..............................................................................................................................................................................................................
|
COMADRONAS
O COMADREJAS
Cuando les llegaba la hora a las parturientas
de hace un siglo se mandaba a ver a la comadrona o
comadreja, que de ambas maneras se las conocía,
o si se vivía en el campo, simplemente a la
mujer más vieja y experimentada de los contornos,
para que atienda y asista. Entonces comenzaban los
ajetreos de casa adentro, acostando a la futura mamá
en una cama grande y preferentemente de dos plazas
y con toldo, mientras se hervía el agua a utilizarse
durante el parto.
Llegada la comadrona tanteaba (excusarán el
término antiguo que se presta a confusiones
por cuanto ahora se usa para ver si las gallinas tienen
huevo) y si lo creía conveniente hacía
que una ayudante se siente sobre la barriga de la
paciente y la ayudara a pujar a base de empellones
y zafacocas que para qué les cuento. Así
se daba a luz antaño, sin muchos remilgos,
como quien dice, a puro pulso.
Pero a veces las cosas no eran tan fáciles
y entraba la experimentada comadreja en su mejor campo,
acomodar a la criatura dentro del vientre para ayudarla
a salir, y lo hacía con dos o tres rápidos
movimientos y nada más. En otras ocasiones
había que utilizar la fuerza, para ello inventó
unas pinzas ginecológicas el Dr. Francisco
Martínez Aguirre recién graduado de
médico en la Universidad de Pensilvania, que
fueron de mucha ayuda en su tiempo. Al respecto se
contaba como chiste que la esposa de un conocido político
tenía mal colocado el bebé y al saberlo
el marido, protestó airadamente diciendo que
ninguno en su familia estaba mal colocado, todos gozaban
de buenos cargos públicos.
Si el niño nacía azulado o muy débil
cualquiera le administraba "las aguas del socorro",
una especie de prebautismo que servía para
que el niñito se vaya directamente al cielo
y no al limbo, lugar frío y obscuro donde paran
los moros y dan vueltas sin ton ni son. Si por el
contrario era gordo y rozagante, lo lavaban, aceitaban
y cortaban el ombligo con tijeras, cuchillo o con
los dientes, luego venía la envoltura y faja
y así amarrado lo presentaban a la madre, que
inmediatamente lo ponía a su lado sin preocuparse
por los microbios que pudiera haber, que entonces
ni se conocían.
En algunas ocasiones había que coger puntos
cuando se producían desgarres externos, que
los internos eran solemnemente ignorados con desastrosas
consecuencias, pues las madres quedaban condenadas
a sufrir molestias a veces mortales.
Cuando se inventó la anestesia muchos teólogos
opinaron que no debía administrarse a las madres
porque iba contra el precepto bíblico de "Parirás
con dolor", pero la reina Victoria dio al traste
con tan arrevesada teoría durante su último
parto, reclamando con insistencia que la duerman para
la cortada y cosida. Este hecho se hizo público
y causó gran conmoción en la Inglaterra
de 1850.
Mientras tanto madre e hijo, a los que dejamos acostados,
dormían a pierna suelta después del
parto. Horas después la madre era atendida
con caldo de gallina con presa, porque se reputaba
que la carne blanca era menos dañina que la
roja y los líquidos que los sólidos.
Y así seguía por cuarenta días,
siempre en su cama de toldo, con las ventanas del
cuarto entreabiertas para evitar una pulmonía.
Esta cuarentena de antes tenía por finalidad
evitar las infecciones y hemorragias que podían
sobrevenir durante la convalecencia, pero se daba
el caso de solemnes matronas que salían de
la cuarentena nuevamente embarazadas y borra y va
de nuevo.
Al siguiente día del parto se colocaba una
tijera abierta en cruz debajo de la cama, para evitar
los entuertos o dolores del útero cuando comenzaba
a recogerse y que se aminoraban con tan absurdo pero
efectivo método. Para aumentar la cantidad
de leche del seno, cada media hora traían a
la madre un vaso de colada de harina, que bien podía
ser de plátano como de cebada, de morocho como
de arroz, hervida en agua, en jugos de frutas o en
leche y canela. Si aún con estos tratamientos
la madre no producía suficiente leche había
que llamar una nodriza de preferencia serrana o negra,
que siempre fueron más gordas que las costeñas.
