TOMO III
 
 
 TOMO I
TOMO II
TOMO IV
     


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CHIQUITO PERO VALIENTE
Un día llegó a las costas de Manabí y se instaló en las faldas del cerro de Montecristi un no muy joven español que salió de su patria por no avenirse con la política despótica de Fernando Vil, luego, de su viuda la reina regente Maria Cristina de Borbón.

Llámase Manuel Alfaro y había llegado a ser Capitán dentro del ejército; pero, aventurero como todos los de su raza, prefirió el mar a las sierras de su nativa «Cervera del Río Alhama» en la Provincia de Logroño. Primero estuvo en Cuba, luego en Panamá y por fin en Ecuador. Aquí se unió con una joven y en ella tuvo varios hijos. El quinto se llamó Eloy.

Papá Alfaro era molestoso y como todo español llegado a América se sentía superior. Quiere lo mejor para sus hijos y especialmente para Eloicito el preferido. Desde chico le cuenta sus aventuras en las guerras carlistas, maravillándole con el lujo de detalles con que matizaba los relatos. Tampoco olvida que la educación es lo principal en la vida y utiliza los servicios del señor Bucherel, francés que vive en Montecristi dedicado a enseñar; el primer premio que obtiene de su padre, el niño Eloy, joven aprendiz de héroe, es una «Historia de la revolución francesa» escrita por Blac, que leyó con avidez.

PRUEBA FUERZAS CON UN TIGRILLO
A los catorce años Eloy es un muchacho fortachón y aventurero. Pocas veces anda calzado ya que gusta de correr por los campos manabitas en plena libertad y sobre un garboso alazán de los muchos que tiene su padre, comerciante en sombreros de paja toquilla. Un día y en plena montaña, únicamente acompañado de un hermanito menor, es atacado por un tigrillo que traía pésimas intenciones. Rápido saca el machetillo que lleva al cinto y de un solo tajo acaba con el proyecto de fiera. No hay duda alguna, su destino será luchar siempre. Y regresó al pueblo con el cuerpo del animal.

FLORES ERA FLACO Y OREJON
En 1857, de sólo quince años de edad, su padre lo llevó al Perú en plan de negocios. Don Manuel Alfaro era hombre muy conocido. Un día, cuando ambos pasean por una calle del centro de Lima le dice: «Ese señor es el General Juan José Flores que se encuentra desterrado desde 1845, como es mi amigo te lo voy a presentar»... Mientras ambos caballeros charlaban el joven Eloy observó fijamente al ex Presidente del Ecuador.

-¡Y, Eloy! ¿Qué impresión te ha causado el General Flores? -Pues bien papá ... Me han impresionado sus grandes orejas y lo flaco que está, fue la respuesta del joven. De allí en adelante don Manuel siguió hablando del General y Eloy enmudeció. ¿En qué pensaba? Quizá en el papel que le tocaría desempeñar en el futuro, como conductor de un pueblo que había nacido a la vida independiente justamente con aquel flaco militar que acababa de ver tan demacrado y orejón. Y era Flores de contextura elástica, fibrosa, todo nervio y corazón; en síntesis, un hombre de acción.

UN GALLO TUERTO Y MATON
Años después y mayorcito y estando en pleno gobierno de García Moreno, Eloy asistió con algunos amigos a las festividades montubias de Manta del 29 de Junio, día de San Pedro y San Pablo; primero se jugó al «Presidente Negro» que consiste en disfrazar a un cristiano de negro, untándole betún en el cuerpo y haciendo que beba grandes tragos de «puro» hasta emborracharse, no faltando tampoco los suculentos bocados de comida. Al principio todo es jolgorio para el afortunado mandatario. Luego, cuando ya está beodo, se lo pasea por la población en medio de grandes ovaciones y discursos: «Viva el Presidente Negro», «Viva Su Majestad». «Otro trago para el Rey», etc.

En seguida se llega a la fase contraria, gritando a pecho lleno: «Abajo el Presidente» «Viva la Revolución», «Mueran los tiranos», y se acompañan las exclamaciones con un tremendo «zipizape» entre el bando revolucionario y el de los amigos del embriagado magistrado. La cosa pasaba a mayores porque menudean los garrotazos, patadas, mojicones, latigazos y no faltaba tampoco algún destemplado que atacaba a la multitud.

Eloy se apartaba de todo eso porque a pesar de sus escasos años es el serio de la familia y hace las veces de segundo dentro del hogar. Sus amigos lo llevan a la gallera que está repleta de apostantes. «Pago a todos» dice de entrada, y elige un gallito tuerto que está en el ruedo. Esa tarde el joven Alfaro ganó monedas a montones y regresó feliz a su casa en Montecristi, no sin antes haber sido partícipe de una pelea callejera en que menudearon los machetazos e intervino la policía, todo por el bendito juego. Don Manuel lo sabe en seguida por los sirvientes que también han concurrido a la feria ... Se pasea con los brazos en la espalda ... Está realmente contrariado y violento y muy a su pesar le grita: «Eloy, con esa plata malhabida en juego, no estés en mi casa » ¡Fuera!.

El dinero ganado es devuelto a los perdedores y tiene que ofrecer que jamás volverá a jugar en su vida. ¡Cumplió su palabra!.


