TOMO
III |
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EL ALUMBRADO
GUAYAQUILEÑO
A fines del siglo XVIII (1780) Guayaquil
era una población que se alumbraba con gruesas
espermas. Cuando había luna a nadie se le ocurría
prender sus velas por caras y escasas. Sólo
cuando la noche era negra como boca de lobo, nuestros
antepasados corrían a iluminar sus débiles
farolitos. Tiempos de brujas y aparecidos. A las siete
de la noche salían los serenos a recorrer las
calles y la encontraba en apacible calma no exenta
de algunos sonidos familiares. Cada hora las campanas.
La inquisición no andaba lejos pero ya no perseguía
endiablados como antes, ahora requisaba libros franceses
que estaban de moda y eran considerados peligrosos
en extremo.
EL ALUMBRADO DE ACEITE
A principios del siglo XIX y después
de la revolución quiteña de 1809 corrían
años independentistas y con ellos se popularizó
el uso de faroles alumbrados con aceite de ballena
que despedían más luz y a menos costo;
sin embargo, el olor que esparce el aceite a las claras
denotaba su procedencia animal.
La aceitería era un viejo edificio de madera
ubicado en las calles Villamil y Mejía, con
grandes bodegas donde se apilaban numerosas barricas.
Cerca estaba la aguardientería. Eran en los
extramuros de la ciudad, lo que ahora se denominaría
“el suburbio”.
El aceite llegaba en buques desde las islas Galápagos,
el sur de Chile o las costas de California; a veces
se acababa, todo dependía del consumo y del
éxito de las temporadas de caza, pero la municipalidad
ha obviado el problema porque existen comerciantes
dedicados a proveer a la ciudad.
Hasta la década de 1865 al 70 las gentes cambiaban
el aceite de ballena por un nuevo producto de los
Estados Unidos (el kerosene) que entusiasmó
a todos por igual pues despedía mayor claridad
y no tenía ese tufito característico;
después vendría la gasolina.
EL ALUMBRADO DE GAS
Desde 1860 la ciudad admiró
con emoción un nuevo tipo de alumbrado producido
a base de máquinas accionadas con hulla traída
de Inglaterra. El gas hacía su triunfal entrada
en nuestro medio.
Hacia 1919 pocos son los que aún se alumbraban
con kerosene aunque esta costumbre continúa
hasta nuestros días en el campo. Ese año
ingresó al país las primeras camisolas
en faroles portátiles marca “Petromax”,
accionadas a mano, tienen un embolo que hay que maniobrar
varias veces seguidas para que el kerosene, que está
en el depósito inferior, a base de presión
y por vacío suba hasta la camisola y la mantenga
encendida.
Una de las ventajas del gas sobre el kerosene y quizá
la más importante, es que con los faroles de
gas no hay necesidad de serenos ni supervisores. La
fábrica ha instalado una red de cañerías
que funciona en forma continua desde las 6:30 de la
tarde hasta las 5:30 de la mañana.
Cada vecino prendía su farol y luego lo apagaba
al día siguiente. Con el kerosene y antes,
con el aceite de ballena y las espermas, había
que vigilar el combustible, teniendo que ser renovado
dos y hasta tres veces cada noche. Por ello Guayaquil
y concretamente su Municipio recurría a rematistas
de alumbrado, porque el negocio era de mucha vigilancia
y tino.
Los serenos se turnaban para desempeñar su
cometido y dividieron la ciudad en sectores . Cada
sereno está encargado de controlar de 15 a
20 faroles y por 8 serenos existía un Jefe
o Guardián que recorría las calles con
el exclusivo propósito de despertar a los remolones
o de impedir que se embriagaran los menos juiciosos.
El gas fue una panacea para todos menos para los serenos
que tuvieron que cambiar de profesión. La primera
fábrica se instaló en 1860, era la del
extranjero Sarague.
Chávez Franco indica que el Jefe Político
contrató con la Compañía de Gas
el alumbrado del malecón de la orilla. La instalación
de los faroles y postes corrió por cuenta de
la municipalidad pero cada propietario de vivienda
pagaba cinco pesos al mes por derecho de farol. Era
obligatorio poner un farol cada tres lumbres ... pero
parece que el costo por farol fue muy elevado para
el presupuesto de los propietarios porque al año
siguiente se rebajó la tasa a cuatro pesos
aumentándose el número de faroles, con
lo que se democratizó el servicio de alumbrado.
El 24 de Julio de 1879 se quemó la fábrica
de gas, la ciudad volvió a la obscuridad más
absoluta y los vecinos sacaron nuevamente sus antiguos
faroles de esperma y de aceite. Meses después
se organizó una nueva empresa de alumbrado
y el Municipio contrató a 6 y 1/4 pesos la
tasa por farol. Esta fábrica funcionó
en Avenida Olmedo y Boyacá, donde hoy está
la Cámara de Comercio.
EL ALUMBRADO ELECTRICO
En 1888 Rafael Valdés Cervantes,
propietario del ingenio Valdés, puso en funcionamiento
una pequeña planta eléctrica que proporcionó
luz al ingenio, viviendas aledañas y hasta
a la población de Milagro. En Guayaquil envidiaron
ese notorio progreso y se formó una nueva empresa
de alumbrado dirigida por el Dr. Teodoro Wolf con
el nombre de “Compañía de Alumbrado
de Gas”. La electricidad para una población
tan extensa como Guayaquil hubiera requerido de inmensos
capitales por eso nos contentábamos solamente
con el gas.
En 1896 Manuel de Jesús Alvarado Cueva, pudiente
y emprendedor capitalista lojano, inauguró
la primera planta de alumbrado eléctrico en
nuestro puerto y para evitar todo tipo de competencia
con el gas, proporciona servicio en los linderos urbanos
calles Pebres Cordero, Manabí, etc. Años
después se asoció con Ulpiano Bejarano
Aguirre y formaron la empresa “Alvarado y Bejarano”
que en 1905 vendió la concesión a la
“Empresa de luz y fuerza eléctrica”,
posteriormente transformada en “Empresa Eléctrica
del Ecuador Inc.” (E.M.E.L.E.C) nombre con el
que actualmente sigue funcionando. El alumbrado de
gas terminó en Guayaquil hacia 1920 y en los
últimos tiempo ya no se producía a base
de hulla sino con petróleo de Santa Elena extraído
de las minas de la familia Viggiani.
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