañón fue disuelto para evitar nuevos bochinches como el de Ambato.

Larrea Alba viajó a Quito y pidió que su actitud fuere juzgada, obteniendo la aprobación de la superioridad y el cargo de Sub-Director de la Escuela Militar que ocupó hasta 1927, pasando a Comandante en el Regimiento Sucre No .2 de Quito y luego a Intendente General de Policía de Guayaquil, ese mismo año, por orden del doctor Isidro Ayora.

CAMBIA DE MILITAR A POLITICO
Estando Larrea Alba en Quito y de comandante del Regimiento «Sucre No. 2» , le fue consultado si se opondría a la designación del doctor Ayora para Dictador del Ecuador en 1926, y contestó que no, porque lo conocía como hombre serio y patriota. Esta consulta dio al traste con el gobierno de la Segunda Junta Civil Juliana, compuesta por algunos políticos de gran jerarquía intelectual pero indóciles, al punto que ni entre ellos se entendían y la aceptación de Larrea Alba fue conocida por Ayora que lo tuvo desde entonces como su hombre de confianza y probada «lealtad» a su persona.

En Guayaquil estaba de Gobernador el doctor José Darío Moral, químico y farmacéutico, inteligente y jovial, que dirigía la política en el Guayas con acierto. En 1928 Ayora convocó a una Asamblea Nacional Constituyente y tres militares en servicio activo fueron electos Diputados: El General Luis Telmo Paz y Miño, por Pichincha; el Coronel José Antonio Gómez González por Manabí y el coronel Luis Larrea Alba por El Oro; inmediatamente pidieron sus disponibilidades al gobierno y viajaron a Quito a asistir a las sesiones . Ayora fue designado Presidente Constitucional del Ecuador para el período de 1928 a 1932.

Larrea Alba regresó a la vida militar siendo reincorporado en 1929. Al año siguiente desempeñó la Subsecretaría del Ministerio de Guerra en tiempo del Coronel Carlos Guerrero. Meses después fue designado Sub Jefe de Estado Mayor y en este cargo estaba cuando ocurrió el famoso caso de los militares masones.

DESACIERTO DEL MINISTRO
DE GUERRA
En 1930 el Coronel Carlos Guerrero envió una circular a los repartos militares de la República aconsejando a los oficiales que se abstuvieran de ingresar a la Masonería porque se rumoraba en Quito que esta secta filosófica era enemiga del régimen y conspiraban en los templos y logias de la República.

Esta candidez de Guerrero, digna de un militar sin cultura y no de todo un ministro de Guerra, originó una reacción en los periódicos y revistas del país que publicaron artículos y caricaturas donde se burlaban de él, sacándole como a moderno inquisidor, con un látigo en la mano, persiguiendo a los asustados masones que corrían a más no poder.

Algunos militares ecuatorianos y masones de mucho tiempo se le enfrentaron y pidieron al régimen la destitución de Guerrero; felizmente, el temporal amainó pero quedaron resentidos que pronto irían a las armas.

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