TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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PERIPECIAS DE UNA JEFATURA SUPREMA
En diciembre de 1850 se instaló en Quito la Asamblea Constituyente convocada por Diego Noboa Arteta, Jefe Supremo de la República. Tras largas deliberaciones, el 25 de febrero y bajo la dirección de Ramón de la Barrera, eligieron Presidente Constitucional de la República a Noboa por 22 votos. Eran las 10 de la noche.

El nuevo ungido estaba viejo en años y servicios a la Patria pues desde el 9 de Octubre de 1820 figuraba como un fervoroso partidario de la independencia. Para 1851 su hoja de vida civil yacía algo empañada porque acababa de aceptar la dictadura de manos del General José María Urbina, quien había puesto fin al régimen constitucional del Vicepresidente Manuel Ascázubi, electo interinamente en 1849.

El nuevo gobierno de Noboa estaba condenado al fracaso pues su base de sustentación era la fuerza y ésta se hallaba en manos ambiciosas. Noboa trató de atraerse a Urbina halagándole con numerosas ofertas, pero todas fueron rechazadas. En Guayaquil ejercía la Comandancia Militar el General Francisco Robles García, que gozaba de gran popularidad entre el pueblo por su carácter alegre y expansivo, muy dado a la bohemia y a las bromas y para colmos amigo y compadre de Urbina, que le preparó el ascenso al poder.

FLORES Y LOS FILIBUSTEROS
En marzo de 1851 circuló con mucha insistencia el rumor de que el desterrado General Juan José Flores había entrado en tratos secretos con filibusteros yanquis que merodeaban las costas centroamericanas de Honduras y Nicaragua, ofreciéndoles entregar por algún tiempo las islas Galápagos si le restituían al poder, además de 20.000 pesos. El asunto se originó en una hoja suelta impresa en París y entregada a las legaciones extranjeras para su conocimiento. El coronel Soullin la había refutado alegando que un hombre de la honestidad de Flores no podía ser socio de piratas ni bucaneros; pero, a solo 6 años de su expulsión, Flores seguía impopular en Ecuador, nadie confiaba en sus intenciones y la refutación vino a agravar la sospecha contra él.

LA EXPULSION DE LOS JESUITAS
Por esos días en Nueva Granada se decretó la expulsión de los Padres de la Compañía de Jesús que habían retornado con la independencia, a pesar que en la República no se había dictado ninguna ley que derogara la pragmática de Carlos III.

Esta anómala situación legal originó un grave caso de jurisdicción y competencia, liberales y conservadores discuten acaloradamente, y al ascender al poder el General José Hilario López, uno de los primeros actos de su gobierno fue decretar nuevamente la expulsión de los jesuitas, que pasaron al Ecuador y fueron recibidos por Noboa en Quito.

Los enemigos del presidente y de la Compañía de Jesús vieron en este acto una razón para acusarlo y levantar oposición encontrando el ambiente propicio pues los jesuitas eran odiados por unos, temidos por otros y queridos por pocos. Noboa fue acusado de floreano y jesuita, cargos graves para la época, por los partidarios de Elizalde y Ascázubi, que no le perdonaban el haberse proclamado Jefe Supremo de la República. Pero tampoco debemos olvidar que el gesto cordial del Presidente Noboa nos enfrentaba militarmente con Colombia, país más fuerte que nosotros y que en Guayaquil existía un núcleo de jóvenes militares que profesaban las ideas de la revolución francesa y sentían la necesidad de secularizar las instituciones liberándolas del dominio clerical. Estos ecuatorianos eran una elite, sabían que el presidente es primo hermano del Arzobispo Nicolás Joaquín de Arteta Calisto y que por primera vez desde 1830 los religiosos se encuentran fuertes y eso motivó al Comandante Militar de Guayaquil, General Francisco Robes García, a tomar la iniciativa contra Noboa.

SE AGRAVAN LAS RELACIONES CON COLOMBIA
Noboa había errado en política porque los jesuitas constituyeron de inmediato un problema para el país. Colombia reclamó por habernos mezclado en sus asuntos internos, aceptando a los padres jesuitas expulsados de su territorio por indeseables. Nuestro buen presidente no dio su brazo a torcer y respondió con toda ecuanimidad, sereno pero firme. ¡La guerra se avecinaba con el país hermano! ¿Obró Noboa con justicia? ¿Fue un error político? El descontento militar creció en su contra y voces amigas le aconsejaron un viaje a Guayaquil a tranquilizar los ánimos y poner orden. Así lo hizo en compañía de varios amigos y parientes, a pesar que algunos de sus íntimos opinaban en contra del viaje, por creer que se trataba de una celada.

PIERDE LA PRESIDENCIA Y MATIAS SOTOMAYOR
Y LUNA SU RELOJ Y CADENA
Ni bien llegó Noboa a Babahoyo cuando ya estaba esperándole una comisión municipal y los militares de la plaza, que lo vieron y aplaudieron; mas, en él punto Bejuco Colorado del río Baba, se hallaban varios esquifes para la comitiva a fin de conducirla a Guayaquil. Noboa aceptó el gentil, ofrecimiento del Comandante José María Cornejo y tomó asiento entre los Tenientes Coroneles Melitón Vera y Matías Sotomayor y Luna, todos de su entera confianza, y cuando ya divisaban las primeras casas del Malecón fueron abordados por el pailebot de guerra "Olmedo" que mandaba el Capitán José Robles Canales y los asombrados "prisioneros" fueron obligados a embarcar con rumbo desconocido.

Y como las desgracias nunca vienen solas, un fuerte temporal obligó a Robles, a la altura de punta Malpelo a regresar a Puna donde dejó a Noboa, Sotomayor y Luna y Vera en calidad de detenidos y siguió rumbo a Guayaquil, donde fue recibido por su sobrino el General Francisco Robles, con muy mala cara: ¿Qué pasó con los presos?.
- Pues resulta que casi naufragamos y están en Puná.

- Déjate de excusas y parte inmediatamente con ellos. ¡Es una orden!

Vuelve el Capitán a embarcar hacia Puná y con tan valiosa carga humana continuó buscando algún barco amigo que los transportase al extranjero. Días después avistaron un buque norteamericano que iba de California rumbo a Chile; Noboa ofreció al Capitán todo lo que portaba en dinero con tal que terminase su tragedia; pero éste, ni corto ni perezoso, pidió además, el reloj y la cadena de Sotomayor y Luna, que debieron ser muy valiosos, de oro macizo de 18 kilates, para despertar la ambición del marino, y así fue como Sotomayor y Luna entregó sus prendas y el Presidente Noboa y sus dos amigos volvieron a hacerse a la mar y por fin llegaron al Callao, donde recaló el navío para composturas y saltaron a tierra.

Diego Noboa nunca más intervino en la política, regresó en 1855 al puerto y se dedicó al cuidado de sus numerosos hijos —16 en total— en dos matrimonios y falleció en 1870.

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