TOMO II
 
 
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TOMO III
TOMO IV
     


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RECUERDOS DEL LIBERTADOR EN LA FAMILIA VIVERO
Cuando el Dr. Juan José Vivero y Toledo, Cura Presbítero de la doctrina de Jipijapa escribió a su amigo el Dr. José Ignacio Cortázar, Cura de la Iglesia Matriz de Guayaquil recomendándole a su hermano Luis Fernando para que le sirviera de secretario, no se imaginaba que estaba formándole un futuro en el puerto; pues, Luis Fernando acababa de graduarse de abogado y todos pensaban que su puesto era en Quito, donde tenía parientes y favorecedores, pero tan buenas migas hizo el joven abogado y el Dr. Cortázar, que cuando éste último pasó en 1816 a gobernar la Diócesis de Cuenca, le pidió que se sirviera acompañarlo; sin embargo, el Obispo, falleció al poco tiempo, el 16 de Julio de 1818 y de solo 63 años de edad, dejando a su secretario el ejemplo de una vida digna y provechosa y las calles para andar. I como afirma el refrán que ningún profesional muere de hambre. Vivero regresó a Guayaquil y de 38 años de edad se inició en las leyes, frecuentando a la dulce jovencita Francisca Garaycoa Llaguno, sobrina segunda del Obispo Cortázar, a quién había conocido en casa de él y con quién había iniciado Vivero un tímido romance. Poco después la pedía en matrimonio y tuvieron un hogar modelo y feliz.

La familia Vivero Garaycoa se formó con ternura y afecto y sus numerosos mausoleos y epitafios recuerdan en el cementerio con cuanta devoción se quisieron. Unos a otros, padres, hijos y hermanos se dedican palabras de cariño y cordialidad, lamentan sus muertes y piden al Creador el descanso eterno, anhelando seguir al más allá para continuar los vínculos rotos en la tierra. Es la magia del cristianismo, me aseguró cierto amigo cuando juntos visitábamos el camposanto. Sólo el profundo sentimiento de la religión puede ligar con tanta fuerza a un grupo familiar, al punto que aún después de la muerte, pretendan seguir unidos en la vida eterna del paraíso.

Los Vivero Garaycoa fueron José, Simona, Simón, Josefa, Francisco y Eufemia y refiere la tradición que cierta noche de Noviembre cayó el Libertador de visita en el hogar del Doctor Vivero, nada menos que acompañado de Olmedo, que ya se habían avenido superando el distanciamiento de 1822 por la forzada anexión de Guayaquil a Colombia. Ambos se sentaron cerca del corredor y de pronto el mayor de los niños salió a recibirlos, ilusionado por el brillo de los colores del uniforme que vestía Bolívar, quién lo sentó en sus rodillas y jugó con él, oyendo que doña Francisca se quejaba de su ociosidad pues todavía no aprendía a leer. -¡A ver Pepito! ¿Porqué es eso? La cartilla es mala y muy trabajosa. -Veámosla, dijo el Libertador - tráela enseguida. El chico corrió al interior y regresó con ella dándosela a Bolívar, que luego de examinarla exclamó: ¡Qué horror! ¡Está malísima! Ud. Olmedo se encargará de escribir una nueva para Pepito y yo vendré personalmente a tomar las lecciones.

Días después estaba compuesto el «Alfabeto para un niño», libro de lectura en verso con un cuadro moral aún no comprendido en América, donde se analiza con profunda belleza los principales valores de la civilización.

La verdad es que Olmedo superó la tarea encomendada y su «Alfabeto» sirve en cualquier edad. Pepito no tuvo trabajo en aprender de memoria, recitándolo en menos que canta un gallo, enterito y volando, al asombrado Bolívar y quitándose la fama de ocioso que hasta ese día tenía bien ganada en su casa. Entonces Bolívar lo premió con dulces y confites y a poco le mandó su busto para que lo conservara. Demás está decir que el Alfabeto se popularizó enseguida como cartilla cívica y de lectura.

Recuerdo que hasta hace unos 30 años la Sociedad Filantrópica del Guayas todos los años y con ocasión de su aniversario de Fundación, imprimía unas hermosísimas cartillas con el «Alfabeto para un niño» que distribuía generosamente en la ciudad. Eran los tiempos de gloria de esa institución y su imprenta competía con las mejores del puerto. Hoy nada queda de tanta grandeza a no ser el recuerdo feliz del pasado y una que otra cartilla amarillenta en algún oscuro rincón escolar. Mas, la Cartilla original y autógrafa de Olmedo y el busto de Bolívar, fueron conservados por Pepito Vivero hasta que viejo y enfermo falleció en La Serena, Chile, de 58 años de edad, en 1878, dejándolas a su viuda la poetisa Angela Caamaño de Vivero, que meses después también murió en Guayaquil. La última propietaria conocida de estos memorables recuerdos fue su hermana Josefa Vivero de González que los conservó hasta 1900, año de su fallecimiento, habiendo pasado sus bienes al Albacea testamentario, para el reparto. Aquí se pierde el rastro pues muchas de sus reliquias bolivarianas fueron entregadas al notable historiador panameño Juan Bautista Pérez y Soto que las sacó del país. ¿Dónde estarán ahora? Nadie lo sabe y quizá el rato menos pensado aparezcan en Europa donde parece que fueron a dar. .

Doña Josefa Vivero Garaycoa había casado con Belisario González Benítes, hijo del prócer colombiano General Vicente González que desempeñó la Gobernación de Cuenca durante los días de la Grancolombia y de Manuela Benítes Franco, hermana a su vez de los Capitanes Francisco y Luis Benítes muertos en la segunda batalla de Huachi el 12 de Septiembre de 1821. Con tan gloriosos ancestros doña Josefa y su esposo se convirtieron en fervorosos admiradores de la memoria del Libertador en Guayaquil. Ambos formaban una pareja ideal a pesar de no tener hijos, pues eran muy ricos, harto generosos y se preocupaban por la niñez con frecuentes donaciones. Muerto el señor González, su viuda obsequió una gruesa suma de dinero al Cuerpo de Bomberos y en 1884 entregó el valor de la primera bomba a vapor que se usó en Guayaquil. En 1889 regaló la casa de madera de su propiedad, con frente al Malecón, donde funcionó por muchos años la «Compañía Belisario González».

La muerte de don Belisario ocurrió en Guayaquil en 22 de Septiembre de 1867 y se cuenta qué su viuda se negó a dejarlo enterrar so pretexto que estaba tan bien embalsamado, que no era necesario. Inmediatamente ordenó la construcción del más hermoso mausoleo de la ciudad, que tendría forma de capilla para que ocupara una de las naves del interior de la Catedral; pero como las obras se encargaron a Italia y no terminaban pronto, el cadáver permaneció más de un año en un cuarto cerrado del domicilio, sirviendo para que el populacho tejiera las más inverosímiles y tenebrosas leyendas. Al fin la capilla estuvo lista y con un suspiro de alivio del vecindario fue trasladado el ilustre don Belisario a su última morada, con renovadas muestras de pesar de su viuda, que juraba no volverse a casar ni asistir a fiestas, dedicándose únicamente a guardar su memoria y la del Libertador.