TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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UN CASO DE DON JUANISMO CRIOLLO
Hace cosa de 180 años vivía en Quito un guapo mozo de no más de veinte abriles que tenía todo lo que se puede desear a esa edad: porte, presencia, distinción, apellidos y dinero. Tales prendas adornaban a Mariano y por eso mamá Gregoria Villavicencio vda. de Chiriboga, estaba pendiente de sus deseos, para complacerlos al instante. Era su única debilidad, aparte de ser una viuda de severas costumbres y vida ejemplar.

Su dedicación a la crianza y educación de los trece hijos vivos que le habían quedado al momento de fallecer su esposo, le restaba todo tiempo disponible para cualquier veleidad del espíritu. Muy en alto llevaba el honor de ser hija del doctor José Anselmo de Villavicencio y Torres, creado I Conde del Real Agrado por sus servicios a la corona.

Y Marianito, el menor y el más bonito de la partida, era el consentido de mamá. De chico hacía travesuras que todos festejaban. Cuando mancebo empezó a despuntar como muchacho zángano y ocioso, amigo de las parrandas que no del estudio, y al llegar a los veinte años era un problema para la familia; Doña Gregoria le recriminaba con cariño por los trabajos que daba. Unas veces eran devaneos con chicas de la vecindad; otras, las jaranas que corría con algún tunante y no faltaba ocasión en que so pretexto de molestar a los guardias y rondines asaltara algún puesto de ventas de chucherías.

Por estos escándalos la severa hija del I Conde del Real Agrado constantemente vivía rabiando con su consentido que tan mal había educado, como ella misma reconocía, ¡Cuánto hubiera dado por reformarlo!.

Una vez creyó encontrar la solución del futuro de su hijo en la carrera sacerdotal, que era tan distinguida, pero el chico de eso no quería ni oír. En otra ocasión pensó en matricularle en alguna Academia Militar o hacerle sentar plaza de Cadete voluntario, pero parecía que tampoco por allí despuntaría. El era un «hippie» -como actualmente lo hubieran calificado- y en verdad lo era, por cierto, a su manera.

Una era su debilidad: el sexo opuesto, siendo su especialidad el amor. ¡Ah condenado muchacho! Que buen gusto tienes, nada de perder el tiempo en correrías de patriotas y realistas. No, eso no es para tí, que en Quito hay muchos patriotas. Que nuestro aventurero sólo se sentía atraído por los brazos de sus vecinas, en donde, según se rumoraba, cometía tales hazañas, que las que contaban del Libertador se quedaban cortas.

¡Ele, ahí va el Marianito!

¡Esconderás a las chicas que allí viene el Marianito!

Esto se decía al verle por las empedradas calles de Quito.

COMIENZAN LAS AVENTURAS
Morochita y atrevida era Josefita García y Tobar, hermosa flor de los espléndidos jardines de la Provincia de Imbabura, que vivía en Quito con sus padres y de quien los poetas decían:

¡Dame el sí, que te pido, ramo de flores
Si quieres que te absuelvan los confesores!

El Don Juan de nuestra historia no podía ser desaprensivo a tan bella señorita y todo fue verla y enamorarse de ella, huyendo al día siguiente con dirección al norte, en donde permanecieron algún tiempo, gozando del clima.

Doña Gregoria en el colmo de su desesperación al ver a su hijo mimado en brazos de su casi nuera y tomando en cuenta que sus proyectos para hacer de él un sabio doctor, un santo varón eclesiástico o quizá un bravo militar, se alejaban como el humo, llegó hasta el presidente de la Audiencia, Manuel Ruiz de Urriez, Conde Ruiz de Castilla y Vizconde de la Torre de Loreto, insistiendo en que los apresara la policía y aduciendo su calidad de hija de un titulado de Castilla, para no permitir que su hijo siga con «una humilde chagrita», «indigna de tan guapo mozo». En otras palabras, la hermosa joven -que no era ni humilde ni indigna sino joven e inexperta- fue considerada por su casi suegra como «poca mantequilla para tan rico pan».

Días después regresaban los amantes a Quito y el Presidente de la Audiencia devolvió al menor de edad en brazos de su mamá, que lo matriculó en el Real Convictorio de San Fernando para que siguiera la carrera de las letras. Así terminó el primer lance serio de nuestro héroe, con una reprimenda, algo de arrepentimiento y varios libros bajo el brazo.

INCURSION DENTRO DE LA
PROPIA FAMILIA
El segundo ocurrió casi enseguida. A los pocos meses y en una fiesta campestre, el estudiante conoció a otra hermosísima muchacha que, hechas las presentaciones de estilo, resultó su prima hermana, pero por la línea chueca, como dicen algunos viejos que todavía se sientan en los bancos de la plaza de la Independencia, en la capital.

Otra Pepita más, dijo Mariano, cuando se enteró que la prima se llamaba Josefa de Villavicencio y Vergara; sobrina carnal de la adusta y siempre vigilante Doña Gregoria.

