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ANECDOTAS
DE LA REBELION
DEL MARAÑON
En la tarde del sexto día Larrea
Alba fue avisado por el cocinero - cuando no - que
estaba por ocurrir una sublevación de oficiales
con apoyo de la tropa y que de fijo le matarían.
Larrea avisó a Quito y esperó confiado
en su suerte. Esa noche y como a las once y media,
hizo guardia especial y logró descubrir que
el Teniente Marco Uscocovich incitaba a unos cuantos
a la revolución en favor de Mendoza, indicando
que todos los cuerpos armados de la república
se hallaban comprometidos y sólo esperan la
señal del «Marañón»
para alzarse contra la Junta de Gobierno.
Entonces Larrea se hizo acompañar de cuatro
o cinco individuos de tropa, escogidos por él
de entre los pocos adictos a su persona y entró
de sorpresa al cuartel, apresó a Uscocovich
in fraganti y lo envió detenido a la bodega.
Larrea sabía que ese era el principio solamente
por lo que mandó telegramas pidiendo refuerzos,
que salieron de Quito y Riobamba con dirección
a Ambato. Mientras tanto siguió haciendo guardia,
pero no en el cuartel, sino fuera, por aquello que
más vale ver los toros de lejos que ser corneado.
A las doce de la noche bajó la tropa y se formó
en el patio. Larrea entró al edificio y preguntó
la razón. Un cabo de apellido Castro, levantándose
la visera de la gorra le gritó: «Usted
es nuestro Jefe y tiene que firmar el acta de pronunciamiento
contra el gobierno »... «Esto es un movimiento
del todo el ejército ...»
- No señores ... ustedes están equivocados
y son engañados por algún político.
Nadie les apoyará y es mejor que depongan esa
actitud y regresen en paz a descansar, fue la tranquila
y bien meditada respuesta de Larrea Alba.
Pero como en estos casos las palabras no cuentan,
algunos exaltados rastrillaron sus armas y le apuntaron
al cuerpo, dispuestos a matarle. Alguien gritó:
«No le disparen, que es muy amigo del Comandante
Mendoza» y se salvó de morir, pero lo
metieron a la misma bodega donde minutos antes había
estado Uscocovich, que ya andaba libre y sonreído,
pensando en cómo es mudable la vida.
FIN DEL ALZAMIENTO
Y
PREMIO DE LARREA ALBA
A eso de las 2 de la mañana
llegó de Guayaquil el Capitán Fernando
Freire, ya avisado desde hacía varios días
del movimiento sedicioso del Marañon y arengó
a la tropa en favor de Mendoza, recibiendo muchos
vítores y abrazos.
«Viva la Patria, viva Mendoza, vivan los ideales
del 9 de Julio» se oía por doquier. Todo
es juventud, inexperiencia y entusiasmo. Mientras
tanto Larrea Alba seguía embodegado en espera
de su suerte «¿Se salvaría?».
A las 6 de la mañana los oficiales del Marañón
se enteraron por el telégrafo de Ambato que
iban a ser sitiados por las fuerzas leales que viajaban
de Quito y Riobamba; esto constituyó una sorpresa
para ellos, que esperaban apoyo y no ataque, comprendiendo
al fin que se los había engañado con
falsas promesas. A esa hora y después de recapacitar
sobre la apretada situación en que se encontraban,
concurrieron a la bodega donde permanecía Larrea
Alba y le solicitaron que reasumiera el mando y organizara
la defensa.
«No podrían contra tantos. Yo no he estado
de acuerdo con esto, no puedo comandarlos» -
fue la respuesta -.
Entonces los oficiales y tropa salieron del cuartel
con destino a sus casas para dejar ropas y objetos
de valor que no querían perder y se comprometieron
a regresar a las 7 de la mañana para morir
peleando en defensa de sus ideales. La señal
de regreso sería el toque de generala por el
corneta y dejaron libre a Larrea Alba, creyéndole
inofensivo. (Santa confianza! porque Larrea impidió
el toque y a eso de las nueve de la mañana
el Teniente Coronel Carlos Guerrero, con fuerzas de
Riobamba, llegó a la ciudad y ocupó
tranquilamente el cuartel, dedicándose a atrapar
a los revoltosos en sus domicilios. Meses después
se les siguió un proceso a unos cuantos y el
glorioso batallón Marañón fue
disuelto para evitar nuevos bochinches como el de
Ambato.
Larrea Alba viajó a Quito y pidió que
su actitud fuere juzgada, obteniendo la aprobación
de la superioridad y el cargo de Sub-Director de la
Escuela Militar que ocupó hasta 1927, pasando
a Comandante en el Regimiento Sucre No .2 de Quito
y luego a Intendente General de Policía de
Guayaquil, ese mismo año, por orden del doctor
Isidro Ayora.
CAMBIA DE MILITAR A
POLITICO
Estando Larrea Alba en Quito y de
comandante del Regimiento «Sucre No. 2»
, le fue consultado si se opondría a la designación
del doctor Ayora para Dictador del Ecuador en 1926,
y contestó que no, porque lo conocía
como hombre serio y patriota. Esta consulta dio al
traste con el gobierno de la Segunda Junta Civil Juliana,
compuesta por algunos políticos de gran jerarquía
intelectual pero indóciles, al punto que ni
entre ellos se entendían y la aceptación
de Larrea Alba fue conocida por Ayora que lo tuvo
desde entonces como su hombre de confianza y probada
«lealtad» a su persona.
En Guayaquil estaba de Gobernador el doctor José
Darío Moral, químico y farmacéutico,
inteligente y jovial, que dirigía la política
en el Guayas con acierto. En 1928 Ayora convocó
a una Asamblea Nacional Constituyente y tres militares
en servicio activo fueron electos Diputados: El General
Luis Telmo Paz y Miño, por Pichincha; el Coronel
José Antonio Gómez González por
Manabí y el coronel Luis Larrea Alba por El
Oro; inmediatamente pidieron sus disponibilidades
al gobierno y viajaron a Quito a asistir a las sesiones
. Ayora fue designado Presidente Constitucional del
Ecuador para el período de 1928 a 1932.
Larrea Alba regresó a la vida militar siendo
reincorporado en 1929. Al año siguiente desempeñó
la Subsecretaría del Ministerio de Guerra en
tiempo del Coronel Carlos Guerrero. Meses después
fue designado Sub Jefe de Estado Mayor y en este cargo
estaba cuando ocurrió el famoso caso de los
militares masones.
DESACIERTO DEL MINISTRO
DE GUERRA
En 1930 el Coronel Carlos Guerrero
envió una circular a los repartos militares
de la República aconsejando a los oficiales
que se abstuvieran de ingresar a la Masonería
porque se rumoraba en Quito que esta secta filosófica
era enemiga del régimen y conspiraban en los
templos y logias de la República.
Esta candidez de Guerrero, digna de un militar sin
cultura y no de todo un ministro de Guerra, originó
una reacción en los periódicos y revistas
del país que publicaron artículos y
caricaturas donde se burlaban de él, sacándole
como a moderno inquisidor, con un látigo en
la mano, persiguiendo a los asustados masones que
corrían a más no poder.
Algunos militares ecuatorianos y masones de mucho
tiempo se le enfrentaron y pidieron al régimen
la destitución de Guerrero; felizmente, el
temporal amainó pero quedaron resentidos que
pronto irían a las armas.
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