TOMO III
 
 
 TOMO I
TOMO II
TOMO IV
     


..............................................................................................................................................................................................................

COMADRONAS O COMADREJAS
Cuando les llegaba la hora a las parturientas de hace un siglo se mandaba a ver a la comadrona o comadreja, que de ambas maneras se las conocía, o si se vivía en el campo, simplemente a la mujer más vieja y experimentada de los contornos, para que atienda y asista. Entonces comenzaban los ajetreos de casa adentro, acostando a la futura mamá en una cama grande y preferentemente de dos plazas y con toldo, mientras se hervía el agua a utilizarse durante el parto.

Llegada la comadrona tanteaba (excusarán el término antiguo que se presta a confusiones por cuanto ahora se usa para ver si las gallinas tienen huevo) y si lo creía conveniente hacía que una ayudante se siente sobre la barriga de la paciente y la ayudara a pujar a base de empellones y zafacocas que para qué les cuento. Así se daba a luz antaño, sin muchos remilgos, como quien dice, a puro pulso.

Pero a veces las cosas no eran tan fáciles y entraba la experimentada comadreja en su mejor campo, acomodar a la criatura dentro del vientre para ayudarla a salir, y lo hacía con dos o tres rápidos movimientos y nada más. En otras ocasiones había que utilizar la fuerza, para ello inventó unas pinzas ginecológicas el Dr. Francisco Martínez Aguirre recién graduado de médico en la Universidad de Pensilvania, que fueron de mucha ayuda en su tiempo. Al respecto se contaba como chiste que la esposa de un conocido político tenía mal colocado el bebé y al saberlo el marido, protestó airadamente diciendo que ninguno en su familia estaba mal colocado, todos gozaban de buenos cargos públicos.

Si el niño nacía azulado o muy débil cualquiera le administraba "las aguas del socorro", una especie de prebautismo que servía para que el niñito se vaya directamente al cielo y no al limbo, lugar frío y obscuro donde paran los moros y dan vueltas sin ton ni son. Si por el contrario era gordo y rozagante, lo lavaban, aceitaban y cortaban el ombligo con tijeras, cuchillo o con los dientes, luego venía la envoltura y faja y así amarrado lo presentaban a la madre, que inmediatamente lo ponía a su lado sin preocuparse por los microbios que pudiera haber, que entonces ni se conocían.

En algunas ocasiones había que coger puntos cuando se producían desgarres externos, que los internos eran solemnemente ignorados con desastrosas consecuencias, pues las madres quedaban condenadas a sufrir molestias a veces mortales.

Cuando se inventó la anestesia muchos teólogos opinaron que no debía administrarse a las madres porque iba contra el precepto bíblico de "Parirás con dolor", pero la reina Victoria dio al traste con tan arrevesada teoría durante su último parto, reclamando con insistencia que la duerman para la cortada y cosida. Este hecho se hizo público y causó gran conmoción en la Inglaterra de 1850.

Mientras tanto madre e hijo, a los que dejamos acostados, dormían a pierna suelta después del parto. Horas después la madre era atendida con caldo de gallina con presa, porque se reputaba que la carne blanca era menos dañina que la roja y los líquidos que los sólidos. Y así seguía por cuarenta días, siempre en su cama de toldo, con las ventanas del cuarto entreabiertas para evitar una pulmonía.

Esta cuarentena de antes tenía por finalidad evitar las infecciones y hemorragias que podían sobrevenir durante la convalecencia, pero se daba el caso de solemnes matronas que salían de la cuarentena nuevamente embarazadas y borra y va de nuevo.

Al siguiente día del parto se colocaba una tijera abierta en cruz debajo de la cama, para evitar los entuertos o dolores del útero cuando comenzaba a recogerse y que se aminoraban con tan absurdo pero efectivo método. Para aumentar la cantidad de leche del seno, cada media hora traían a la madre un vaso de colada de harina, que bien podía ser de plátano como de cebada, de morocho como de arroz, hervida en agua, en jugos de frutas o en leche y canela. Si aún con estos tratamientos la madre no producía suficiente leche había que llamar una nodriza de preferencia serrana o negra, que siempre fueron más gordas que las costeñas.

