TOMO
III |
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DELFIN
DE LAS PEÑAS
Pues sí, cada vez que pienso
en los guayaquileños de antaño me viene
a la memoria mi tío Víctor Manuel Rendón
Pérez, simpático y elegante señor
de luengas barbas que en su casa a todos atendía
prodigando cortesía. Era un verdadero diplomático
y por qué no decirlo un «caso»
en la urbe, allá por los años 30 y 40
cuando esto aún olía a campo, los muelles
tenían cacao y nuestros padres y abuelos usaban
tostada.
Monsieur Rendón tuvo sus cosas raras que a
todos intrigaba.
SE FUE COMO VINO
Como vino al mundo quiso irse, ordenando
a los familiares que respeten su última voluntad
expresada en verso:
Cuando vine a la tierra nada traje
nada tampoco, de los galardones
obtenidos en premio a mis acciones
he de llevarme en el supremo viaje.
No iré, de los gusanos al ultraje,
con el bordado frac de áureos galones
ostentado en patrióticas funciones;
será el sudario mi último ropaje.
Por lo que el día de su fallecimiento ocurrido
el 9 de octubre de 1940, fue enterrado totalmente
cubierto de rosas espléndidas pero sin ropa
alguna y así marchó al cementerio quien
en vida vistiera tan fino y elegante.
SUS PADRES Y ALLEGADOS
Nació en Guayaquil el 5 de
Diciembre de 1850, hijo legítimo de Manuel
Eusebio Rendón y Treviño, hombre adusto
de quien decían que jamás mintió
y era cierto, y de Delfina Pérez Antepara,
espíritu selecto y artista por naturaleza que
sin jamás haber tenido maestros especializados,
un buen día en que su marido estaba en Balzar,
entretenido en la cosecha de cacao de las haciendas,
movida mas por curiosidad que por otra idea, tomó
pinceles y logró maravillosos óleos,
presentados en la Exposición Universal de París
en 1900, conquistando una Medalla de Oro en reñida
lid con destacados artistas de Europa.
De ella se cuenta que viajó a Francia en 1872
huyendo de la epidemia que en una sola noche le arrebató
a dos de sus hijos: Eduardo y María, que estaban
graves. Meses después perdió un tercero;
Juan, por igual motivo. Esto ya colmó su dolor,
se trataba de su regalón, el consentido de
todos, y muy tristemente lió bártulos
y emigró dejando el trópico mortal y
pestilente.
En la ciudad Luz Doña Delfina pintó
a sus anchas lo que vio, la pequeña vendedora
de naranjas a la puerta del Parque Monseau, mujer
y niño caminando en la nieve, el retrato de
su hijo cuando estudiaba medicina, etc. , todo tema
es bueno para la fértil paleta de esta gran
guayaquileña, única en su género;
sólo que en aquellos ías no se estila
que las mujeres salgan de sus obligaciones y ella
fue fiel a la tradición y sacrificó
el arte al hogar.
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