TOMO
III |
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DISCUSIONES
DE DOS OBISPOS
En 1900 los conservadores derrotaron
a los liberales en Colombia y tomaron el poder. El
Obispo de Portoviejo doctor Pedro Schumacher permanecía
exilado en Pasto, pequeña población
fronteriza ubicada a pocos kilómetros de Tulcán,
sin atreverse a regresar a territorio ecuatoriano;
pero, siempre activo y decidido, aprovechó
la feliz oportunidad que se le presenta para formar
tres batallones de línea que puso bajo el mando
de los Coroneles Rosendo Rodríguez, Fidel Arturo
y Leonidas Fajardo. Con ellos esperaba entrar triunfante
en Quito, como había ofrecido a las congregaciones
que lo apoyaban y a las beatas que lo mantenían.
(Estaba en su derecho).
El pequeño ejército abrió operaciones
con el auxilio de 80 civiles enrolados en la población
de Samaniego, a donde se ha trasladado el doctor Schumacher
con un contingente de guerrilleros conservadores presididos
por el doctor Aparicio Rivadeneira Ponce, el General
José María Sarasti, los doctores Camilo
Daste y Alejandro Ponce Elizalde y los Coroneles Alejandro
Zavala, Julio del Hierro y Antonio Grijalva. Atacan
el 22 de mayo a Tulcán y son repelidos por
fuerzas regulares del ejército ecuatoriano
que les infligen una severa derrota. Todos huyen y
repasan la línea divisoria dejando heridos,
prisioneros, vituallas y pertrechos en poder de los
defensores de la ciudad.
El más afectado es el doctor Schumacher que
vio perdida la cruzada que iniciara con tan buenos
auspicios; mas no seré la ultima vez que intentara
derrocar al gobierno. Por lo pronto cree prudente
cambiar de táctica y se lanza contra el doctor
Federico González Suarez, Obispo de la Diócesis
de Ibarra, a quien considera su enemigo personal desde
1888. Por otra parte nadie ignora que entre ambos
existe una antigua rivalidad, fruto de las ideas que
profesan: Gonzalez Suarez es moderado y Schumacher
intransigente, un «Torquemada en pastilla»,
como le gritaban sus muchos enemigos.
LA CARTA AL VICARIO
GENERAL
I como dicen que a la ocasión
la pintan calva, nueve días después
el doctor Schumacher leyó una carta que acababa
de dirigir González Suárez al Vicario
General de la Diócesis de Ibarra doctor Alejandro
Pasquel, con motivo del viaje que realizó a
Quito para tomar la palabra en los solemnes funerales
del Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José
de Sucre, cuyos restos mortales acababan de ser trasladados
de la Iglesia del Carmen Moderno a la Catedral.
La misiva se publicó en casi todos los diarios
del Ecuador porque contiene numerosas i¡deas
que son calificadas de «peligrosamente de tergiversaciones
de la verdad». En su parte principal dice:
«Nuestros sacerdotes se han de mantener muy
por encima de todo partido político -Cooperar
de un modo u otro a la invasión colombiana
sería un crímen de esa Patria y nosotros
los eclesiásticos no debemos sacrificar la
Patria por la Religión ...»
COMENTARIOS EN PRO
Y EN CONTRA
Los conservadores que andan con el
rabo entre las piernas huyendo por los montes y escondiéndose
de las pesquisas del ejército, dejan oír
sus voces de protesta contra González Suárez.
tildándolo de «obispo traidor y masón,
vendido a Alfaro por treinta monedas». Los liberales,
en cambio baten palmas y lo aplauden estruendosamente
cuando sube al pulpito de la Catedral de Quito y habla
de Sucre, pasando a otros tópicos de actualidad.
El 5 de Junio y al conmemorarse en la República
un aniversario más de la revolución
liberal de Guayaquil, el diario «El Radical»
de Ibarra imprime la «Carta» con otros
escritos de González Suárez. En nuestro
puerto «El Patriota» comenta que tan ilustrado
Obispo no puede ser otra cosa que liberal-radical.
González Suárez se ve obligado a indicar
que por su condición de prelado católico
no esta afiliado a ningún partido político.
En Lima el Obispo de Loja, doctor José María
Massiá y Vidiela, español de nacimiento
e intransigente como pocos, grita que González
Suárez es abogado de Alfaro, que la sotana
de jesuita le quedó estrecha con su desmedida
ambición y que por eso la lanzó fuera
en 1870 y que había llegado -colmo de colmos-
a aceptar una invitación a almorzar en el palacio
presidencial con el presidente masón.
Massiá tiene 84 años de edad y vive
en el Perú por causas políticas. No
es la primera vez que esto le ocurre, tuvo una experiencia
previa ccon Veintemilla en 1876; pero no la ha tomado
en cuenta y a pesar de sus años sigue siendo
el mismo ser impetuoso de sus mocedades.
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