TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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RECUERDOS DEL PASADO
Las estrechas calles de Guayaquil recordaban durante el pasado siglo a las viejas sendas españolas del medioevo. ¡Tal nuestro ancestro! Pero después del Incendio Grande en 1896 nuestras avenidas cambiaron de rostro y se ampliaron considerablemente en detrimento de la antigua y bonachona fisonomía que desapareció para dar paso al progreso del siglo XX.

Entonces Guayaquil era una ciudad pequeña donde la gente «decente» hablaba francés y comía pan para diferenciarse del vulgo que consumía plátanos fritos o asados, que se distraía por las noches en los patios traseros al son de tambores y batiendo las palmas de las manos. Todo contraste era posible porque el puerto es producto de varias culturas mezcladas con discordancia. Veamos algunas cosas de antaño.

OCHO DIAS DE CEREMONIAS
POST MORTEM
Esta costumbre aún se practica en Manabí y dejó de usarse en Guayaquil hace unos 60 años. Resultaba que al morir un familiar sus allegados se reunían durante ocho noches seguidas a rezar el rosario en comunidad, lo que no tiene nada de malo, a no ser que después del rezo y, solo por aquello de que se está en confianza, menudeaban los tragos y el recuerdo del deudo desaparecía hasta que las primeras luces del alba señalaban la obligación de trabajar.

También era usual que durante esos días los vecinos y amigos más cercanos enviaran bandejas de confites y golosinas a la casa donde había ocurrido el deceso, ya que era tanta la pena de los deudos que se suponía que ni siquiera tenían deseos de preparar alimentos y se suplió tal necesidad con riquísimos confites, ocasionándoles más de una indigestión a causa del atiborramiento de dulces y pasteles.

SEMANA SANTA
EN LOS PUEBLOS
Durante la Semana Santa en Vinces y hasta hace 50 años se escogía a los más distinguidos ancianos del pueblo para disfrazarlos de «Santos Varones» el día Jueves. En esta ocasión los viejitos salían vestidos con largas túnicas blancas y delante del vecindario ayudaban al sacerdote en una considerable cantidad de ceremonias, tomándose como alto honor el ejercicio de este ministerio.

El Viernes Santo se conmemoraba en Daule con una representación escénica de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, en el interior del templo y con vecinos escogidos. La iglesia se repletaba de curiosos y personas místicas que sufrían, clamaban y gritaban al contemplar cómo se escarnecía al Salvador y se le hacía padecer dolores sin cuento

Un viejo de la región me informó que allá por 1927 se celebró la última representación escogiéndose a un rudo mocetón de 20 años para que hiciera de Cristo, por aquello de que tenía que estar más de una hora colgado en una gran cruz de madera, mientras los demás actores declamaban sus papeles al pie del altar. Para María Magdalena se eligió una belleza criolla, de turgentes carnes y larga cabellera, la mejor y más bella de Daule, y para mal de sus pecados la colocaron bajo la cruz donde ya estaba colgado al Cristo, enteramente desnudo, a no ser por un grueso pliego de papel pintado que le amarraba desde la cintura hasta las rodillas simulando vestiduras romanas. Indica la crónica del lugar que en pleno discurso de la Magdalena se oyó un ruido sospechoso y al mismo tiempo el mozo amarrado gritó: «Saquenme a la Magdalena que se me rompe el papel». Y para qué contar el resto, es de suponer que la función terminó en medio de varoniles carcajadas y risitas nerviosas de las espectadoras.

LAS BEBIDAS FRIAS
Hasta que la Cervecería Nacional instaló sus máquinas para fabricar hielo hacia 1920, se conocían en Guayaquil las pequeñas marquetas que producía la empresa «Monteverdi» de propiedad de José Monteverde Romero desde 1880 aproximadamente. En la Colonia era costumbre que los guayaquileños pagaran a peso de oro la nieve que a lomo de borricos nos traían desde las faldas del Chimborazo o del exterior.

Los médicos la recetaban como única forma de combatir cierta clase de fiebres eruptivas o infecciosas, ya sea para aplacar la sed, enfriar el baño o reducir zonas aporreadas. Durante las epidemias de tifoidea y fiebre amarilla se llegaba pagar hasta un peso por cada barrilito.

PLANTAS Y ANIMALES
MEDICINALES
Durante la Colonia la medicina estaba en pañales y no era raro que los botánicos o herbolarios recetaran a base de plantas y animales. Las «lisas» se aconsejaban para los que sufrían del hígado, aunque en pequeñas dosis, porque les atribuían la propiedad de provocar intensa efusión de bilis.

«La mandrágora» por sus formas y desde muy antigua data se recetó en Guayaquil atribuyéndole efectos afrodisíacos, que se han comprobado inexistentes. Apuleyo Platónico, el gran médico de la antigüedad, aconsejó que el tronco de mandrágora debía ser arrancado sin mano del hombre y solo por acción de un perro, que amarrado a él, sería llamado en horas de la mañana, cuando más hambre tienen los caninos, con comida puesta fuera de su alcance. De esta singular manera el perro forzaba la cadena y desarraigaba la planta. Es de imaginar cuántos trabajos habrán pasado nuestros lejanos abuelos para usarla.

La leche de vaca se recomendaba para los enfermos de tuberculosis, mejorada con frutas frescas; pero, para los casos febriles con complicaciones en la piel o estómago, se desechaba por ser de difícil digestión, así como la mantequilla y la cuajada.

A los atletas se les daba a comer corazón de animales lactantes por ser los más frescos. El vinagre era de mucha utilidad en los casos de piorrea u otras infecciones en las encías. A los niños se les recetaba miel de abeja como alimento útil al crecimiento y de fácil digestión. El agua de pétalos de rosas era el mejor purgante de esas épocas, así como la infusión de pepas de tamarindo. Papaya para los que padecían úlceras estomacales y yerba buena para los nerviosos.

En fin, la medicina en el Guayas comenzó con la Independencia cuando llegaron a nuestras riberas numerosos discípulos de Galeno que desterraron antiguas costumbres de recetar plantas y animales para todo tipo de enfermedad.

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