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CHIQUITO
PERO VALIENTE
Un día llegó a las costas
de Manabí y se instaló en las faldas
del cerro de Montecristi un no muy joven español
que salió de su patria por no avenirse con
la política despótica de Fernando Vil,
luego, de su viuda la reina regente Maria Cristina
de Borbón.
Llámase Manuel Alfaro y había llegado
a ser Capitán dentro del ejército; pero,
aventurero como todos los de su raza, prefirió
el mar a las sierras de su nativa «Cervera del
Río Alhama» en la Provincia de Logroño.
Primero estuvo en Cuba, luego en Panamá y por
fin en Ecuador. Aquí se unió con una
joven y en ella tuvo varios hijos. El quinto se llamó
Eloy.
Papá Alfaro era molestoso y como todo español
llegado a América se sentía superior.
Quiere lo mejor para sus hijos y especialmente para
Eloicito el preferido. Desde chico le cuenta sus aventuras
en las guerras carlistas, maravillándole con
el lujo de detalles con que matizaba los relatos.
Tampoco olvida que la educación es lo principal
en la vida y utiliza los servicios del señor
Bucherel, francés que vive en Montecristi dedicado
a enseñar; el primer premio que obtiene de
su padre, el niño Eloy, joven aprendiz de héroe,
es una «Historia de la revolución francesa»
escrita por Blac, que leyó con avidez.
PRUEBA FUERZAS CON
UN TIGRILLO
A los catorce años Eloy es
un muchacho fortachón y aventurero. Pocas veces
anda calzado ya que gusta de correr por los campos
manabitas en plena libertad y sobre un garboso alazán
de los muchos que tiene su padre, comerciante en sombreros
de paja toquilla. Un día y en plena montaña,
únicamente acompañado de un hermanito
menor, es atacado por un tigrillo que traía
pésimas intenciones. Rápido saca el
machetillo que lleva al cinto y de un solo tajo acaba
con el proyecto de fiera. No hay duda alguna, su destino
será luchar siempre. Y regresó al pueblo
con el cuerpo del animal.
FLORES ERA FLACO Y
OREJON
En 1857, de sólo quince años
de edad, su padre lo llevó al Perú en
plan de negocios. Don Manuel Alfaro era hombre muy
conocido. Un día, cuando ambos pasean por una
calle del centro de Lima le dice: «Ese señor
es el General Juan José Flores que se encuentra
desterrado desde 1845, como es mi amigo te lo voy
a presentar»... Mientras ambos caballeros charlaban
el joven Eloy observó fijamente al ex Presidente
del Ecuador.
-¡Y, Eloy! ¿Qué impresión
te ha causado el General Flores? -Pues bien papá
... Me han impresionado sus grandes orejas y lo flaco
que está, fue la respuesta del joven. De allí
en adelante don Manuel siguió hablando del
General y Eloy enmudeció. ¿En qué
pensaba? Quizá en el papel que le tocaría
desempeñar en el futuro, como conductor de
un pueblo que había nacido a la vida independiente
justamente con aquel flaco militar que acababa de
ver tan demacrado y orejón. Y era Flores de
contextura elástica, fibrosa, todo nervio y
corazón; en síntesis, un hombre de acción.
UN GALLO TUERTO Y MATON
Años después y mayorcito
y estando en pleno gobierno de García Moreno,
Eloy asistió con algunos amigos a las festividades
montubias de Manta del 29 de Junio, día de
San Pedro y San Pablo; primero se jugó al «Presidente
Negro» que consiste en disfrazar a un cristiano
de negro, untándole betún en el cuerpo
y haciendo que beba grandes tragos de «puro»
hasta emborracharse, no faltando tampoco los suculentos
bocados de comida. Al principio todo es jolgorio para
el afortunado mandatario. Luego, cuando ya está
beodo, se lo pasea por la población en medio
de grandes ovaciones y discursos: «Viva el Presidente
Negro», «Viva Su Majestad». «Otro
trago para el Rey», etc.
En seguida se llega a la fase contraria, gritando
a pecho lleno: «Abajo el Presidente» «Viva
la Revolución», «Mueran los tiranos»,
y se acompañan las exclamaciones con un tremendo
«zipizape» entre el bando revolucionario
y el de los amigos del embriagado magistrado. La cosa
pasaba a mayores porque menudean los garrotazos, patadas,
mojicones, latigazos y no faltaba tampoco algún
destemplado que atacaba a la multitud.
Eloy se apartaba de todo eso porque a pesar de sus
escasos años es el serio de la familia y hace
las veces de segundo dentro del hogar. Sus amigos
lo llevan a la gallera que está repleta de
apostantes. «Pago a todos» dice de entrada,
y elige un gallito tuerto que está en el ruedo.
Esa tarde el joven Alfaro ganó monedas a montones
y regresó feliz a su casa en Montecristi, no
sin antes haber sido partícipe de una pelea
callejera en que menudearon los machetazos e intervino
la policía, todo por el bendito juego. Don
Manuel lo sabe en seguida por los sirvientes que también
han concurrido a la feria ... Se pasea con los brazos
en la espalda ... Está realmente contrariado
y violento y muy a su pesar le grita: «Eloy,
con esa plata malhabida en juego, no estés
en mi casa » ¡Fuera!.
El dinero ganado es devuelto a los perdedores y tiene
que ofrecer que jamás volverá a jugar
en su vida. ¡Cumplió su palabra!.
