TOMO III
 
 
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TOMO IV
     


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RASGOS BIOGRAFICOS
Carlos Concha es una de las más interesantes figuras de la historia ecuatoriana, forma parte del folklore costeño y en alas de la leyenda su nombre resuena con características de héroe.

Hombre culto, valiente y aguerrido, hizo su revolución porque la creyó justa, protestando por un crímen múltiple, por la traición de un pacto de honor firmado en Duran antes de la entrada a Guayaquil y por los asesinatos de Montero y Andrade. Concha no fue un advenedizo en política y mucho menos un aprovechador de circunstancias. Cuando tuvo que gastar en armas para la revolución lo hizo con dinero propio y sin pedirle a nadie, para eso era millonario y pobre quedó a la postre porque no dilapidó los fondos públicos de la Provincia de Esmeraldas a pesar que fue dueño y señor de ella desde 1913 al 14.

Sobre su persona casi nada se conoce. De sus rasgos físicos se sabe que era más bien bajo que alto, delgado, fibroso, musculado, muy nervioso; numerosas venas azuladas le cruzaban el rostro, su piel era blanca, su cabello negro y usaba un fino bigote. Fumaba mucho, nunca bebía y tenía unos ojos negros que lanzaban chispas.

Nacido en la casa de la hacienda San José, situada a sólo dos horas de la ciudad de Esmeraldas, cerca de la antigua capital, la colonial San Mateo; muy joven residió en Guayaquil acompañando a su madre y hermanos. La primaria la realizó en el puerto, la secundaria en Estados Unidos y también los primeros años de medicina, abandonando esa carrera por falta de vocación.

Pasó a Europa y viajó por Francia, Inglaterra y Alemania; allí estudió odontología, graduándose con las más altas calificaciones. En Berlín estudió griego, latín y hebreo, llegando a traducir obras clásicas escritas en esos idiomas.

Triunfante la revolución liberal de 1895 fue electo Diputado a la Asamblea Nacional Constituyente en Quito, en 1897, como representante de Azuay asistió y obtuvo numerosos triunfos parlamentarios dejando bien simentada su fama de hombre docto, ecuánime y honesto. Viajó a París designado en 1906, por el gobierno del General Alfaro, para ocupar las funciones de Cónsul General del Ecuador en dicha ciudad. De regreso al Ecuador ocurrió el asesinato de los Alfaro y luego de numerosos episodios revolucionarios y hasta un juicio y prisión en Quito, fue liberado, pasó a Guayaquil, tomó el primer motovelero que partió a Esmeraldas y se internó en sus propiedades agrícolas tramando la revolución y en la madrugada del día 24 de Septiembre del año siguiente (1913) en que Esmeraldas se aprestaba a celebrar los festejos en honor a la Virgen de las Mercedes, asaltó el Cuartel, inició la más larga, sangrienta y heroica revolución que ha estallado en el país y de no haber sido por los catorce millones de sucres que Francisco Urbina Jado invirtió en fomentar económicamente a la administración del General Plaza (como el propio Urbina lo confesó arrepentido, en 1925, en Valparaíso, al entonces Cónsul ecuatoriano en ese puerto, Jorge Concha Enríquez) otra hubiera sido la historia del País, porque Plaza sin fondos para enfrentarse con éxito a la revolución y aplastado por su impopularidad hubiera tenido que declinar el mando y abandonar el país, adelantándose en mucho la revolución que recién estalló en Julio de 1925 y que terminó con los regímenes constitucionales de tinte placista que se venían sucediendo a base del fraude electoral.

UN AMOR PLATONICO
Un gran amor tuvo Concha durante su vida de juventud. Fatalmente para él no pudo cristalizar sus propósitos de matrimonio. Ella era esbelta, grácil, hermosa y recatada. ¿Su nombre? Para qué darlo, basta saber que era de las más conocidas familias originarias de Colombia que residían a fines del pasado siglo en Esmeraldas; con los años, casó ella en Guayaquil con un caballero peruano; lo cierto es que el amor platónico que hubo entre ambos perduró en el recuerdo y en el tiempo.

VIDA FAMILIAR
Entre las anécdotas que he oído relatar acerca de su persona hay unas muy graciosas y paso a referirlas: Una sobrina de él llamada Clemencia Concha Montaño, hija de José María Concha Torres, sufría porque los dientes de leche no le mudaban y en cambio le habían salido algunos de los de la segunda dentición, detrás de los primeros, lo que le ocasionaba fiebres continuas y un enorme perjuicio a su salud. Al ser requerida para que se dejara extraer las piezas infantiles, la muy viva solía contestar para salir del paso.