Esta costumbre podía ser perjudicial como sucedió
cuando una nodriza amamantó estando enferma
de lepra y sin saberlo contagió a la criatura,
que comenzó a padecer las primeras manifestaciones
del mal de Hansen a los 12 años.
Aquí viene al cuento un remedio antiguo practicado
en América y Europa por varios siglos. Resulta
que a los enfermos de úlcera estomacal le recetaban
dieta blanda de purecitos sin condimentar y leche
materna que la debían tomar directamente como
si fueran niños de pecho. Durante las fiestas
celebradas de Madrid por el matrimonio de la hija
de Felipe IV de España, llamada María
Teresa de Austria, con el heredero al trono de Francia,
futuro Luis XIV, los cortesanos franceses se hacían
lenguas por ver el espectáculo del ulceroso
rey español tomando su alimento materno, pero
Felipe IV no dio ese escándalo y tuvo que romper
su dieta, sirviéndose los platos del menú
como si tal cosa, aunque después sufrió
una recaída.
Para purificar los pañales de tela de algodón
era costumbre lavarlos con agua y jabón negro
y luego, dejarlos remojando en agua de alhucema, que
por su olor se hizo símbolo de la maternidad.
Donde olía a alhucema fijo que había
niño pequeño o recién nacido.
EMBARAZOS ANTICIPADOS
Y OTROS NO LLEGADOS
El Conquistador español arribó
a América buscando oro pero cuando lo encontró
y tuvo, se quedó en estas tierras por el sexo
y es que venían de Andalucía y Extremadura
donde aún las mujeres se cubrían de
la cabeza a los pies con largas túnicas y a
la usanza árabe, mientras que en el nuevo continente
la costumbre más arraigada era andar en cueros.
Imagínense la impresión que se llevarían
los barbudos antepasados nuestros al toparse con las
indias; tamaño cambio.
En uno de los viajes de regreso de Colón subieron
a una de ellas, que cubría sus vergüenzas
con una ligera cadenita puesta sobre la cadera y esto
solo por elegancia y no por frío. Así
las cosas, el Almirante cometió el error de
dejarla subir por las mañanas a cubierta, para
que se asolee la pobrecita y los marineros al principio
no dijeron nada porque iban ahítos de experiencias
sexuales, pero a los pocos días de travesía
comenzaron a silvarla y a lanzarle ciertas imprecaciones
obscenas que terminaron por convertirla de inocente
salvaje en avispada civilizada, con el resultado de
que al llegara tierra después de una travesía
de más de dos meses, estaba misteriosamente
encinta y no hubo cómo presentarla en la corte.
¡Gran fiasco!.
Pero no se crea que estos chascos sucedieron únicamente
en América pues también los hubo en
Europa. La historia del reino de Castilla cuenta cómo
uno de sus reyes nombró una embajada ante la
Corte del gran Kan, para ver si podía abrir
las rutas comerciales de tan lejanas regiones. Los
elegidos montaron, se fueron y demoraron casi tres
años en regresar con tres princesas que el
gran Kan enviaba de regalo al rey de Castilla y que
había tomado prisioneras en alguna de sus correrías
por los Balcanes. Una de ellas se llamaba Angelina
de Grecia y parece que era la más guapa, pero
"vino empreñada" por el Mariscal
Suero de Sotomayor y Mendoza, quien fue condenado
inmediatamente a perder la cabeza ante el verdugo,
pero la doña Angelina intercedió por
él y hasta logró salvarlo, casándose
la princesa y el Mariscal en Valladolid y sirviendo
de padrino el mismo Rey, que parece que era excelente
persona y todos fueron felices.
