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Ni corto ni perezoso el Promotor Fiscal
de Ja Diócesis al día siguiente se encaminó
a la casa de José de Garaycoa Llaguno y después
de los saludos de rigor dijo: —Mire Dn. José,
el objeto de mi visita es muy grave. —Nos asusta.
Reverencia. Expliquese por favor. —Vamos al
grano, de una vez por todas, que me consume la impaciencia.
Racines expuso la situación. Garaycoa oyó
en silencio la larga exposición de motivos
y al final le preguntó: —¿Y en
qué puedo servirle en este caso?.
—En mucho y en nada Dn. José; todo depende
de su buena voluntad para conmigo y para con su hermano.—
Es necesario que Ud., sin pérdida de tiempo,
presente una segunda acusación personal contra
Romero: Esto ya es asunto personal, es necesario castigar
las infamias que ha vertido sobre su familia y sobre
su hermano en particular; además se ha burlado
de mi intervención aprovechando las flaquezas
de la Ley y como quien no decía nada, agregó:
¡Allí en Buga no había estas cosas;
todo era buenos modales y cortesía, se respetaba
Dn. José!. — Y diciendo esto, alzaba
el tono, esa voz fuerte que lo hizo famoso como Orador
Sacro, no sólo en Colombia sino también
en Guayaquil, donde fustigaba siempre las injusticias
y alzaba su voz de protesta cada vez que lo creía
oportuno. Porque es menester mencionar que aunque
Racines era colérico y hombre de "pocas
pulgas" que no permitía la indisciplina
ni requiebros, en el fondo era de aquellas personas
llenas de amoral prójimo, tenía un gran
corazón cristiano y practicaba la caridad por
sobre todas las cosas. Era un hombre excepcional,
y llegó a Obispo en su tierra, pero eso fue
años después, por 1851, cuando el Congreso
Nacional de Colombia lo eligió Obispo de Antioquía,
aunque no llegó a posesionarse por aquello
de la pugana del regalismo, tan en boga por entonces.
José Garaycoa, enemigo de andar metido en líos
judiciales, contestó: —Mire Reverencia,
aunque todo lo dicho es cierto y ese Romero merece
una sanción ejemplar por calumniador, como
a todos nosotros nos consta, yo no deseo entrar en
el asunto, pues mi hermano el Obispo, como Ud. bien
sabe, nos ha prohibido intervenir en esta querella;
él no desea que se siga acusando a Romero y
ya lo ha perdonado.
—Déjese de sentimentalismo Dn. José;
Uds. son muy tolerantes; pero a mi me han insultado,
se han burlado de mí que estuve en mis años
mozos entre los vencedores de la Rebelión de
Pasto.
Y diciendo esto, entornó los ojos al recuerdo
de sus hazañas juveniles cuando defendía
al Rey, claro está, como hijo que era del Regidor
José Racines y del Valle, gallego de los puros,
de aquellos que tenían por su amor al Rey su
mayor honra.
Y tanto va el cántaro al agua que al fin se
rompe dice un viejo proverbio castellano y esto fue
lo que sucedió con Garaycoa. Después
de mucho discutir se dejó convencer por las
razones de Racines que por algo también sería
Rector de la Universidad de Popayán.
Y la segunda acusación presentada a las pocas
horas, fundábase en los preceptos legales estatuidos
en los artículos 22 y 23 de la Ley de Imprenta
y artículo 70 de la Ley de Procedimiento Criminal.
En el documento se pedía a Manuel Tama que
ordenara la inmediata prisión preventiva del
sindicato Romero, por existir temores de que ante
la gravedad de las circunstancias se alejara de la
ciudad; mas, como la acusación presentada era
completamente independiente de la primera, fue necesario
sortear de nuevo a los miembros del Jurado, saliendo
favorecidos los siguientes: Manuel A. Ramos, el Capitán
Pedro Pablo Echeverría, el Comandante José
María Noboa, Fernando García Moreno,
Manuel de Jesús Bravo, Pedro Sánz y
Miguel de Andrade Fuente Fría, quien se excusó
por segunda vez, aduciendo que seguía en cama
sufriendo de agudo ataque de "tercianas".
Se llamó a declarar al Impresor Carlos Matamoros
que luego de prestar el juramento de estilo manifestó:
"que el autor de las hojas volantes era Romero,
que se habían impreso unas 200 y que él
guardaba en su poder 10". Se le ordenó
que las destruyera y una vez firmada su declaración
abandonó rápidamente el local de la
Comisaría Segunda Municipal, situada en la
calle de la Orilla, en el edificio del Cabildo, encaminándose
hasta la hoy calle Colón (del Fango) como se
la llamaba en 1849; mas, el pobre impresor dejó
olvidado su sombrero y los guantes, prendas muy comunes
en esa época. Esto causó hilaridad entre
los concurrentes, que habían notado el nerviosismo
del intranquilo y agitado Matamoros.
En estas condiciones José Garaycoa con fecha
20 de abril manifestó a Manuel Tama, que había
circulado por el vecindario la noticia que Romero,
viéndose perdido, tenía "un pie
puesto en la canoa" y que de una momento a otro
abandonaría la ciudad. Razón por la
cual insistía en solicitar la prisión
preventiva del sindicado.
El Comisario consultó con el Asesor Legal,
quien manifestó por la tarde que no había
lugar a prisión, ya que el Tribunal de Imprenta
no se instalaba, siendo este organismo el único
llamado a ordenar prisiones. ¡Había que
esperar hasta el día siguiente, 21 de abril,
fecha en que se instalaría el famoso Tribunal!.
En la ciudad existía curiosidad. ¿Ganaría
Racines? ¿Prenderían a Romero? ¿Se
burlaría éste, por segunda vez de sus
acusadores? Había que esperar hasta el día
siguiente.
Pero ¡Oh sorpresa! Todos esperaron menos Romero.
El muy pícaro viéndose perdido y con
la probabilidad de hospedarse en la cárcel
por algún tiempo, decidió abandonar
Guayaquil y esa noche, muy calladito, embarcóse
en una canoa con dirección a la Isla Puna.
¡Qué gritos al día siguiente!
Todos protestaban: los Miembros del Tribunal que se
vieron burlados, el pueblo que se perdió de
asistir a un espectáculo gratuito. En fin,
todos descontentos. Pero más que todos, el
Promotor Fiscal de la Diócesis, Racines, quien
ya tenía hasta memorizado un brillante discurso
que pronunciaría ese día delante de
los Miembros del Tribunal.
José Garaycoa retiró inmediatamente
su acusación, reservándose el derecho
de iniciar una nueva contra el sindicado, en caso
de que lo creyera oportuno.
Y Romero en la Isla Puna se dedicó al comercio
y como no era tonto y conocía las artes y las
mañas que puede conocer un hombre despierto,
hizo fortuna negociando con productos de la isla y
en especial con la famosa lana de ceibo que exportó
en grandes cantidades al Perú obteniendo crecidas
ganancias. Y con el tiempo contrajo matrimonio con
una bella y esbelta dama y fundó un respetable
hogar en El Oro.
El Dr. Racines tampoco se quedó atrás,
pues al poco tiempo fue llamado por sus compatriotas
quienes lo colmaron de honores y cargos que él
desempeñó con la precisión y
pulcritud que le eran características. Falleciendo
el día 30 de mayo de 1868, en su ciudad natal,
la inmortal Buga.
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