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EL COMERCIO
DEL CACAO
Los comerciantes de Guayaquil heredaron
el negocio del cacao de los productores del interior,
estaban asentados en el malecón de la ría
donde tenían sus casas de comercio con amplias
bodegas para almacenar el fruto hasta tanto se lo
pudiera exportar y así de simple intermediarios
pasaron a ser los capitalistas del negocio, con barcos
que servían para llevar cacao a los puertos
de venta, tales como Realejo, Callao, Panamá
y Acapulco.
Las cosechas se traían por la vía fluvial,
los agricultores vivían endeudados con los
comerciantes que solían otorgarles préstamos
como adelantos por las cosechas. Hacia 1880 el negocio
del transporte también cambió, ya no
se usaban las balandras o veleros y surgieron las
flotillas fluviales como la de Pablo Indaburo Ortiz
o la de Jaime Puig Mir y las primeras casas bancarias
abrían sus puertas al comercio y a la agricultura,
aunque no existían sistemas de fomento, que
esto fue muy posterior y en el presente siglo.
El mayor empresario del cacao que se conoce fue Manuel
Antonio de Luzarraga, viscaíno que llegó
de marinero a Guayaquil con Casal y Solines, luego
casó con Panchita Rico Rocafuerte cuya dote
acrecentó su fortuna hasta convertirse en el
hombre más influyente de la ciudad. Hacia 1856
uno de sus hijos satisfizo urgente necesidad de la
corona española otorgándole varios préstamos
y fue agraciado con el Condado de Luzarraga por la
reina Isabel II.
Sin embargo el comercio guayaquileño no se
reducía únicamente al cacao, había
que aprovisionar a la Cuenca del Guayas de una serie
de productos elaborados que llegaban del exterior.
Las cosas se adquirían de contado y se miraba
de reojo a los que pedían crédito. El
dinero se guardaba en las cajas fuertes ubicadas en
algún sitio estratégico del almacén
que también servía de bodega. Las operaciones
bancarias de descuento de obligaciones se realizaban
sin garantía y a simple firma. Letras y pagarés
circulaban entre el vecindario y la mayor parte se
originaban en los almacenes del malecón y de
la calle del Comercio, hoy Pichincha. Existía
un fluir constante de riqueza entre los comerciantes
y los agricultores que arribaban a la orilla. Las
comisiones fluctuaban entre el 10 y el 12% anual,
siendo proverbial la honorabilidad de las gentes,
el cumplimiento de la palabra y el trato hecho. Las
demandas por sumas de pesos eran contadas en los Juzgados.
La exportación del cacao se hacía a
nombre del vendedor o por cuenta del inversionista
extranjero con agencia en Guayaquil, Los Vallarino,
Obarrio, Pérez, Planas, Orrantia, Stagg y Lozada
tenían oficinas centrales en Panamá
y agencias en Guayaquil y New York. Faltaban bancos,
todo se hacía con el crédito del exterior.
Los ricos y la clase media acomodada paladeaban vinos
y licores franceses, portugueses y españoles,
galletas y jamones ingleses, perfumes, telas y jabones
de los Estados Unidos. De Alemania llegaba todo lo
que era de ferretería y máquinas en
general. Las importaciones eran relativamente escasas
porque el pueblo no podía satisfacer sus gustos,
por limitados que éstos fueren, pues no existían
salarios adecuados.
La situación era tan crítica que solamente
los caballeros usaban zapatos, andando el resto de
las gentes descalzas y sin ninguna vergüenza
o rubor, pues era lo más normal salir a las
calles de esa manera. Aún en el centro de la
urbe y hasta en los salones se veía personas
descalzas de ambos sexos comprando o ejerciendo oficios
varios. Esta situación de minusvalidez se reflejaba
también en algunas costumbres típicas.
Las mujeres del pueblo no tomaban asiento en las visitas
a las casas de los ricos pues preferían hacerlo
en el suelo y a los pies de la «patrona»,
que tampoco estaba sentada sino en hamaca. Había
una hamaca en cada cuarto pero en los zócalos
de las puertas que comunicaban a los cuartos entre
sí, siempre había otra chiquita. Todas
eran de mocora.
Sin embargo y a pesar de estos casos de extrema pobreza,
hay que reconocer que nadie pasaba hambre pues los
productos de primera necesidad eran baratos y abundantes,
los plátanos, el arroz, la yuca y algunos vegetales
sobraban en las haciendas y se expedían casi
de balde en los mercados. La población era
escasa y estaba mejor repartida entre el agro y la
ciudad. Por cada habitante citadino había tres
agricultores, la mano de obra no era problema, tampoco
existían las aglomeraciones que hoy proliferan
en las urbes, Guayaquil a duras penas se extendía
entre el río y la calle Santa Elena (Lorenzo
de Garaycoa) los terrenos más allá eran
considerados extramuros inhabitables. Por el norte
se salía del cerro y se terminaba en la Avenida
Olmedo y luego en la calle Brasil, las casas eran
saltadas, había terrenos sin construir que
servían de jardines o patios de recreo. Pocos
edificios altos y solamente unos cuantos de dos pisos,
más parecía un simple villorio que una
ciudad y ya para entonces Lima era considerada la
ciudad de los Palacios y en Buenos Aires la población
sumaba más de un millón de habitantes.
Estas diferencias se dieron por la falta de migración
hacia el Pacífico, mar enorme que nos mantiene
alejados de todo vecindario.
De allí que el comercio del cacao era para
Guayaquil el mayor rubro de ingresos y quizás
el único de consideración, compartiendo
honores con la exportación de la quina o cascarilla
que aunque se verificaba principalmente por el puerto,
era un producto de las zonas frías y boscosas
del austro ecuatoriano.
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