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¡POR
UN FRASQUITO DE PERFUME!
El día de San Simón
-28 de Octubre de 1827- se celebró en toda
la Gran Colombia con especiales festejos populares
y oficiales. Y no era para menos, se conmemoraba «el
santo» del Libertador Bolívar, fundador
de la confederación y su Presidente.
Todo era júbilo en la capital.
Por la mañana el Arzobispo ofició un
solemnísimo Te Deum cantado por mas de cien
voces. En la tarde se hizo derroche de fuegos pirotécnicos,
hubo toros y gallos y al caer el sol las mejores familias
se prepararon para el gran baile de gala que daba
el gobierno en el Palacio de San Carlos.
Como a las ocho apareció Bolívar rodeado
de su estado mayor, vestía uniforme y condecoraciones;
«la crema y nata» de la sociedad estaba
representada. Aquí conversaba Iturbide, hijo
del ex Emperador de México, con los Generales
Wiison y 0'Leary; allá el joven Francisco de
Miranda -hijo del Precursor- con los Cónsules
de Estados Unidos e Inglaterra. El doctor Ricardo
Cheyne, el General Herran, don José María
Cordovez Mouré, los señores Mosquera,
los Caycedo, el Encargado de Negocios de Estados Unidos,
Coronel Watts, los Arboleda y en fin, una pléyade
selecta de caballeros y damas completaban el ambiente,
dando el tono de distinción que tanto satisfacía
a Bolívar en esta clase de reuniones. Nada
anunciaba la tragedia que se cernía a poco
y que relataré a continuación.
UNA BELLA
FRANCESITA
Por su elegancia y belleza, por sus
verdes ojos y larga cabellera negra, la reina de la
reunión era Madame Roulin, esposa de un distinguido
hombre de negocios francés que vivía
en Bogotá como agente de varias casas comerciales
y bancarias de París. Ella usaba un enjoyado
turbante y era infatigable para el baile; muy jovial,
conversaba ardorosamente sobre asuntos triviales en
compañía de otras mujeres, cuando el
Cónsul General de Holanda, Johnkeer Van Stuers,
acompañado del Vicecónsul, Rudolph Van
Lansberge, dirigiéndose a la dama, la invitó
muy complacido a danzar.
No está demás que informe que Van Stuers
era un viejo y alto holandés, más testarudo
y presumido que el propio monarca de los países
bajos. Pero siendo Cónsul y habiéndola
invitado, Madame Roulin no pudo excusarse y dejando
en la silla su abanico y un frasquito de perfume,
lanzóse al torbellino de la fiesta al son de
un bien orquestado vals.
¡Aleluya! ¡Aleluya!
Sacristán de mi vida,
toda soy tuya
ROMPE EL FRASCO DE
PERFUME
Mientras las parejas danzaban alegremente,
el cansado Comandante Miranda, que no tenía
más de 19 años de edad y era pálido,
de frente despejada, mirada penetrante (como todo
miope, aclararía después un testigo)
creyendo que el asiento dejado por Madame Roulin estaba
vacante, intentó ocuparlo y se sentó
en él, lanzando al suelo abanico y perfume,
rompiéndose el frasco en mil pedazos y derramando
la esencia.
Poco después la señora regresaba a su
sitio y se mostró sumamente contrariada con
el percance, manifestando que se trataba de una pérdida
muy dolorosa para ella por la imposibilidad de comprar
en Bogotá otra esencia igual. Miranda se excusó
como pudo; mas, el holandés, empecinado y testarudo,
respondió gritándole «polisson»
que en lengua francesa significa algo por demás
desagradable. ¡La reunión se volvió
agria a causa de este incidente! ¡Todo por culpa
del cansancio y la miopía del pobre Miranda,
que no vio dónde se sentaba!.
SE CONCIERTA EL DUELO
Al día siguiente, el joven
Miranda, que jamás había usado una pistola,
queriendo zafarse a todo trance del duelo, designó
a dos cumplidos caballeros para que trataran de llegar
a un arreglo amistoso. Todo fue en vano, Van Stuers
no aceptó ninguna excusa, prevalido de su superioridad
como tirador, jactándose de su valentía
y con el maligno propósito de ir al campo del
honor a vengar la rotura de un frasquito de perfume.
El día 29 estuvo Miranda practicando tiro al
blanco y las lecciones corrieron a cargo del Coronel
Johnson, norteamericano al servicio de la Gran Colombia,
a quien sus amigos apodaban «Abelardo»
porque a causa de una desgraciada herida ocasionada
con bala de fusil, había perdido dos partes
imprescindibles.
A todo esto el pendenciero holandés no perdía
su tiempo. Escribió dos cartas. Una al Vicecónsul
Lansberge indicándole que si fallecía
o salía herido de cuidado, debía encargarse
provisionalmente del despacho y que en caso de muerte
escribiera al Rey recomendando a la viuda e hijos.
La segunda estaba dirigida al Ministro de la Gran
Colombia en la cartera de asuntos extranjeros doctor
Revenga, con detalles de la misión.
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