En no sé qué libro de aventuras reales
leí que habiendo llegado un Obispo por Guaranda,
de paso a Quito, pidió al Párroco que
le permitiera casar a la pareja que le correspondía
hacerlo ese domingo; pues entonces era costumbre lanzar
las proclamadas matrimoniales en la misa de un domingo,
para ver si alguien se oponía y luego casar
al siguiente. El Párroco no tuvo inconveniente
pero olvidó que la novia estaba esperando y
cuando se presentó a la Iglesia en medio de
notable concurrencia, congregada no por ella sino
por el arribo del prelado, se levantó gran
revuelo y huelgan los comentarios que el asunto es
de fácil explicación. El Monseñor
parece que comprendiendo la debilidad humana, administró
el sacramento matrimonial ahorrando ciertas partes
del sermón que sabiamente juzgó innecesarias.
Voy a referir casos contrarios. Vivían en Guayaquil
dos jovencitas guapas hijas naturales de sus padres
que eran concubinos inveterados, ya nadie recordaba
cuantos años, pero solteros entre sí.
Las jovencitas tenían un par de enamorados
muy serios y circunspectos, jóvenes de sociedad,
que las querían pero no podían aceptar
la situación familiar de ellas, así
es que un día el más vivo decidió
invitar a todos a su hacienda porque iba a matar un
chancho. El día de la farra se comió
y bebió en abundancia y al llegar la hora de
los brindis se hacían los cariñosos
para beber con los padres de las novias, hasta que
consiguieron ajumarlos y entonces salió de
la arboleda un cura invitado con mala intención,
porque salió con los atuendos propios del ceremonial
del matrimonio y en menos de lo que demora en persignarse
un cura ñato, casó a las dos parejas
de novios y de yapa a los viejos, haciéndoles
firmar la respectiva acta para que no se lleguen a
arrepentir al día siguiente. Dicen que los
viejos ni se daban cuenta de lo que hacían
y que hasta rechazaron la luna de miel, que no estaban
para esos ajetreos, mientras que los noviecitos fugaban
del lugar, alegres y gozosos de haber normalizado
un asunto de honor que bien lo merecía.
En otra ocasión resultó que una parejita
victoriana llevaba más de 25 años de
amores al pie de la ventana sin que nada hubiera ocurrido
entre ellos durante tan largo tiempo. Ya el vecindario
estaba cansado del parloteo inocuo y de las repetidas
serenatas criollas, que ni les hacían caso.
Ella tenía casi 50 años y él
no más de 60 y seguían haciendo el papel
de tortolitos. ¡Qué te cojo, que te cojo!
decíale él a ella, aunque había
reja de hierro de por medio y la muy tontita se asustaba
para seguirle la cuerda. Y en eso entró en
gravedad la mamacita del novio y lo llamó a
su lado, pidiéndole que contrajera nupcias
para morir tranquila, que no deseaba dejarlo solterón
por el mundo y frente a la cama de la moribunda se
situaron los novios y vino el cura, los casó
y la señora murió en paz. Este raro
matrimonio in extremis de la madrina, se repitió
hace pocos años en Guayaquil y fue la comidilla
de todo el mundo, por exótico y aguacatesco.
Pino Roca cuenta en una de sus tradiciones que vivía
en Guayaquil una señorita soltera y ya vieja
que había estado a punto de casarse con un
joven extranjero al que amaba mucho y que habiéndose
anunciado la boda una noche la visitó el novio
para despedirse de ella para siempre, porque antes
no había tenido el valor de confesarle que
por alguna maldad de la suerte, había nacido
sin eso que se requiere en el matrimonio y dicen que
hasta se mostró delante de ella para que no
lo creyera mentiroso. La pobrecita le lloró
mucho y dijo que aún así lo aceptaba
porque lo quería bien, pero él no transigió
y se fue a embarcar para nunca volver. Y pasaron los
años, ella le guardó el recuerdo y hasta
despreció a numerosos pretendientes, que era
bella, culta y rica y de alguna manera le siguió
la pista porque en cierta ocasión que una sobrina
le preguntó imprudentemente si sabía
de él, fue contestada que sí, que sabía
que vivía en Londres y lo seguía amando
como el primer día que lo conoció. ¿Amor
a primera vista? ¡Amor extraño y puro!.
|
| |
|