TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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A PAGAR SE HA DICHO
El primer combate estaba ganado y el Presbítero Salvadores quiso afrentar aún más a los vencidos obligando a Monseñor Pedro Pablo Carbó, a la sazón Tesorero del Coro y Canónigo de la Catedral, a que pagare al nuevo Canónigo doctor Ortega los emolumentos correspondientes a su actual situación. Aquí se armó Troya, porque el doctor Carbó se negó de plano y adujo razones. Se entabló el pleito eclesiástico y la ciudadanía llegó a enterarse de los hechos tomando partido por los Canónigos que eran nacionales, a diferencia del Encargado de la Diócesis, español,

Durante el procedimiento eclesiástico el demandado Tesorero de la Curia entabló juicio de competencia; la providencia recaída le fue contraria y apeló a la H. Corte Superior de Justicia del Distrito con lo que ésta, de acuerdo a lo dispuesto en el Concordato, promovió juicio de competencia, solicitando la remisión de los autos para su estudio.

El doctor Salvadores perdió la paciencia y cometió un error fundamental retirando sus baterías de la Curia, donde tan buen resultado táctico le estaban dando y las enfiló contra los miembros de la Corte a quienes envió un Oficio descortés. Tal procedimiento recibió su castigo porque los Ministros Jueces contratacaron imponiéndole una multa de S/. 20. Salvadores no pagó y los Ministros Jueces dictaron apremio real, ordenando el embargo de sus bienes hasta por el valor de la multa.

El doctor Salvadores volvió al ataque y sin más trámite excomulgó a los dos Ministros Jueces que le habían multado con sus votos y que eran los doctores Espiridión Dávila y Joaquín Febres-Cordero, haciendo extensiva la pena para el doctor Pedro Pablo Carbó. En todo esto anduvo metido el abogado de la Curia doctor Manuel Ignacio Neira, cuencano de orígen y de carácter atrabiliario, que en 1869 había recibido de parte del doctor García Moreno la pena del confinamiento. ¡Por algo habrá sido, ya que no era liberal ni gustaba de la política!

Las damas de la ciudad encabezadas por Dña. Baltazara Calderón de Rocafuerte, protestaron en el Diario La Nación, aconsejando prudencia y pidiendo a Salvadores que diera pie atrás; pero él ni aceptó el consejo ni levantó la pena y el lunes 28 de Enero de 1888 sufrió una encerrona que el pueblo le propinó en el propio Palacio Episcopal, que fue cercado, apedreado e insultado en el decoro que se merece por su calidad de residencia de Obispos.

De esto salieron heridas varias personas, resultado pasado por bayoneta el señor J. L. de la Torre. La turba retrocedió ante el empuje de la policía y pasó a cercar la casa del abogado Neira, situada donde estuvo después el Colegio Nocturno "Huancavilca", en Chimborazo entre 9 de Octubre y Vélez. Neira se parapetó en su propiedad y disparó desde el balcón, contestando la lluvia de piedras que sobre él caía. En este encuentro fue herido el joven Eduardo Eldredge, de nacionalidad peruana.

Al día siguiente, martes 24, la opinión pública estaba encendida contra Salvadores y Neira. Los periódicos vociferaban en largos y sesudos editoriales y la multitud volvió a congregarse. Como a las ocho de la noche una compacta muchedumbre marchó desde la Plaza de San Francisco hasta la casa del Gobernador doctor Modesto Jaramillo, ubicada en General Córdova entre Fco. de P. Icaza y 9 de Octubre y de allí a la del Comandante General Reynaldo Flores Jijón —9 de Octubre entre General Córdova y Pedro Carbo-- pidiendo las cabezas de Salvadores y Neira, luego siguieron por 9 de Octubre hasta Chimborazo doblando a la izquierda, para apedrear la casa de Neira.

En esas se encontraban cuando rompieron un farol del alumbrado público dejando al sector en tinieblas. Al mismo tiempo parece que una piedra fue a dar en la frente del Comandante habilitado Paredes que dio la orden de fuego contra la multitud. Otros dicen que el que la dio fue un Inspector de apellido Pérez; lo cierto es que Pérez y los soldados rasos Godoy, Segovia, Alvarado y Romero —después de los hechos— fueron encontrados culpables y purgaron su delito. La soga siempre se ha roto por el lado más flaco.

Cinco jóvenes murieron; Manuel López y Corrales (colombiano), Víctor Coronel Sarmiento, Manuel Antonio Franco, Leopoldo Baquerizo Ferruzola y el chileno Carlos Cerda. Malamente heridos quedaron Juan Rivas y Rodolfo Baquerizo Moreno (3).

