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RASGOS
BIOGRAFICOS
Carlos Concha es una de las más
interesantes figuras de la historia ecuatoriana, forma
parte del folklore costeño y en alas de la
leyenda su nombre resuena con características
de héroe.
Hombre culto, valiente y aguerrido, hizo su revolución
porque la creyó justa, protestando por un crímen
múltiple, por la traición de un pacto
de honor firmado en Duran antes de la entrada a Guayaquil
y por los asesinatos de Montero y Andrade. Concha
no fue un advenedizo en política y mucho menos
un aprovechador de circunstancias. Cuando tuvo que
gastar en armas para la revolución lo hizo
con dinero propio y sin pedirle a nadie, para eso
era millonario y pobre quedó a la postre porque
no dilapidó los fondos públicos de la
Provincia de Esmeraldas a pesar que fue dueño
y señor de ella desde 1913 al 14.
Sobre su persona casi nada se conoce. De sus rasgos
físicos se sabe que era más bien bajo
que alto, delgado, fibroso, musculado, muy nervioso;
numerosas venas azuladas le cruzaban el rostro, su
piel era blanca, su cabello negro y usaba un fino
bigote. Fumaba mucho, nunca bebía y tenía
unos ojos negros que lanzaban chispas.
Nacido en la casa de la hacienda San José,
situada a sólo dos horas de la ciudad de Esmeraldas,
cerca de la antigua capital, la colonial San Mateo;
muy joven residió en Guayaquil acompañando
a su madre y hermanos. La primaria la realizó
en el puerto, la secundaria en Estados Unidos y también
los primeros años de medicina, abandonando
esa carrera por falta de vocación.
Pasó a Europa y viajó por Francia, Inglaterra
y Alemania; allí estudió odontología,
graduándose con las más altas calificaciones.
En Berlín estudió griego, latín
y hebreo, llegando a traducir obras clásicas
escritas en esos idiomas.
Triunfante la revolución liberal de 1895 fue
electo Diputado a la Asamblea Nacional Constituyente
en Quito, en 1897, como representante de Azuay asistió
y obtuvo numerosos triunfos parlamentarios dejando
bien simentada su fama de hombre docto, ecuánime
y honesto. Viajó a París designado en
1906, por el gobierno del General Alfaro, para ocupar
las funciones de Cónsul General del Ecuador
en dicha ciudad. De regreso al Ecuador ocurrió
el asesinato de los Alfaro y luego de numerosos episodios
revolucionarios y hasta un juicio y prisión
en Quito, fue liberado, pasó a Guayaquil, tomó
el primer motovelero que partió a Esmeraldas
y se internó en sus propiedades agrícolas
tramando la revolución y en la madrugada del
día 24 de Septiembre del año siguiente
(1913) en que Esmeraldas se aprestaba a celebrar los
festejos en honor a la Virgen de las Mercedes, asaltó
el Cuartel, inició la más larga, sangrienta
y heroica revolución que ha estallado en el
país y de no haber sido por los catorce millones
de sucres que Francisco Urbina Jado invirtió
en fomentar económicamente a la administración
del General Plaza (como el propio Urbina lo confesó
arrepentido, en 1925, en Valparaíso, al entonces
Cónsul ecuatoriano en ese puerto, Jorge Concha
Enríquez) otra hubiera sido la historia del
País, porque Plaza sin fondos para enfrentarse
con éxito a la revolución y aplastado
por su impopularidad hubiera tenido que declinar el
mando y abandonar el país, adelantándose
en mucho la revolución que recién estalló
en Julio de 1925 y que terminó con los regímenes
constitucionales de tinte placista que se venían
sucediendo a base del fraude electoral.
UN AMOR PLATONICO
Un gran amor tuvo Concha durante su
vida de juventud. Fatalmente para él no pudo
cristalizar sus propósitos de matrimonio. Ella
era esbelta, grácil, hermosa y recatada. ¿Su
nombre? Para qué darlo, basta saber que era
de las más conocidas familias originarias de
Colombia que residían a fines del pasado siglo
en Esmeraldas; con los años, casó ella
en Guayaquil con un caballero peruano; lo cierto es
que el amor platónico que hubo entre ambos
perduró en el recuerdo y en el tiempo.
VIDA FAMILIAR
Entre las anécdotas que he
oído relatar acerca de su persona hay unas
muy graciosas y paso a referirlas: Una sobrina de
él llamada Clemencia Concha Montaño,
hija de José María Concha Torres, sufría
porque los dientes de leche no le mudaban y en cambio
le habían salido algunos de los de la segunda
dentición, detrás de los primeros, lo
que le ocasionaba fiebres continuas y un enorme perjuicio
a su salud. Al ser requerida para que se dejara extraer
las piezas infantiles, la muy viva solía contestar
para salir del paso.
