TOMO II
 
 
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TOMO III
TOMO IV
     


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Ni corto ni perezoso el Promotor Fiscal de Ja Diócesis al día siguiente se encaminó a la casa de José de Garaycoa Llaguno y después de los saludos de rigor dijo: —Mire Dn. José, el objeto de mi visita es muy grave. —Nos asusta. Reverencia. Expliquese por favor. —Vamos al grano, de una vez por todas, que me consume la impaciencia. Racines expuso la situación. Garaycoa oyó en silencio la larga exposición de motivos y al final le preguntó: —¿Y en qué puedo servirle en este caso?.

—En mucho y en nada Dn. José; todo depende de su buena voluntad para conmigo y para con su hermano.— Es necesario que Ud., sin pérdida de tiempo, presente una segunda acusación personal contra Romero: Esto ya es asunto personal, es necesario castigar las infamias que ha vertido sobre su familia y sobre su hermano en particular; además se ha burlado de mi intervención aprovechando las flaquezas de la Ley y como quien no decía nada, agregó: ¡Allí en Buga no había estas cosas; todo era buenos modales y cortesía, se respetaba Dn. José!. — Y diciendo esto, alzaba el tono, esa voz fuerte que lo hizo famoso como Orador Sacro, no sólo en Colombia sino también en Guayaquil, donde fustigaba siempre las injusticias y alzaba su voz de protesta cada vez que lo creía oportuno. Porque es menester mencionar que aunque Racines era colérico y hombre de "pocas pulgas" que no permitía la indisciplina ni requiebros, en el fondo era de aquellas personas llenas de amoral prójimo, tenía un gran corazón cristiano y practicaba la caridad por sobre todas las cosas. Era un hombre excepcional, y llegó a Obispo en su tierra, pero eso fue años después, por 1851, cuando el Congreso Nacional de Colombia lo eligió Obispo de Antioquía, aunque no llegó a posesionarse por aquello de la pugana del regalismo, tan en boga por entonces.

José Garaycoa, enemigo de andar metido en líos judiciales, contestó: —Mire Reverencia, aunque todo lo dicho es cierto y ese Romero merece una sanción ejemplar por calumniador, como a todos nosotros nos consta, yo no deseo entrar en el asunto, pues mi hermano el Obispo, como Ud. bien sabe, nos ha prohibido intervenir en esta querella; él no desea que se siga acusando a Romero y ya lo ha perdonado.

—Déjese de sentimentalismo Dn. José; Uds. son muy tolerantes; pero a mi me han insultado, se han burlado de mí que estuve en mis años mozos entre los vencedores de la Rebelión de Pasto.

Y diciendo esto, entornó los ojos al recuerdo de sus hazañas juveniles cuando defendía al Rey, claro está, como hijo que era del Regidor José Racines y del Valle, gallego de los puros, de aquellos que tenían por su amor al Rey su mayor honra.

Y tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe dice un viejo proverbio castellano y esto fue lo que sucedió con Garaycoa. Después de mucho discutir se dejó convencer por las razones de Racines que por algo también sería Rector de la Universidad de Popayán.

Y la segunda acusación presentada a las pocas horas, fundábase en los preceptos legales estatuidos en los artículos 22 y 23 de la Ley de Imprenta y artículo 70 de la Ley de Procedimiento Criminal.

En el documento se pedía a Manuel Tama que ordenara la inmediata prisión preventiva del sindicato Romero, por existir temores de que ante la gravedad de las circunstancias se alejara de la ciudad; mas, como la acusación presentada era completamente independiente de la primera, fue necesario sortear de nuevo a los miembros del Jurado, saliendo favorecidos los siguientes: Manuel A. Ramos, el Capitán Pedro Pablo Echeverría, el Comandante José María Noboa, Fernando García Moreno, Manuel de Jesús Bravo, Pedro Sánz y Miguel de Andrade Fuente Fría, quien se excusó por segunda vez, aduciendo que seguía en cama sufriendo de agudo ataque de "tercianas".

Se llamó a declarar al Impresor Carlos Matamoros que luego de prestar el juramento de estilo manifestó: "que el autor de las hojas volantes era Romero, que se habían impreso unas 200 y que él guardaba en su poder 10". Se le ordenó que las destruyera y una vez firmada su declaración abandonó rápidamente el local de la Comisaría Segunda Municipal, situada en la calle de la Orilla, en el edificio del Cabildo, encaminándose hasta la hoy calle Colón (del Fango) como se la llamaba en 1849; mas, el pobre impresor dejó olvidado su sombrero y los guantes, prendas muy comunes en esa época. Esto causó hilaridad entre los concurrentes, que habían notado el nerviosismo del intranquilo y agitado Matamoros.

En estas condiciones José Garaycoa con fecha 20 de abril manifestó a Manuel Tama, que había circulado por el vecindario la noticia que Romero, viéndose perdido, tenía "un pie puesto en la canoa" y que de una momento a otro abandonaría la ciudad. Razón por la cual insistía en solicitar la prisión preventiva del sindicado.

El Comisario consultó con el Asesor Legal, quien manifestó por la tarde que no había lugar a prisión, ya que el Tribunal de Imprenta no se instalaba, siendo este organismo el único llamado a ordenar prisiones. ¡Había que esperar hasta el día siguiente, 21 de abril, fecha en que se instalaría el famoso Tribunal!.

En la ciudad existía curiosidad. ¿Ganaría Racines? ¿Prenderían a Romero? ¿Se burlaría éste, por segunda vez de sus acusadores? Había que esperar hasta el día siguiente.

Pero ¡Oh sorpresa! Todos esperaron menos Romero. El muy pícaro viéndose perdido y con la probabilidad de hospedarse en la cárcel por algún tiempo, decidió abandonar Guayaquil y esa noche, muy calladito, embarcóse en una canoa con dirección a la Isla Puna.

¡Qué gritos al día siguiente! Todos protestaban: los Miembros del Tribunal que se vieron burlados, el pueblo que se perdió de asistir a un espectáculo gratuito. En fin, todos descontentos. Pero más que todos, el Promotor Fiscal de la Diócesis, Racines, quien ya tenía hasta memorizado un brillante discurso que pronunciaría ese día delante de los Miembros del Tribunal.

José Garaycoa retiró inmediatamente su acusación, reservándose el derecho de iniciar una nueva contra el sindicado, en caso de que lo creyera oportuno.

Y Romero en la Isla Puna se dedicó al comercio y como no era tonto y conocía las artes y las mañas que puede conocer un hombre despierto, hizo fortuna negociando con productos de la isla y en especial con la famosa lana de ceibo que exportó en grandes cantidades al Perú obteniendo crecidas ganancias. Y con el tiempo contrajo matrimonio con una bella y esbelta dama y fundó un respetable hogar en El Oro.

El Dr. Racines tampoco se quedó atrás, pues al poco tiempo fue llamado por sus compatriotas quienes lo colmaron de honores y cargos que él desempeñó con la precisión y pulcritud que le eran características. Falleciendo el día 30 de mayo de 1868, en su ciudad natal, la inmortal Buga.

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