GUERRILLERO A LOS 23
AÑOS
Don Manuel preparó viaje a
Europa, quiere regresar a España a recordar
viejos tiempos, ver parientes y saludar a las nuevas
generaciones de paisanos. Eloy aprovecha la ocasión
para escaparse al Perú donde se entrevistó
con el General José María Urbina, exilado
en aquellas tierras para no morir a manos del entonces
Presidente García Moreno.
Poco después regresó a Manabí
dispuesto a iniciar su larga carrera de guerrillero
de la libertad. La balandra chilena en que desembarcó
en Manta se llama «Inteligente del Norte»,
hace viajes de Paita a Tumbez y es registrada por
orden del Gobernador de la Provincia, Coronel Francisco
Xavier Salazar, pero como no se encontraron papeles
comprometedores, no se le impidió la entrada.
Dos días después del 25 de Mayo de 1864,
se descubrió el hilo de la conspiración
que unía a Urbina en el Perú con el
General Manuel Tomás Maldonado en Quito, entonces
se instauró sumario contra numerosos liberales
entre los que se encontraban Alfaro y su amigo y maestro
José María López Albán.
Se apresó a Modesto Lucas, César Terán
y Manuel Ignacio Aguilar, vigílanse los puertos
y se impuso el toque de queda.
En seguida llegaron los refuerzos enviados por el
General Juan José Flores desde el cuerpo de
Artillería de Guayaquil. Entraron por Manta,
siguieron a Montecristi y en mitad de la jornada el
intrépido Alfaro los asaltó con algunos
jovencitos del vecindario haciéndoles huir
en desbande. Varios fusiles quedaron retenidos y todos
festejaron la primera victoria de Eloy, el valiente
muchacho liberal.
No hubo víctimas que lamentar; Salazar rió
del descalabro de sus soldados y tranquilamente se
retiró a descansar en la casa que ocupaba fuera
de 1a población; mas, esa noche, como a las
ocho, Alfaro le tomó prisionero y se lo llevó
al sitio «El Colorado» distante dos millas
de la población, después de desarmar
a la guardia.
ENGAÑADO POR
UN ASTUTO ABOGADO
Salazar es astuto como pocos. En
1864 contaba con cuarenta años de vida y dos
títulos universitarios. Era doctor «in
utroque jure» y abogado de los Tribunales de
la República; además, como si esto no
fuera suficiente, era Coronel del Ejército
y hombre la mar de simpático. Jamás
fue partidario decidido de García Moreno, aunque
por esa época era su admirador y colaborador
en Manabí. Años después, en 1875,
estuvo comprometido en su asesinato y así lo
pensaron muchos cuando a los pocos meses, en el motín
contra los Salazares se lo gritaron por todas las
calles de Quito, expulsándole de la población.
Después militó activamente en el partido
progresista y fue llamado en 1892 a intervenir en
las elecciones presidenciales como candidato oficial,
falleciendo de fiebre amarilla en Guayaquil, cuando
todos le hacían Presidente y en su lugar terció
el doctor Luis Cordero que salió electo.
Salazar sabe que juega con un pichón de revolucionario
y engaña al joven Alfaro. Primero le habla
mal de García Moreno, después alaba
a Urbina y al liberalismo, critica a los tiranos y
dice que la solución del problema es sencilla
y sólo consiste en lanzar la candidatura presidencial
del doctor Antonio Flores Jijón, hijo del fundador
de la república que como ya se había
visto gozaba de las simpatías y de la amistad
del viejo Manuel Alfaro.
Salazar continúa y dice que Antoñito
Flores es un joven aprovechadísimo, de la nueva
ola de esos lejanos días -con esto se gana
la voluntad de los jóvenes que acompañan
a Eloy- , que Ecuador necesita jóvenes y no
viejos gastados como Urbina, García Moreno
y Juan José Flores; que él será
el primero en apoyar cualquier cambio y bla,bla,bla.
Mientras tanto en Montecristi se conoce la situación
creada por los muchachos liberales de Alfaro y un
grupo de respetables comerciantes celosos de sus intereses
económicos, deciden ir a Colorado a negociar
la libertad del Gobernador. Alfaro los recibe con
«el cerebro lavado» por las melifluas
palabras de Salazar y almuerzan espléndidamente,
Salazar goza de la situación con una socarrona
sonrisa. Se está jugando una peligrosa carta
y él lo sabe, pero confía en su capacidad.
Alfaro, por su parte, está algo sorprendido.
Ha apresado al Gobernador del sanguinario García
Moreno creyendo encontrarse con un ogro y sólo
halla a un culto abogado de cuarenta años,
dieciocho más que él, que le habla en
un lenguaje sencillo y afable, indicando que está
tan descontento del régimen como el propio
Eloy que sólo desea cambios y que su candidato
es nada menos que un jovencito liberal venido de Europa,
hijo de un amigo de papá Manuel.
Hay, pues, entre ambos, identidad de ideas, y esto
le decide a firmar un pacto el día 6 de Junio,
por el que se concede la libertad al Gobernador con
la condición que no tome retaliaciones personales
(1). Alfaro decide viajar a Panamá donde su
padre tiene muchos amigos y agentes en el comercio
de sombreros. Necesita aprender más, bien lo
sabe y se decide a comenzar a esa edad; se abre una
nueva etapa de su vida. En Panamá seguirá
siendo el mismo de siempre, generoso y bueno, «corazón
de madre» y además, chiquito pero valiente.
(1) La esperada invasión de Manabí por
fuerzas del General Urbina y el levantamiento de Quito
por el General Maldonado no se realizan como estaba
planeado. ¡La revolución ha fracasado
y no por Alfaro!
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