- Bueno, pero que lo haga mi tío Carlos, que es dentista.

Sabiendo que así salvaba la situación porque el tío Concha vivía de Cónsul en París. Pero un buen día y con gran sorpresa de todos, el tío dentista apareció en la casa. ¡Había regresado!.

Aquí ardió Troya porque la abuela de la niña, acordándose de su pedido, solicitó al recién llegado que procediera de inmediato a realizar las extracciones del caso y sin anestesia, porque ese invento no era recomendado para menores de edad.

El doctor Concha mandó a prestar algunos instrumentos al doctor Pazmiño (padre de la familia Pazmiño Icaza de esta ciudad en una atenta esquela, y recibido el envío hizo que la servidumbre apresara a la rebelde paciente y en un santiamén y en menos de lo que se persigna un cura ñato, la dejó sin un diente de leche. Creo que le sacó unos 6 o 7 de golpe. La pobre víctima sólo atinó a decir:

- Sáqueme de la boca sus dedos sucios de tabaco.

En otra ocasión y estando en Esmeraldas llegó a la hacienda La Propicia una parientita muy adolorida, con una muela que le venía molestando desde hacía días. Doña Delfina Torres viuda de Concha, que era mujer templada, de esas que atacan el mal donde lo encuentran, le dijo:

- De esta no te escapas, hace tiempo que debiste dejar de padecer y llamando al hijo le ordenó: «Sácale inmediatamente la muela».

La pobre pariente se puso pálida, porque era exageradamente nerviosa y empezó a correr, pero todas las mujeres de la casa corrieron tras ella y al fin, no sin trabajo, la trincaron en el suelo. El dentista familiar extrajo la pieza de un tirón, pero sacó una muela sana por equivocación, teniendo a continuación que extraer la debida, con doble padecimiento de la miedosa paciente.

En otra ocasión y asimismo en la casa de la hacienda La Propicia cayó de visita un Canónigo ¡barreño que iba de paso a Europa y se alojó por varios días, mientras esperaba la llegada del buque que mensualmente tocaba en el puerto de Esmeraldas con destino a Panamá. Una tarde dormía plácidamente el buen sacerdote, circunstancia que aprovechó Carlos Concha para impregnarle los hoyos de la nariz con un palito previamente ensuciado con pequeñas cantidades de excremento de animal.

Al despertarse el Canónigo notó que algo olía mal en el ambiente, pero hombre educado como era, no dijo absolutamente nada, poniendo las caras más chistosas del caso por espacio de dos y tres días hasta que se le fue el olfato o la pestilencia. Por supuesto que en la familia nadie sabía nada y todos estaban muy extrañados de la situación, creyendo que el convidado estaba trastornado del cerebro.

La broma se originó en una frase expresada en un momento de añoranza, cuando dizque manifestó que en Esmeraldas nada olía como en la Sierra, donde los aromas suben de la tierra al cielo, deparando felicidad.

También se cuenta que el mismo Canónigo -que de paso era muy buen amigo de Concha- llegado el momento de abandonar la hacienda para tomar el barco, fue ayudado a montar en una mula domesticada que solía regresar a la casa cuando oía un silbido especial. Ya estaba casi perdido en lontananza nuestro buen sacerdote cuando el bromista silbó, regresando el dócil animal a la puerta de donde había partido, a pesar que el jinete rabiaba y vociferaba contra la mula por no poderla gobernar. Así se repitió el caso dos veces más, dándose al fin por vencido el Canónigo y teniendo que irse a pie en castigo por haber hablado mal de la región, comparándola en desventaja con Ibarra.

Igual cosa sucedió años después; era la época en que aún no existía el ferrocarril a Quito y para viajar a la capital, era necesario hacerlo en grupo, evitándose el peligro de un posible asalto en el camino. Concha se ofreció a conseguir acompañante a un viajero y efectivamente lo hizo, no sin antes manifestar en privado a ambos, que el otro era sordo y que tenía que hablarle a gritos durante el trayecto, para que pudieran oírse mutuamente.

Llegado el momento los caballeros fueron presentados y partieron desde Duran, Concha los acompañó dos o tres kilómetros a caballo y siempre gritándoles porque ambos se creían sordos. Se cuenta que fue en Ambato cuando se dieron cuenta del engaño porque estaban tan roncos de gritar que ya no podían. Habían conversado a gritos más de quince días ¡Pobres viajeros!.

Así era Carlos Concha , el caudillo de la revolución liberal de Esmeraldas, jovial, sencillo y dicharachero ... ¡Todo un carácter!.

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