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TEOCRACIA
O DEMONOCRACIA
De todos los escritos de la época
ninguno tan virulento como el titulado «Teocracia
o Demonocracia» que hace circular desde Colombia
el doctor Schumacher. En este opúsculo el prelado
alemán indica que existen dos formas de gobierno
antagónicas, la una viene de Dios y es la Teocracia,
porque el Gobierno está dirigido por Obispos,
sacerdotes y elemento católico y conservador,
en cambio la otra es obra del demonio y se llama Demonocracia
o Liberalismo.
No hay término medio, o Dios o el Diablo. «No
se puede servir a dos señores» y en la
«Sociedad Civil Cristiana» que Schumacher
estableció en Mananbí desde 1884 hasta
1895 puso en práctica este axioma; la democracia
liberal fue perseguida aún fuera de los límites
provinciales, violándose hasta el secreto de
confesión con tal que el gobierno teocrático
permaneciera fuerte y activo. Por algo expresó
el Presidente Plácido Caamaño lo siguiente:
«En Manabí no necesito soldados porque
tengo al Obispo», queriendo indicar que el doctor
Schumacher, por su celo y diligencia para administrar
y gobernar la Provincia, hacía valer su autoridad
imponiendo orden por sobre los funcionarios públicos,
tan exitosamente, que había acabado con toda
oposición.
LA PASTORAL ACLARATORIA
AVIVA LOS ANIMOS
El 19 de junio González Suárez,
habiendo regresado de Quito, publicó una Pastoral
dirigida a los fíeles de su Diócesis
en la que defiende el derecho que tiene como Obispo
a indicarles lo más conveniente. De esto se
aprovecha el Obispo de Pasto, fray Ezequiel Moreno
Arias, para comentar a su antojo las opiniones de
nuestro compatriota y ridiculizarlo.
Tomemos al acaso el gracioso episodio de los santos
capuchinos pintados al óleo en el convento
que esta Congregación tiene en Pasto.
SAN LORENZO Y SAN FIDEL
Desde años atrás los
capuchinos que regentaban el Colegio «Bolívar»
de Tulcán abandonaron el territorio nacional
con destino a Pasto llamados por Fray Ezequiel, que
quiere mejorar la educación en su Diócesis.
González Suárez lo sabe y arremete contra
los capuchinos, acusándolos de políticos
y revoltosos:
«Locura muy grande es echar mano de la espada
para defender el Evangelio»...
Ilustra la frase con el recuento que los santos Capuchinos
más queridos en la orden: San Lorenzo de Brindis
y San Fidel de Sigmaringe, ambos militares en perenne
lucha contra los infieles. En un óleo están
pintados los ejércitos austríaco y turco
en reñida lid y al medio San Lorenzo de Brindis,
con hábito religioso y espada en mano, arrojando
fuego por los ojos, ataca a los herejes y los destruye.
En el otro aparece San Fidel de Sigmaringe en los
cielos, igualmente disgustado, cae sobre los protestantes
alemanes que meses antes le han quitado la vida y
que ahora luchan contra las fuerzas del Archiduque
de Austria en afán de extender la reforma a
esas regiones europeas.
Pues bien, Fray Ezequiel se hace fuerte en ambos cuadros
y da duro a González Suárez en otro
opúsculo titulado: «Con Dios, por la
religión y la Patria». El prelado de
Ibarra contesta que junto a San Lorenzo y a San Fidel,
pintarán en el futuro a los Obispos Doctores
Moreno y Schumacher, pero no con espadas, sino con
fusiles, porque los tiempos han cambiado.
Schumacher declara que será feliz si muere
luchando por la religión; González Suárez
contesta con una pregunta:
«¿Será mártir el que muere
en guerra a todas luces injusta?»
Respondiéndose a continuación que «la
ignorancia es el flagelo más fuerte de los
fieles ecuatorianos ».
Por último unos anónimos sujetos imprimen
una carta en la que lo acusan de amargado contra la
religión, a pesar de ser Obispo, por cuanto
desde joven siempre fue causa de escándalo,
indicando que el primero ocurrió en 1875 en
la Oración Fúnebre de Homenaje a García
Moreno, que pronuncia en Cuenca por mandato del Obispo
doctor Remigio Estevez de Toral.
NO FUI DE SU PARTIDO
Efectivamente, esa rara intervención
pública de González Suárez ocurrió
el 21 de Agosto de 1875 cuando toma la palabra y cuenta
que: «Un día comparece delante de David
un hombre amalecita de raza y le refiere haber dado
muerte a Saúl. ¿Cómo, siendo
extranjero, te has atrevido a matar al ungido del
señor? Dícele el rey y ordena darle
muerte ».
Luego prosigue indicando que «Un crimen, debe
ser reprobado por todo hombre de conciencia recta.
He aquí por qué la muerte sangrienta
y atroz con que se ha sacrificado al ilustre presidente-
se refiere a García Moreno- llena de horror
a todos los ecuatorianos, tanto amigos como adversarios
políticos del difunto y dando al olvido todo
otro recuerdo, ha condenado la República a
la execración, a los autores del crimen».
Aquí se nota una comparación entre el
amalecita y Rayo, ambos extranjeros y una leve alabanza
al tirano que podría ser tomada como reproche
a su desaforada ambición presidencial. Hay
dos frases muy significativas. 1) «adversarios
políticos» (que los tenía muchos
porque la mayoría nacional no pudo jamás
disculparle la traición constitucionalista
de García Moreno en 1869, cuando derrocó
a Javier Espinosa sin motivo alguno), y 2) «Dando
al olvido todo otro recuerdo» (clara mención
de los malos pasos del sangriento dictador contra
sus víctimas: Borja, Maldonado, Viola, los
29 de Jambelí, Ayarza, Ycaza y Wright no han
sido olvidados y siguen en la conciencia de un ecuatoriano
de la talla intelectual de González Suárez).
El resto de la Oración Fúnebre también
es importante y revela la sana crítica del
historiador. Dice ... «tuvo defectos notables...
no fui de su partido, como es notorio ... cometió
faltas políticas pero estamos muy cerca de
él para juzgarlo»...
ALGUNAS ANECDOTAS AL
RESPECTO
Cuentan que en una ocasión
que González Suárez intervino en un
certamen filosófico, por ciertos conceptos
un poco duro para España, que lanzó
despreocupadamente, es reprendido por el superior
de la Comunidad de los Jesuitas, que lo hace a instancias
de García Moreno, como fiel ejecutor de todos
sus gustos. De allí el distanciamiento entre
ambos personajes. Poco después González
Suárez salió de la orden y solicitó
a los Obispos de Ibarra y Quito que lo admitieran
en sus Diócesis, sin conseguirlo; pues nada
se movía contra la voluntad del presidente.
Solo el doctor Estévez de Toral, en Cuenca,
le tendió las manos y lo llamó, salvando
la carrera eclesiástica del joven seminarista.
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