Esta costumbre podía ser perjudicial como sucedió cuando una nodriza amamantó estando enferma de lepra y sin saberlo contagió a la criatura, que comenzó a padecer las primeras manifestaciones del mal de Hansen a los 12 años.

Aquí viene al cuento un remedio antiguo practicado en América y Europa por varios siglos. Resulta que a los enfermos de úlcera estomacal le recetaban dieta blanda de purecitos sin condimentar y leche materna que la debían tomar directamente como si fueran niños de pecho. Durante las fiestas celebradas de Madrid por el matrimonio de la hija de Felipe IV de España, llamada María Teresa de Austria, con el heredero al trono de Francia, futuro Luis XIV, los cortesanos franceses se hacían lenguas por ver el espectáculo del ulceroso rey español tomando su alimento materno, pero Felipe IV no dio ese escándalo y tuvo que romper su dieta, sirviéndose los platos del menú como si tal cosa, aunque después sufrió una recaída.

Para purificar los pañales de tela de algodón era costumbre lavarlos con agua y jabón negro y luego, dejarlos remojando en agua de alhucema, que por su olor se hizo símbolo de la maternidad. Donde olía a alhucema fijo que había niño pequeño o recién nacido.

EMBARAZOS ANTICIPADOS Y OTROS NO LLEGADOS
El Conquistador español arribó a América buscando oro pero cuando lo encontró y tuvo, se quedó en estas tierras por el sexo y es que venían de Andalucía y Extremadura donde aún las mujeres se cubrían de la cabeza a los pies con largas túnicas y a la usanza árabe, mientras que en el nuevo continente la costumbre más arraigada era andar en cueros. Imagínense la impresión que se llevarían los barbudos antepasados nuestros al toparse con las indias; tamaño cambio.

En uno de los viajes de regreso de Colón subieron a una de ellas, que cubría sus vergüenzas con una ligera cadenita puesta sobre la cadera y esto solo por elegancia y no por frío. Así las cosas, el Almirante cometió el error de dejarla subir por las mañanas a cubierta, para que se asolee la pobrecita y los marineros al principio no dijeron nada porque iban ahítos de experiencias sexuales, pero a los pocos días de travesía comenzaron a silvarla y a lanzarle ciertas imprecaciones obscenas que terminaron por convertirla de inocente salvaje en avispada civilizada, con el resultado de que al llegara tierra después de una travesía de más de dos meses, estaba misteriosamente encinta y no hubo cómo presentarla en la corte. ¡Gran fiasco!.

Pero no se crea que estos chascos sucedieron únicamente en América pues también los hubo en Europa. La historia del reino de Castilla cuenta cómo uno de sus reyes nombró una embajada ante la Corte del gran Kan, para ver si podía abrir las rutas comerciales de tan lejanas regiones. Los elegidos montaron, se fueron y demoraron casi tres años en regresar con tres princesas que el gran Kan enviaba de regalo al rey de Castilla y que había tomado prisioneras en alguna de sus correrías por los Balcanes. Una de ellas se llamaba Angelina de Grecia y parece que era la más guapa, pero "vino empreñada" por el Mariscal Suero de Sotomayor y Mendoza, quien fue condenado inmediatamente a perder la cabeza ante el verdugo, pero la doña Angelina intercedió por él y hasta logró salvarlo, casándose la princesa y el Mariscal en Valladolid y sirviendo de padrino el mismo Rey, que parece que era excelente persona y todos fueron felices.