GUERRILLERO A LOS 23 AÑOS
Don Manuel preparó viaje a Europa, quiere regresar a España a recordar viejos tiempos, ver parientes y saludar a las nuevas generaciones de paisanos. Eloy aprovecha la ocasión para escaparse al Perú donde se entrevistó con el General José María Urbina, exilado en aquellas tierras para no morir a manos del entonces Presidente García Moreno.

Poco después regresó a Manabí dispuesto a iniciar su larga carrera de guerrillero de la libertad. La balandra chilena en que desembarcó en Manta se llama «Inteligente del Norte», hace viajes de Paita a Tumbez y es registrada por orden del Gobernador de la Provincia, Coronel Francisco Xavier Salazar, pero como no se encontraron papeles comprometedores, no se le impidió la entrada. Dos días después del 25 de Mayo de 1864, se descubrió el hilo de la conspiración que unía a Urbina en el Perú con el General Manuel Tomás Maldonado en Quito, entonces se instauró sumario contra numerosos liberales entre los que se encontraban Alfaro y su amigo y maestro José María López Albán. Se apresó a Modesto Lucas, César Terán y Manuel Ignacio Aguilar, vigílanse los puertos y se impuso el toque de queda.

En seguida llegaron los refuerzos enviados por el General Juan José Flores desde el cuerpo de Artillería de Guayaquil. Entraron por Manta, siguieron a Montecristi y en mitad de la jornada el intrépido Alfaro los asaltó con algunos jovencitos del vecindario haciéndoles huir en desbande. Varios fusiles quedaron retenidos y todos festejaron la primera victoria de Eloy, el valiente muchacho liberal.

No hubo víctimas que lamentar; Salazar rió del descalabro de sus soldados y tranquilamente se retiró a descansar en la casa que ocupaba fuera de 1a población; mas, esa noche, como a las ocho, Alfaro le tomó prisionero y se lo llevó al sitio «El Colorado» distante dos millas de la población, después de desarmar a la guardia.

ENGAÑADO POR UN ASTUTO ABOGADO
Salazar es astuto como pocos. En 1864 contaba con cuarenta años de vida y dos títulos universitarios. Era doctor «in utroque jure» y abogado de los Tribunales de la República; además, como si esto no fuera suficiente, era Coronel del Ejército y hombre la mar de simpático. Jamás fue partidario decidido de García Moreno, aunque por esa época era su admirador y colaborador en Manabí. Años después, en 1875, estuvo comprometido en su asesinato y así lo pensaron muchos cuando a los pocos meses, en el motín contra los Salazares se lo gritaron por todas las calles de Quito, expulsándole de la población. Después militó activamente en el partido progresista y fue llamado en 1892 a intervenir en las elecciones presidenciales como candidato oficial, falleciendo de fiebre amarilla en Guayaquil, cuando todos le hacían Presidente y en su lugar terció el doctor Luis Cordero que salió electo.

Salazar sabe que juega con un pichón de revolucionario y engaña al joven Alfaro. Primero le habla mal de García Moreno, después alaba a Urbina y al liberalismo, critica a los tiranos y dice que la solución del problema es sencilla y sólo consiste en lanzar la candidatura presidencial del doctor Antonio Flores Jijón, hijo del fundador de la república que como ya se había visto gozaba de las simpatías y de la amistad del viejo Manuel Alfaro.

Salazar continúa y dice que Antoñito Flores es un joven aprovechadísimo, de la nueva ola de esos lejanos días -con esto se gana la voluntad de los jóvenes que acompañan a Eloy- , que Ecuador necesita jóvenes y no viejos gastados como Urbina, García Moreno y Juan José Flores; que él será el primero en apoyar cualquier cambio y bla,bla,bla.

Mientras tanto en Montecristi se conoce la situación creada por los muchachos liberales de Alfaro y un grupo de respetables comerciantes celosos de sus intereses económicos, deciden ir a Colorado a negociar la libertad del Gobernador. Alfaro los recibe con «el cerebro lavado» por las melifluas palabras de Salazar y almuerzan espléndidamente, Salazar goza de la situación con una socarrona sonrisa. Se está jugando una peligrosa carta y él lo sabe, pero confía en su capacidad.

Alfaro, por su parte, está algo sorprendido. Ha apresado al Gobernador del sanguinario García Moreno creyendo encontrarse con un ogro y sólo halla a un culto abogado de cuarenta años, dieciocho más que él, que le habla en un lenguaje sencillo y afable, indicando que está tan descontento del régimen como el propio Eloy que sólo desea cambios y que su candidato es nada menos que un jovencito liberal venido de Europa, hijo de un amigo de papá Manuel.

Hay, pues, entre ambos, identidad de ideas, y esto le decide a firmar un pacto el día 6 de Junio, por el que se concede la libertad al Gobernador con la condición que no tome retaliaciones personales (1). Alfaro decide viajar a Panamá donde su padre tiene muchos amigos y agentes en el comercio de sombreros. Necesita aprender más, bien lo sabe y se decide a comenzar a esa edad; se abre una nueva etapa de su vida. En Panamá seguirá siendo el mismo de siempre, generoso y bueno, «corazón de madre» y además, chiquito pero valiente.

(1) La esperada invasión de Manabí por fuerzas del General Urbina y el levantamiento de Quito por el General Maldonado no se realizan como estaba planeado. ¡La revolución ha fracasado y no por Alfaro!