TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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SEÑORES:
HOMBRE MUERTO
A las cinco de la tarde del 30, en un apartado paraje de las afueras de la ciudad llamado «El Aserrío», cercano al camino que conducía a la población de Pucha, aparecieron «los partidos». Van Stuers vestía levitón abrochado y botas de campaña y en la cabeza portaba un legítimo «Jipijapa» con cinta de seda negra. Miranda no estaba menos elegante, tenía cachucha de paño (1) y medio uniforme militar -según rezan antiguas crónicas-. Los padrinos midieron los pasos. Unos dicen que fueron 20, otros que sólo 12. Lo cierto es que al darse la voz, el primero en tirar fue Van Stuers que de un balazo quitó a Miranda su cachucha, rozándole el cuerpo. Este aprovechó la ocasión para terminar el lance amigablemente. Propuso las paces y recibió como respuesta que «si no disparaba, lo mataría como a un perro».

Perdida la esperanza de un avenimiento, los testigos se apresuraron a dar las voces acostumbradas: UNO, DOS,...TRES. Miranda tendió el brazo y sin apuntar disparó, con tal suerte, que el proyectil atravesó la cinta negra y el sombrero, traspasando por el centro el hueso frontal del contrario, introduciéndose en la masa cerebral.

MAYORES LIOS POR EL
ENTIERRO
El joven y afortunado Miranda escapó del sitio del duelo para evitar la acción de la justicia, ya que las leyes grancolombianas castigaban con pena de muerte a todo aquel que interviniera en duelos, activa o pasivamente; ya fuera como actores o simplemente como «partidarios» -entiéndase: padrinos, testigos, médico, etc.

(1) Cahucha era un sombreo muy en boga por entonces

El cadáver de Van Stuers fue recogido por los caritativos hermanos de la Cofradía del Santísimo y llevado a varias iglesias de la capital, donde se le negó sepultura. Unos aducían que era protestante, otros que había muerto en pecado mortal y sin confesión. No faltaron argumentos para impedir el entierro. Incluso se llegó a negarle el rezo de los oficios divinos aduciendo distintas normas eclesiásticas del Concilio de Trento. Empero, como siempre se encuentra un buen samaritano en todo accidente, el Cura del Sagrario, doctor José Joaquín Cardoso, convino en actuar personalmente y sepultar en esa provincia el cadáver del desventurado «duelista», a pesar que el Mayordomo de la Capilla, Gregorio Vergara y el Capitán de la Cofradía Francisco Margado y Duquesne, se opusieron terminantemente, informando que no volverían a pisar el templo porque estaba profanado y no querían morir sepultados bajo sus ruinas, puesto que la Justa ira divina no dejaría piedra sobre piedra de dicha construcción.

SE CUMPLEN LAS PREDICCIONES
El 18 de Noviembre a sólo dos semanas y media del entierro, cuenta el historiador Groot, cuando los Hermanos de la Cofradía del Rosario estaban dedicados a la oración vespertina, vino un temblor de tierra tan fuerte que echó abajo la cúpula del templo, salvándose la concurrencia por la feliz coincidencia que minutos antes otro movimiento de tierra los había alejado del lugar.

El vengativo Francisco Margallo y Duquesne podía estar satisfecho por el rápido y preciso cumplimiento de su infeliz profecía. ¿Milagro, coincidencia, casualidad? Vaya uno a saberlo. Y aquí pondría fin a esta crónica si no fuera porque...

para dar gusto a antojos
he mandado a Holanda por anteojos

Y como bien lo expresan los versos, del consulado de Holanda vino la respuesta al porqué de conducta tan ridícula observada por el infeliz Cónsul, muerto en el duelo, de pura casualidad. Veamos qué dijo el Vicecónsul Van Lansberge al Ministro de Relaciones Exteriores de Su Majestad el Rey de Holanda, al referirle los sucesos comentados.

CARTA, CANTA...
Y BIEN CLARO
Hace largo tiempo venía temiendo un encuentro de esta índole -se refiere al duelo del Cónsul-. El señor Van Stuers, que poseía con mucha vivacidad y fuego gran susceptibilidad, frecuentemente había manifestado su indignación ante la cobardía de muchos de los primeros personajes de aquí, por ejemplo, del encargado de Negocio de EE.UU. Coronel Watts, del Edecán del Vicepresidente y de otros, quienes se han dejado dar de latigazos y me había manifestado varias veces que si él se hallara en un caso semejante, probaría tener en las venas, sangre holandesa. Además, Miranda, aunque está al servicio de Colombia, es inglés de nacimiento y el señor Van Stuers, no podía sufrir la pose y el tono altanero de los ingleses: Vuestra Excelencia habrá advertido estas disposiciones en la correspondencia del Cónsul General.

El Gobierno tomó inmediatamente todas las medidas para una investigación oficial; pero, a decir verdad, creo que únicamente será para justificarse ante el gobierno de Su Majestad y muy pronto no se hablará más de ello.

Con mucho trabajo y merced a la intersección del gobierno, los amigos del difunto y yo obtuvimos del Arzobispo el permiso para enterrar el cadáver en el nuevo cementerio, lo que se efectuó en la tarde del 1o. de este mes de Noviembre, en presencia del Cuerpo Diplomático y de algunos amigos. El libertador quería que algunos ministros estuvieran presentes, pero no vinieron a causa de la lluvia. Ayer en la mañana tuvo lugar en la capilla del Rosario un gran servicio por el alma del difunto. Tuve cuidado de invitar a los Ministros, el Cuerpo Diplomático entero y muchas otras personas asistieron...

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