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HOSPITALES
E HIGIENE
EN EL PUERTO
El Hospital guayaquileño es
más antiguo que el de San Juan de Dios en Quito,
ya que se fundó por orden del Licenciado Hernando
de Santillán, primer Presidente de la Audiencia
cuando arribó a Guayaquil, procedente de Panamá
y de paso a la Sierra. Su primer edificio fue una
ramada de caña y techo de hojas trenzadas de
bijao ubicada en el cerro. Por los continuos incendios
lo cambiaron tres o cuatro veces de lugar hasta que
en 1753 dejó de ser administrado por el Cabildo
y los Padres Betlemitas, pasando a los religiosos
de la orden de San Juan de Dios.
En 1797 el Hospital ocupaba la manzana que actualmente
comprenden las calles Malecón, Pichincha, Elizalde,
Illingworth; pero en la noche del 4 de Febrero de
1804 un violento incendio terminó con su bello
edificio de madera con salas independientes para mujeres
y hombres, botica, bodegas y convento. Todo se acabó
en pocos momentos.
Hacia 1816 aparece reconstruido en su antiguo asiento
y con el nombre de Convento Hospital de Santa Catalina
Virgen y Mártir. Por el lado del Malecón
tenían locales para tiendas que se alquilaban
a comerciantes del puerto. La esquinera de Elizalde
y Malecón era la de mayor extensión
y tenía en funcionamiento una mesa de billar
importada de España, las primera que existió
en estos territorios y causaba la admiración
del vecindario, que no se hostigaba de contemplar
las carambolas.
Hacia la actual calle Illingworth existían
los cajones o caramancheles del portal que impedían
el libre tránsito de peatones. La puerta central
daba acceso a la enfermería; espaciosa sala
con un enorme altar para dar misa y a los lados, empotradas
en la pared 58 tarimas de madera que el pueblo llama
«covachas», donde se colocaba a los enfermos
resguardándoles de las corrientes de aire con
cortinas de género grueso importado de Puebla
en México, de color azul. Todo indicaría
que estamos en un buque y visitando los camarotes.
En esos días la higiene era casi desconocida
por lo que un enfermo de disentería que se
hospitalizaba, se contagiaba de viruelas y viceversa,
porque a todos se les mantenía en el mismo
sitio sin pensar en los riesgos.
Hacia el fondo estaba el patio central y las celdas
del convento donde vivían cinco sacerdotes
- enfermeros, la botica y bodegas, así como
un amplio cuarto cocina con instalación a leña
traída del cerro.
FARMACOPEA COLONIAL
Las fórmulas magistrales se
guardaban celosamente en el archivo porque algunas
habían venido de España y como la botica
del Hospital y Convento estaba abierta al público,
debía defenderse de la competencia de los pulperos
establecidos en los bajos del Cabildo, a una sola
cuadra, que pretendían tener lo mejor.
Mas, los Juandedianos eran sabios y solo ellos conocían
que «La leche virginal» se compone de
tintura de benjuí y agua de rosas, siendo lo
único que toda señorita decente usaban
en el rostro. Para ellas también existían
unas láminas de cartón traídas
de Cádiz, impregnadas de polvos coloreados
para usar en las mejillas como «chapas».
Se vendían de color verde, plomo y azul para
los ojos, rojo para el rostro y tienen una gran demanda.
Cuando el sanguinario Coronel Manuel de Arredondo
y Mioño, luego II Marqués de San Juan
de Nepomuceno, llegó a Guayaquil en 1810, con
destino a Quito, para pacificar esas regiones, acostumbraba
visitar a Ignacia Noboa Arteta, dos veces viuda y
bellísima dama de no más de 33 años,
y entre ambos se estableció un lazo de amistad
y cariño que terminó en matrimonio.
De esta pareja se cuenta que cierta noche, a eso de
las siete, llegó Arredondo a conversar, tomándola
desprevenida y sin arreglos; por lo que, de apuro,
ella ordenó a una sirvienta que le pasara los
famosos cartones de Cádiz y por equivocación,
ya que la luz de la vela no era buena y ella era algo
corta de vista, se puso en los ojos rojo y verde en
el rostro, saliendo a la sala hecha un verdadero adefesio.
¡Pobre Arredondo! La sorpresa que se pegó
en esa ocasión fue indescriptible, pero como
era muy caballeroso, conversó con Ignacita
un par de horas y se despidió como de costumbre,
con muchas ceremonias y zalemas. Minutos después,
cuando la hermosa viuda regresó a la sala,
una esclava le hizo caer en cuenta del esperpento
que parecía con tales cambios y sufrió
una verdadera conmoción de vergüenza al
verse el rostro en un espejo. ¡Estaba hecha
un desastre! ¡Parecía una payasa!
OTROS REMEDIOS FINOS
«El agua de alacranes»
se vendía con gran éxito para excitar
la orina en los casos de contención y «el
aceite» para hacer sudar a los afiebrados. Su
preparación es simple, porque consiste en mezclar
agua o aceite de oliva, con polvo de alacranes secos
y triturados.
«El tafetán verde» y «emplasto
de San Andrés de la Cruz» es lo mejor
del mundo para sacar callos, de raíz y sin
dolor. (Tanto nombre para tan poca cosa). «El
Diapalme» es un emplasto a base de sulfato de
cobre. «Los huevos de Angelote» (actual
caviar) se usan para sanar heridas infectadas. ¡Qué
horror!.
«La piedra divina» es un colirio de nitrato
de potasa a baja dosis. «La Calanga de la india»
es cara, pero, nada mejor existe para el dolor de
muelas. «La Masa de candelilla» es llamada
así porque es un emplasto de cera utilizado
como sonda para uretra en casos de enfermedad renal
y dicen que causa dolor e irritación moderados,
que no hacen ver «candela» sino solamente
«Candelilla».
«El agua de la Reina de Hungría»
es preparado de flores de romero y vino que se destila
para curar palpitaciones, histerias, dar fuerzas,
mejorar los nervios y en fin de cuentas, es buena
cosa para dolencias de poca monta.
«El Populcón», bueno para quitar
dolores en las llagas, se prepara con belladona y
otras adormideras. «El Bislao de gallina»
cura la pulmonía y aun se receta en los campos
y entre gente sin cultura. «El Sagapento»
es mano de Dios para el asma y la bronquitis, siendo
una goma que se obtiene del árbol americano
de su nombre. Su uso es oral o externo, según
los casos, porque a veces se lo aplica en parches,
como desinflamante. «El Ungüento de la
Condesa» hecho a base de arrayán, sirve
como astringente. «El Ungüento Egipcíaco»,
a base de cardenillo, miel y vinagre, se usa como
detergente blanqueador de la ropa y desinfectante
porque aleja las miasmas delectereas de los pantanos»
tan usuales en el puerto, sobre todo en invierno,
cuando el calor hace que la lluvia se evapore del
suelo. «El electuario católico»
se da como gracia de Dios para las intoxicaciones
y llenuras de estómago y no hay paciente que
lo resista adentro más de una hora, sin tener
que consultar varias veces con el servicio higiénico,
vulgo retrete.
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