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EL PARQUE
SEMINARIO
Alrededor del Parque Seminario vive
Guayaquil su tráfico agitado y caliente de
ciudad tropical, pero en su interior todo es calma
y pareciera que el paso del tiempo se hubiera detenido
en un ambiente Victoriano propio de fines del siglo
pasado. He allí el encanto del parque Seminario
y por ello numerosas personas lo prefieren y van a
sentarse en sus banquitos de hierro forjado, oyendo
el lejano ruido de los carros, muy amainado por las
altas copas de los ficus, el trino de uno que otro
pajarito y el verdor de nuestro paisaje inmediato,
ubicado en el centro de Guayaquil.
Pero como no hay dicha perfecta, este sitio de remanso
y de recuerdo a veces a sufrido el embate de los malos
guayaquileños que no pueden ver con buenos
ojos que en nuestra «ciudad fenicia» exista
algo con tradición y así pues, en nombre
del progreso, lo han comenzado a cambiar. Primero
fue un Alcalde que hizo construir un feísimo
urinario, moderno, justamente frente al grupo de los
jabalíes que es copia de un famoso grupo escultórico
sacada de los campos Elíseos de París,
bellísima desde todo punto de vista. Luego
alguien tomó la pequeña escultura de
bronce de La Samaritana y se le llevó a arreglar.
Fue necesario que Monserrat Maspons protestara por
periódico para que «La Samaritana»
regresara a su sitio en la gruta de la Virgen y sobre
la pequeña alberca donde antes vivían
numerosos pececitos que eran la alegría de
la muchacha de los años 40 y 50.
Recuerdo que en el parque Seminario se realizaban
bellísimas kermeses organizadas por «El
Ajuar del Niño»y por su presidenta Carlota
Reimberg de Maume. Me han contado que antes habíanse
sucedido las kermeses bailables del «Belén
del Huérfano» y de su presidenta. Ana
Darquea de Sáenz de Tejada y que entonces se
bailaba en la rotonda del parque al son de alguna
banda de música de las primeras que hubo por
los años 30. No eran menos añoradas
las bellísimas retretas que los sábados,
domingos y días de fiesta se brindaban por
parte de las diferentes bandas de los batallones de
la ciudad. Era famosa la del batallón de Artillería
que estuvo situado hasta 1886 en 9 de Octubre y Boyacá
y que se quemó ese año durante el Incendio
Grande. Y así por el estilo podríamos
seguiría enumerando los servicios que a Guayaquil
y a su pueblo el parque Seminario ha venido prestando
en sus 100 años de vida y nos quedaríamos
cortos. Recuerdo haber leído de Manuel Gallegos
Naranjo que en el parque se hacían los repartos
de juguetes y caramelos que el comercio de la ciudad
acostumbraba realizar cada 24 de diciembre en honor
a la niñez desvalida del puerto. Oportunidad
en que se instalaban puestos de comida y bebida para
alegrar el paladar de los curiosos y entonces era
de ver los ricos pasteles de chancho, que era el plato
típico de esa festividad, por lo menos hasta
bien entrado el presente siglo, que todo ha cambiado
en nuestra urbe.
EL ESTILO DEL PARQUE
Hace muchos años Paulette Everard
de Rendón, mujer culta, ilustrada y con alma
de artista, me refería con mucha melancolía
que cuando ella arribó a Guayaquil en 1936
con su marido Manuel Rendón Seminario, para
acompañar a sus suegros que estaban viejos,
solos y enfermos. Guayaquil era una ciudad muy hermosa,
uniforme, con sus edificios de madera de uno y dos
pisos, casi todos nuevos y en buen estado, con avenidas
de árboles como la Olmedo y Rocafuerte, con
un malecón agraciado y fresco igualmente arborizado,
con parques decimonónicos como el Montalvo
y el Seminario (en cuyo frente el Dr. Víctor
Manuel Rendón Pérez y su esposa María
Seminario Marticorena habían levantado un bellísimo
edificio de estilo neoclásico que aún
subsiste). Sin embargo Paulette anotaba en 1970 que
ese Guayaquil había desaparecido por la vetustez
de las casas de madera que se habían hecho
insalubres e incómodas y feas en su aspecto
exterior, así como por la amalgama informe
de edificios de cemento armado y otros de construcción
mixta que respondían a diferentes estilos arquitectónicos
con alturas discímiles, colorines escandalosos
y en fin, nos habíamos convertido en un mare
magnum de cemento, donde se vive de prisa y mal.
Pocos eran los sitios que por entonces aún
conservaban el sabor a lo antiguo y después
han seguido disminuyendo. A la histórica Planchada
que el Municipio de 1909 al conmemorarse el Centenario
del grito del 10 de Agosto mandó a refaccionar,
se le ha construido nuevas almenas y hubo Alcalde
que le mandó a colocar unas piedras decorativas,
laqueadas que brillaban chocantemente con la luz del
sol. El parque Montalvo fue «remodelado»
y perdió hasta su verja francesa, que era muy
hermosa. ¿Adonde habrá ido a parar dicha
verja? La base de la estatua de Bolívar y San
Martín fue despojada de sus planchas de mármol
blanco de Carrara y ahora presenta unos feísimos
adoquines de marmolina amarilla, más propios
para figurar en un cuarto de baño de algún
nuevo rico que en tan histórico sitial. Lo
mismo se hizo con las bases de los grupos escultóricos
del parque del Centenario y así por el estilo.
(1)
Nuestra Municipalidad no ha respetado la estética
de Guayaquil ni ha considerado que la pátina
se debe conservar porque representa el paso del tiempo,
la tradición, la belleza del recuerdo, la remembranza
de otras épocas y otros personajes. Y así
por el estilo se permitió en 1970 que un audaz
pintor quiteño nos metiera un monumento absurdo
con fondos de montañas, para recordar la gesta
«octubrina» en su primer sesquicentenario.
Allí está ese mamarracho para afrenta
de Guayaquil y de quienes no protestamos a tiempo
contra esa «guayasaminada», una más
de la larga lista de audaces logros conque dicho pintor
nos ha perjudicado a los guayaquileños. Y si
no mírese no más el «Paraninfo
Universitario» que era un conjunto armonioso,
decorado al gusto y estilo europeo que se ha dado
en llamar «neoclásico» y que ahora
ostenta un mural que choca y disuena, introducido
a la fuerza a base de romper el conjunto, el todo.
Excepto el Bolívar que está muy bien
logrado, las demás figuras de los paneles valen
muy poco.
(1) La administración del Ing. León
Febres Cordero repuso el mármol blanco de Carrara.
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