EL COMITE DE LA TUMBA
Amaneció el miércoles 25 de enero y el comercio de la ciudad no abrió sus puertas. Las campanas tocaban a rebato y luego doblaban a

(3) Tíos de las actuales familias López Lara, Coronel Jurado, Baquerizo Germán.
muerte. Algunos vecinos constituyeron el "Comité de la Tumba" y presurosos distribuyeron unas hojas volantes conteniendo un lúgubre soneto en el que reclamaban venganza. La Facultad de Medicina y el Club de la Unión tremolaban sus insignias a media asta.

El Gobernador doctor Jaramillo, asustado por los acontecimientos, mandó apresar al abogado Neira, conduciéndolo a la Cárcel Pública en medio de una escolta de 50 soldados mandados por el intendente General de Policía, Benigno Cordero. Casi a la hora meridiana el Gobernador, acompañado del Intendente Rafael Caamaño y Cornejo y el R. P. Egüez, se acercaron al Palacio Episcopal y le sugirieron a Salvadores la conveniencia de salir de la ciudad. El se resistió al principio, pero viendo que nuevamente la multitud crecía frente a las puertas de la casa, aceptó a la postre, teniendo que salir custodiado. En esos momentos la multitud lo vio y gritó: "En coche no, en coche no” pretendiendo que saliera a pie hasta el muelle donde le esperaba el buque de guerra "Cotopaxi" para llevarlo a Puna, si es que hubiera podido escapar del linchamiento de la turbamulta.

Grande fue el trabajo de todos para impedir que lo lincharan, el Padre Egüez fue herido de una pedrada en el rostro y los demás acompañantes sudaban frío ante la posibilidad de un atentado. El coche se deslizaba lentamente entre un mar humano y cuatro eran las cuadras que separaban al Palacio del Muelle. Al llegar, el Presbítero Salvadores saltó por la ventana y en precipitada fuga esquivó a un grupo de ciudadanos que venían contra él y por el medio de los soldados saltó a un bote con los ojos desorbitados por el terror. Así terminó su obra quien tan mal recuerdo dejaba.

HACHAZOS SOBRE LAS PUERTAS
Luego de abuchear en el muelle a los ocupantes del bote en que huía él doctor Joaquín Salvadores, el pueblo siguió hacia La Merced, donde rompió a hachazos las puertas, penetrando en el interior de la Iglesia. El Cura Párroco de la Concepción doctor Rafael Calderón subió al pulpito y peroró anatemizando a los homicidas. Luego se inició el Oficio Divino por el descanso de los muertos interviniendo el Canónigo doctor Pedro Pablo Carbó, revestido de casulla y demás ornamentos sagrados. A las doce el cortejo fúnebre salió con dirección al cementerio, siendo presidido por los Ministros Jueces excomulgados, el M. I. Ayuntamiento, el H. Cuerpo Consular acreditado, el Gobernador de la Provincia y el Canónigo doctor Carbó. El recorrido fue por 9 de Octubre hasta Chanduy y por allí al Cementerio Católico. Muchos lo efectuaron en tranvías cedidos por la empresa de Carros Urbanos.

Al regreso la multitud destituyó al Intendente General de la ciudad Benigno Cordero, obligando al Gobernador a que nombrara en su reemplazo a un guayaquileño de su gusto: Agustín de Tola y Dávalos. Todo esto, en media calle, a grito pelado y con aspavientos; de haberse aprovechado el momento para deponer al Gobierno, la Revolución Liberal del 5 de Junio se hubiera adelantado en casi ocho años.

¿Y qué pasó con el Obispo del Pozo? Casi nos habíamos olvidado de él; nunca regresó de la Puna y como allí tampoco le querían, tomó la vía marítima con destino a Roma donde se sinceró; Luego recorrió Italia, España y Francia, regresando por el Cabo de Hornos a Sudamérica; estuvo en Chile, después en Perú, siempre pensando en regresar, aunque fuese de incógnito, pero la Revolución Liberal del 95 le cerró las puertas y al fin murió en Lima en 1912, amargado y triste, con 25 años en el destierro.

Poco después fue designado V Obispo de Guayaquil el doctor Juan María Riera Moscoso, (4) que llegó asustado al puerto, que tenía fama de revoltoso.

(4) A este Obispo de buena presencia y pasta angelical, le quieren hacer Santo a la fuerza, cuando solo fue una buena persona, de costumbres austeras y muy humanas, aunque no intelectual.

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