En no sé qué libro de aventuras reales leí que habiendo llegado un Obispo por Guaranda, de paso a Quito, pidió al Párroco que le permitiera casar a la pareja que le correspondía hacerlo ese domingo; pues entonces era costumbre lanzar las proclamadas matrimoniales en la misa de un domingo, para ver si alguien se oponía y luego casar al siguiente. El Párroco no tuvo inconveniente pero olvidó que la novia estaba esperando y cuando se presentó a la Iglesia en medio de notable concurrencia, congregada no por ella sino por el arribo del prelado, se levantó gran revuelo y huelgan los comentarios que el asunto es de fácil explicación. El Monseñor parece que comprendiendo la debilidad humana, administró el sacramento matrimonial ahorrando ciertas partes del sermón que sabiamente juzgó innecesarias.

Voy a referir casos contrarios. Vivían en Guayaquil dos jovencitas guapas hijas naturales de sus padres que eran concubinos inveterados, ya nadie recordaba cuantos años, pero solteros entre sí. Las jovencitas tenían un par de enamorados muy serios y circunspectos, jóvenes de sociedad, que las querían pero no podían aceptar la situación familiar de ellas, así es que un día el más vivo decidió invitar a todos a su hacienda porque iba a matar un chancho. El día de la farra se comió y bebió en abundancia y al llegar la hora de los brindis se hacían los cariñosos para beber con los padres de las novias, hasta que consiguieron ajumarlos y entonces salió de la arboleda un cura invitado con mala intención, porque salió con los atuendos propios del ceremonial del matrimonio y en menos de lo que demora en persignarse un cura ñato, casó a las dos parejas de novios y de yapa a los viejos, haciéndoles firmar la respectiva acta para que no se lleguen a arrepentir al día siguiente. Dicen que los viejos ni se daban cuenta de lo que hacían y que hasta rechazaron la luna de miel, que no estaban para esos ajetreos, mientras que los noviecitos fugaban del lugar, alegres y gozosos de haber normalizado un asunto de honor que bien lo merecía.

En otra ocasión resultó que una parejita victoriana llevaba más de 25 años de amores al pie de la ventana sin que nada hubiera ocurrido entre ellos durante tan largo tiempo. Ya el vecindario estaba cansado del parloteo inocuo y de las repetidas serenatas criollas, que ni les hacían caso. Ella tenía casi 50 años y él no más de 60 y seguían haciendo el papel de tortolitos. ¡Qué te cojo, que te cojo! decíale él a ella, aunque había reja de hierro de por medio y la muy tontita se asustaba para seguirle la cuerda. Y en eso entró en gravedad la mamacita del novio y lo llamó a su lado, pidiéndole que contrajera nupcias para morir tranquila, que no deseaba dejarlo solterón por el mundo y frente a la cama de la moribunda se situaron los novios y vino el cura, los casó y la señora murió en paz. Este raro matrimonio in extremis de la madrina, se repitió hace pocos años en Guayaquil y fue la comidilla de todo el mundo, por exótico y aguacatesco.

Pino Roca cuenta en una de sus tradiciones que vivía en Guayaquil una señorita soltera y ya vieja que había estado a punto de casarse con un joven extranjero al que amaba mucho y que habiéndose anunciado la boda una noche la visitó el novio para despedirse de ella para siempre, porque antes no había tenido el valor de confesarle que por alguna maldad de la suerte, había nacido sin eso que se requiere en el matrimonio y dicen que hasta se mostró delante de ella para que no lo creyera mentiroso. La pobrecita le lloró mucho y dijo que aún así lo aceptaba porque lo quería bien, pero él no transigió y se fue a embarcar para nunca volver. Y pasaron los años, ella le guardó el recuerdo y hasta despreció a numerosos pretendientes, que era bella, culta y rica y de alguna manera le siguió la pista porque en cierta ocasión que una sobrina le preguntó imprudentemente si sabía de él, fue contestada que sí, que sabía que vivía en Londres y lo seguía amando como el primer día que lo conoció. ¿Amor a primera vista? ¡Amor extraño y puro!.