Se siguieron viendo y esto llegó a los oídos de la mamá, que algo más experimentada que la ocasión anterior, decidió cortar por lo sano y a tiempo, suspendiendo la pensión en dinero que le daba para sus gastos en el Real Convictorio.

¡Medida ejemplar, sano juicio! Mariano dejó de verse con la prima y la mamá salió triunfante. Pero como donde ha habido fuego siempre hay calor y quedan cenizas, así ocurrió también en esta historia porque a los pocos días la joven fugó de su hogar y fue a vivir en un obscuro nidito de las afueras de la ciudad, donde se veía con su amor sólo de noche y amparada en la impunidad que da la luna a los enamorados. Allí vinieron al mundo dos niños a los que pusieron por nombres: Angel y Víctor y que con el correr de los años fueron nobles y virtuosos ciudadanos de la Patria.

Pero si corto fue el idilio, no por esto estuvo excento de complicaciones; porque Mariano casó en secreto con su prima antes del nacimiento de los mellizos, que bautizaron con la calidad de expósitos, para ocultar las nupcias contraídas.

No se ha podido averiguar cuantos años duró esta situación, pudiendo únicamente certificar que en 1823, Josefa de Villavicencio, estaba metida en líos con su cónyuge, reclamando alimentos por el estado de abandono en que los tenía.

La felicidad había terminado, se había disuelto el hogar y ahora todo era recriminación. Mariano, que ya no era el jovencito de antes, una tarde y aprovechando el descuido de su esposa y prima hermana, entró en la casa y se raptó a los mellizos, conduciéndoles en secreto a una de las haciendas de Doña Gregoria, llamada Tudenaza, en el norte de la Provincia de Pichincha.

Mientras tanto la infeliz madre lloraba desconsolada, hasta que un santo día, como al año de este lamentable incidente, descubrió con gran sorpresa que su pequeño Angelito había sido devuelto y estaba sano y salvo en su camita. A los pocos días ocurrió lo mismo con Victorito, que incluso llegó más gordito que antes. ¿Qué había ocurrido? ¿Milagro, quizá? ¿Arrepentimiento? No, nada de eso. Solamente que Mariano no tenía paciencia para desempeñar el papel de padre y había resuelto devolver tan pesadas cargas. Lo que siguió es fácil relatar. Doña Josefa compareció a los Tribunales representada por su cuñado el doctor Moncayo, abogado de mucho renombre, continuó el pleito de alimentos y obtuvo la mensualidad de cuatro pesos de oro, por sentencia ejecutoria de segunda instancia. Aquí podemos decir:

Por tí de Dios me olvidé
Por tí la gloria perdí
y a la postre me quedé
Sin Dios, sin gloria y sin tí.

Y el doctor Moncayo terminó el asunto obteniendo de autoridad eclesiástica competente la anulación del vínculo por razón de minoría de edad de los contrayentes.

NUEVA INCURSION FAMILIAR
Pocos meses después nuestro Don Juan se enamoró locamente de una sobrina carnal, hija de su hermana mayor: Ventura Chiriboga Villavicencio, en su primer esposo el abogado colombiano doctor Miguel Quijano y Valencia. De no mentir los relatos de la época este nuevo amor estaba bien razonado, porque la sobrina Rosita Quijano era fresca y lozana como una rosa de Francia. Hubo el consiguiente compromiso matrimonial mediante la celebración del Contrato de Esponsales. Por esta época enfermó Mariano y en el testamento que dictó declaró a su sobrina carnal y novia, heredera universal de sus bienes ¿Hubo matrimonio?

No lo sé, porque a raíz del testamento ocurrieron algunos extraños acontecimientos que alejaron a Mariano de su familia y acto continuo, sin pérdida de tiempo, aparece casando muy sigilosamente en una de las Parroquias de Quito con Emilia Yepez que le llegó a sobrevivir y en quien tuvo dos hijos llamados Mariano y Rosa Chiriboga y Yépez ¿Nombrada así en recuerdo a la espiritual Rosita Quijano? Averigüelo Vargas.

LA POSESION DE LOS BIENES
En 1853 se inició en una de las Judicaturas de Quito un ruidoso pleito por la posesión efectiva de los bienes hereditarios dejados por Don Mariano Chiriboga. Primero comparecieron los hijos legítimos habidos en su tercero y último matrimonio efectuado con Emilia Yepes, que tuvieron que litigar contra Ángel y Víctor Chiriboga Villavicencio a quienes negaron la calidad de hijos del difunto por haber sido bautizados como expósitos.

En aquel entonces las tres hermanas de Don Mariano, monjas carmelitas, certificaron en escritura pública que efectivamente los jóvenes Ángel y Víctor, eran hijos legítimos, habidos en matrimonio secreto y bautizados con la errónea calidad de expósitos para engañar a doña Gregoria Villavicencio y que dicho matrimonio había sido disuelto, años después, por autoridad eclesiástica. ¡Vaya lío!.

La herencia fue dividida en cuatro partes iguales tocándole a la viuda los gananciales de la sociedad conyugal. Hasta aquí mi historia. El resto es cosa presente.