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UN
CASO DE DON JUANISMO CRIOLLO
Hace cosa de 180 años vivía
en Quito un guapo mozo de no más de veinte
abriles que tenía todo lo que se puede desear
a esa edad: porte, presencia, distinción, apellidos
y dinero. Tales prendas adornaban a Mariano y por
eso mamá Gregoria Villavicencio vda. de Chiriboga,
estaba pendiente de sus deseos, para complacerlos
al instante. Era su única debilidad, aparte
de ser una viuda de severas costumbres y vida ejemplar.
Su dedicación a la crianza y educación
de los trece hijos vivos que le habían quedado
al momento de fallecer su esposo, le restaba todo
tiempo disponible para cualquier veleidad del espíritu.
Muy en alto llevaba el honor de ser hija del doctor
José Anselmo de Villavicencio y Torres, creado
I Conde del Real Agrado por sus servicios a la corona.
Y Marianito, el menor y el más bonito de la
partida, era el consentido de mamá. De chico
hacía travesuras que todos festejaban. Cuando
mancebo empezó a despuntar como muchacho zángano
y ocioso, amigo de las parrandas que no del estudio,
y al llegar a los veinte años era un problema
para la familia; Doña Gregoria le recriminaba
con cariño por los trabajos que daba. Unas
veces eran devaneos con chicas de la vecindad; otras,
las jaranas que corría con algún tunante
y no faltaba ocasión en que so pretexto de
molestar a los guardias y rondines asaltara algún
puesto de ventas de chucherías.
Por estos escándalos la severa hija del I Conde
del Real Agrado constantemente vivía rabiando
con su consentido que tan mal había educado,
como ella misma reconocía, ¡Cuánto
hubiera dado por reformarlo!.
Una vez creyó encontrar la solución
del futuro de su hijo en la carrera sacerdotal, que
era tan distinguida, pero el chico de eso no quería
ni oír. En otra ocasión pensó
en matricularle en alguna Academia Militar o hacerle
sentar plaza de Cadete voluntario, pero parecía
que tampoco por allí despuntaría. El
era un «hippie» -como actualmente lo hubieran
calificado- y en verdad lo era, por cierto, a su manera.
Una era su debilidad: el sexo opuesto, siendo su especialidad
el amor. ¡Ah condenado muchacho! Que buen gusto
tienes, nada de perder el tiempo en correrías
de patriotas y realistas. No, eso no es para tí,
que en Quito hay muchos patriotas. Que nuestro aventurero
sólo se sentía atraído por los
brazos de sus vecinas, en donde, según se rumoraba,
cometía tales hazañas, que las que contaban
del Libertador se quedaban cortas.
¡Ele, ahí va el Marianito!
¡Esconderás a las chicas que allí
viene el Marianito!
Esto se decía al verle por las empedradas calles
de Quito.
COMIENZAN LAS AVENTURAS
Morochita y atrevida era Josefita
García y Tobar, hermosa flor de los espléndidos
jardines de la Provincia de Imbabura, que vivía
en Quito con sus padres y de quien los poetas decían:
¡Dame el sí, que te pido, ramo de flores
Si quieres que te absuelvan los confesores!
El Don Juan de nuestra historia no podía ser
desaprensivo a tan bella señorita y todo fue
verla y enamorarse de ella, huyendo al día
siguiente con dirección al norte, en donde
permanecieron algún tiempo, gozando del clima.
Doña Gregoria en el colmo de su desesperación
al ver a su hijo mimado en brazos de su casi nuera
y tomando en cuenta que sus proyectos para hacer de
él un sabio doctor, un santo varón eclesiástico
o quizá un bravo militar, se alejaban como
el humo, llegó hasta el presidente de la Audiencia,
Manuel Ruiz de Urriez, Conde Ruiz de Castilla y Vizconde
de la Torre de Loreto, insistiendo en que los apresara
la policía y aduciendo su calidad de hija de
un titulado de Castilla, para no permitir que su hijo
siga con «una humilde chagrita», «indigna
de tan guapo mozo». En otras palabras, la hermosa
joven -que no era ni humilde ni indigna sino joven
e inexperta- fue considerada por su casi suegra como
«poca mantequilla para tan rico pan».
Días después regresaban los amantes
a Quito y el Presidente de la Audiencia devolvió
al menor de edad en brazos de su mamá, que
lo matriculó en el Real Convictorio de San
Fernando para que siguiera la carrera de las letras.
Así terminó el primer lance serio de
nuestro héroe, con una reprimenda, algo de
arrepentimiento y varios libros bajo el brazo.
INCURSION DENTRO DE
LA
PROPIA FAMILIA
El segundo ocurrió casi enseguida.
A los pocos meses y en una fiesta campestre, el estudiante
conoció a otra hermosísima muchacha
que, hechas las presentaciones de estilo, resultó
su prima hermana, pero por la línea chueca,
como dicen algunos viejos que todavía se sientan
en los bancos de la plaza de la Independencia, en
la capital.
Otra Pepita más, dijo Mariano, cuando se enteró
que la prima se llamaba Josefa de Villavicencio y
Vergara; sobrina carnal de la adusta y siempre vigilante
Doña Gregoria.