- Bueno, pero que lo haga mi tío Carlos, que
es dentista.
Sabiendo que así salvaba la situación
porque el tío Concha vivía de Cónsul
en París. Pero un buen día y con gran
sorpresa de todos, el tío dentista apareció
en la casa. ¡Había regresado!.
Aquí ardió Troya porque la abuela de
la niña, acordándose de su pedido, solicitó
al recién llegado que procediera de inmediato
a realizar las extracciones del caso y sin anestesia,
porque ese invento no era recomendado para menores
de edad.
El doctor Concha mandó a prestar algunos instrumentos
al doctor Pazmiño (padre de la familia Pazmiño
Icaza de esta ciudad en una atenta esquela, y recibido
el envío hizo que la servidumbre apresara a
la rebelde paciente y en un santiamén y en
menos de lo que se persigna un cura ñato, la
dejó sin un diente de leche. Creo que le sacó
unos 6 o 7 de golpe. La pobre víctima sólo
atinó a decir:
- Sáqueme de la boca sus dedos sucios de tabaco.
En otra ocasión y estando en Esmeraldas llegó
a la hacienda La Propicia una parientita muy adolorida,
con una muela que le venía molestando desde
hacía días. Doña Delfina Torres
viuda de Concha, que era mujer templada, de esas que
atacan el mal donde lo encuentran, le dijo:
- De esta no te escapas, hace tiempo que debiste dejar
de padecer y llamando al hijo le ordenó: «Sácale
inmediatamente la muela».
La pobre pariente se puso pálida, porque era
exageradamente nerviosa y empezó a correr,
pero todas las mujeres de la casa corrieron tras ella
y al fin, no sin trabajo, la trincaron en el suelo.
El dentista familiar extrajo la pieza de un tirón,
pero sacó una muela sana por equivocación,
teniendo a continuación que extraer la debida,
con doble padecimiento de la miedosa paciente.
En otra ocasión y asimismo en la casa de la
hacienda La Propicia cayó de visita un Canónigo
¡barreño que iba de paso a Europa y se
alojó por varios días, mientras esperaba
la llegada del buque que mensualmente tocaba en el
puerto de Esmeraldas con destino a Panamá.
Una tarde dormía plácidamente el buen
sacerdote, circunstancia que aprovechó Carlos
Concha para impregnarle los hoyos de la nariz con
un palito previamente ensuciado con pequeñas
cantidades de excremento de animal.
Al despertarse el Canónigo notó que
algo olía mal en el ambiente, pero hombre educado
como era, no dijo absolutamente nada, poniendo las
caras más chistosas del caso por espacio de
dos y tres días hasta que se le fue el olfato
o la pestilencia. Por supuesto que en la familia nadie
sabía nada y todos estaban muy extrañados
de la situación, creyendo que el convidado
estaba trastornado del cerebro.
La broma se originó en una frase expresada
en un momento de añoranza, cuando dizque manifestó
que en Esmeraldas nada olía como en la Sierra,
donde los aromas suben de la tierra al cielo, deparando
felicidad.
También se cuenta que el mismo Canónigo
-que de paso era muy buen amigo de Concha- llegado
el momento de abandonar la hacienda para tomar el
barco, fue ayudado a montar en una mula domesticada
que solía regresar a la casa cuando oía
un silbido especial. Ya estaba casi perdido en lontananza
nuestro buen sacerdote cuando el bromista silbó,
regresando el dócil animal a la puerta de donde
había partido, a pesar que el jinete rabiaba
y vociferaba contra la mula por no poderla gobernar.
Así se repitió el caso dos veces más,
dándose al fin por vencido el Canónigo
y teniendo que irse a pie en castigo por haber hablado
mal de la región, comparándola en desventaja
con Ibarra.
Igual cosa sucedió años después;
era la época en que aún no existía
el ferrocarril a Quito y para viajar a la capital,
era necesario hacerlo en grupo, evitándose
el peligro de un posible asalto en el camino. Concha
se ofreció a conseguir acompañante a
un viajero y efectivamente lo hizo, no sin antes manifestar
en privado a ambos, que el otro era sordo y que tenía
que hablarle a gritos durante el trayecto, para que
pudieran oírse mutuamente.
Llegado el momento los caballeros fueron presentados
y partieron desde Duran, Concha los acompañó
dos o tres kilómetros a caballo y siempre gritándoles
porque ambos se creían sordos. Se cuenta que
fue en Ambato cuando se dieron cuenta del engaño
porque estaban tan roncos de gritar que ya no podían.
Habían conversado a gritos más de quince
días ¡Pobres viajeros!.
Así era Carlos Concha , el caudillo de la revolución
liberal de Esmeraldas, jovial, sencillo y dicharachero
... ¡Todo un carácter!.
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