Se siguieron viendo y esto llegó a los oídos
de la mamá, que algo más experimentada
que la ocasión anterior, decidió cortar
por lo sano y a tiempo, suspendiendo la pensión
en dinero que le daba para sus gastos en el Real Convictorio.
¡Medida ejemplar, sano juicio! Mariano dejó
de verse con la prima y la mamá salió
triunfante. Pero como donde ha habido fuego siempre
hay calor y quedan cenizas, así ocurrió
también en esta historia porque a los pocos
días la joven fugó de su hogar y fue
a vivir en un obscuro nidito de las afueras de la
ciudad, donde se veía con su amor sólo
de noche y amparada en la impunidad que da la luna
a los enamorados. Allí vinieron al mundo dos
niños a los que pusieron por nombres: Angel
y Víctor y que con el correr de los años
fueron nobles y virtuosos ciudadanos de la Patria.
Pero si corto fue el idilio, no por esto estuvo excento
de complicaciones; porque Mariano casó en secreto
con su prima antes del nacimiento de los mellizos,
que bautizaron con la calidad de expósitos,
para ocultar las nupcias contraídas.
No se ha podido averiguar cuantos años duró
esta situación, pudiendo únicamente
certificar que en 1823, Josefa de Villavicencio, estaba
metida en líos con su cónyuge, reclamando
alimentos por el estado de abandono en que los tenía.
La felicidad había terminado, se había
disuelto el hogar y ahora todo era recriminación.
Mariano, que ya no era el jovencito de antes, una
tarde y aprovechando el descuido de su esposa y prima
hermana, entró en la casa y se raptó
a los mellizos, conduciéndoles en secreto a
una de las haciendas de Doña Gregoria, llamada
Tudenaza, en el norte de la Provincia de Pichincha.
Mientras tanto la infeliz madre lloraba desconsolada,
hasta que un santo día, como al año
de este lamentable incidente, descubrió con
gran sorpresa que su pequeño Angelito había
sido devuelto y estaba sano y salvo en su camita.
A los pocos días ocurrió lo mismo con
Victorito, que incluso llegó más gordito
que antes. ¿Qué había ocurrido?
¿Milagro, quizá? ¿Arrepentimiento?
No, nada de eso. Solamente que Mariano no tenía
paciencia para desempeñar el papel de padre
y había resuelto devolver tan pesadas cargas.
Lo que siguió es fácil relatar. Doña
Josefa compareció a los Tribunales representada
por su cuñado el doctor Moncayo, abogado de
mucho renombre, continuó el pleito de alimentos
y obtuvo la mensualidad de cuatro pesos de oro, por
sentencia ejecutoria de segunda instancia. Aquí
podemos decir:
Por tí de Dios me olvidé
Por tí la gloria perdí
y a la postre me quedé
Sin Dios, sin gloria y sin tí.
Y el doctor Moncayo terminó el asunto obteniendo
de autoridad eclesiástica competente la anulación
del vínculo por razón de minoría
de edad de los contrayentes.
NUEVA INCURSION FAMILIAR
Pocos meses después nuestro
Don Juan se enamoró locamente de una sobrina
carnal, hija de su hermana mayor: Ventura Chiriboga
Villavicencio, en su primer esposo el abogado colombiano
doctor Miguel Quijano y Valencia. De no mentir los
relatos de la época este nuevo amor estaba
bien razonado, porque la sobrina Rosita Quijano era
fresca y lozana como una rosa de Francia. Hubo el
consiguiente compromiso matrimonial mediante la celebración
del Contrato de Esponsales. Por esta época
enfermó Mariano y en el testamento que dictó
declaró a su sobrina carnal y novia, heredera
universal de sus bienes ¿Hubo matrimonio?
No lo sé, porque a raíz del testamento
ocurrieron algunos extraños acontecimientos
que alejaron a Mariano de su familia y acto continuo,
sin pérdida de tiempo, aparece casando muy
sigilosamente en una de las Parroquias de Quito con
Emilia Yepez que le llegó a sobrevivir y en
quien tuvo dos hijos llamados Mariano y Rosa Chiriboga
y Yépez ¿Nombrada así en recuerdo
a la espiritual Rosita Quijano? Averigüelo Vargas.
LA POSESION DE LOS
BIENES
En 1853 se inició en una de
las Judicaturas de Quito un ruidoso pleito por la
posesión efectiva de los bienes hereditarios
dejados por Don Mariano Chiriboga. Primero comparecieron
los hijos legítimos habidos en su tercero y
último matrimonio efectuado con Emilia Yepes,
que tuvieron que litigar contra Ángel y Víctor
Chiriboga Villavicencio a quienes negaron la calidad
de hijos del difunto por haber sido bautizados como
expósitos.
En aquel entonces las tres hermanas de Don Mariano,
monjas carmelitas, certificaron en escritura pública
que efectivamente los jóvenes Ángel
y Víctor, eran hijos legítimos, habidos
en matrimonio secreto y bautizados con la errónea
calidad de expósitos para engañar a
doña Gregoria Villavicencio y que dicho matrimonio
había sido disuelto, años después,
por autoridad eclesiástica. ¡Vaya lío!.
La herencia fue dividida en cuatro partes iguales
tocándole a la viuda los gananciales de la
sociedad conyugal. Hasta aquí mi historia.
El resto es cosa presente.
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