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A PAGAR
SE HA DICHO
El primer combate estaba ganado y
el Presbítero Salvadores quiso afrentar aún
más a los vencidos obligando a Monseñor
Pedro Pablo Carbó, a la sazón Tesorero
del Coro y Canónigo de la Catedral, a que pagare
al nuevo Canónigo doctor Ortega los emolumentos
correspondientes a su actual situación. Aquí
se armó Troya, porque el doctor Carbó
se negó de plano y adujo razones. Se entabló
el pleito eclesiástico y la ciudadanía
llegó a enterarse de los hechos tomando partido
por los Canónigos que eran nacionales, a diferencia
del Encargado de la Diócesis, español,
Durante el procedimiento eclesiástico el demandado
Tesorero de la Curia entabló juicio de competencia;
la providencia recaída le fue contraria y apeló
a la H. Corte Superior de Justicia del Distrito con
lo que ésta, de acuerdo a lo dispuesto en el
Concordato, promovió juicio de competencia,
solicitando la remisión de los autos para su
estudio.
El doctor Salvadores perdió la paciencia y
cometió un error fundamental retirando sus
baterías de la Curia, donde tan buen resultado
táctico le estaban dando y las enfiló
contra los miembros de la Corte a quienes envió
un Oficio descortés. Tal procedimiento recibió
su castigo porque los Ministros Jueces contratacaron
imponiéndole una multa de S/. 20. Salvadores
no pagó y los Ministros Jueces dictaron apremio
real, ordenando el embargo de sus bienes hasta por
el valor de la multa.
El doctor Salvadores volvió al ataque y sin
más trámite excomulgó a los dos
Ministros Jueces que le habían multado con
sus votos y que eran los doctores Espiridión
Dávila y Joaquín Febres-Cordero, haciendo
extensiva la pena para el doctor Pedro Pablo Carbó.
En todo esto anduvo metido el abogado de la Curia
doctor Manuel Ignacio Neira, cuencano de orígen
y de carácter atrabiliario, que en 1869 había
recibido de parte del doctor García Moreno
la pena del confinamiento. ¡Por algo habrá
sido, ya que no era liberal ni gustaba de la política!
Las damas de la ciudad encabezadas por Dña.
Baltazara Calderón de Rocafuerte, protestaron
en el Diario La Nación, aconsejando prudencia
y pidiendo a Salvadores que diera pie atrás;
pero él ni aceptó el consejo ni levantó
la pena y el lunes 28 de Enero de 1888 sufrió
una encerrona que el pueblo le propinó en el
propio Palacio Episcopal, que fue cercado, apedreado
e insultado en el decoro que se merece por su calidad
de residencia de Obispos.
De esto salieron heridas varias personas, resultado
pasado por bayoneta el señor J. L. de la Torre.
La turba retrocedió ante el empuje de la policía
y pasó a cercar la casa del abogado Neira,
situada donde estuvo después el Colegio Nocturno
"Huancavilca", en Chimborazo entre 9 de
Octubre y Vélez. Neira se parapetó en
su propiedad y disparó desde el balcón,
contestando la lluvia de piedras que sobre él
caía. En este encuentro fue herido el joven
Eduardo Eldredge, de nacionalidad peruana.
Al día siguiente, martes 24, la opinión
pública estaba encendida contra Salvadores
y Neira. Los periódicos vociferaban en largos
y sesudos editoriales y la multitud volvió
a congregarse. Como a las ocho de la noche una compacta
muchedumbre marchó desde la Plaza de San Francisco
hasta la casa del Gobernador doctor Modesto Jaramillo,
ubicada en General Córdova entre Fco. de P.
Icaza y 9 de Octubre y de allí a la del Comandante
General Reynaldo Flores Jijón —9 de Octubre
entre General Córdova y Pedro Carbo-- pidiendo
las cabezas de Salvadores y Neira, luego siguieron
por 9 de Octubre hasta Chimborazo doblando a la izquierda,
para apedrear la casa de Neira.
En esas se encontraban cuando rompieron un farol del
alumbrado público dejando al sector en tinieblas.
Al mismo tiempo parece que una piedra fue a dar en
la frente del Comandante habilitado Paredes que dio
la orden de fuego contra la multitud. Otros dicen
que el que la dio fue un Inspector de apellido Pérez;
lo cierto es que Pérez y los soldados rasos
Godoy, Segovia, Alvarado y Romero —después
de los hechos— fueron encontrados culpables
y purgaron su delito. La soga siempre se ha roto por
el lado más flaco.
Cinco jóvenes murieron; Manuel López
y Corrales (colombiano), Víctor Coronel Sarmiento,
Manuel Antonio Franco, Leopoldo Baquerizo Ferruzola
y el chileno Carlos Cerda. Malamente heridos quedaron
Juan Rivas y Rodolfo Baquerizo Moreno (3).
EL COMITE DE LA TUMBA
Amaneció el miércoles
25 de enero y el comercio de la ciudad no abrió
sus puertas. Las campanas tocaban a rebato y luego
doblaban a
(3) Tíos de las actuales familias López
Lara, Coronel Jurado, Baquerizo Germán.
muerte. Algunos vecinos constituyeron el "Comité
de la Tumba" y presurosos distribuyeron unas
hojas volantes conteniendo un lúgubre soneto
en el que reclamaban venganza. La Facultad de Medicina
y el Club de la Unión tremolaban sus insignias
a media asta.
El Gobernador doctor Jaramillo, asustado por los acontecimientos,
mandó apresar al abogado Neira, conduciéndolo
a la Cárcel Pública en medio de una
escolta de 50 soldados mandados por el intendente
General de Policía, Benigno Cordero. Casi a
la hora meridiana el Gobernador, acompañado
del Intendente Rafael Caamaño y Cornejo y el
R. P. Egüez, se acercaron al Palacio Episcopal
y le sugirieron a Salvadores la conveniencia de salir
de la ciudad. El se resistió al principio,
pero viendo que nuevamente la multitud crecía
frente a las puertas de la casa, aceptó a la
postre, teniendo que salir custodiado. En esos momentos
la multitud lo vio y gritó: "En coche
no, en coche no” pretendiendo que saliera a
pie hasta el muelle donde le esperaba el buque de
guerra "Cotopaxi" para llevarlo a Puna,
si es que hubiera podido escapar del linchamiento
de la turbamulta.
Grande fue el trabajo de todos para impedir que lo
lincharan, el Padre Egüez fue herido de una pedrada
en el rostro y los demás acompañantes
sudaban frío ante la posibilidad de un atentado.
El coche se deslizaba lentamente entre un mar humano
y cuatro eran las cuadras que separaban al Palacio
del Muelle. Al llegar, el Presbítero Salvadores
saltó por la ventana y en precipitada fuga
esquivó a un grupo de ciudadanos que venían
contra él y por el medio de los soldados saltó
a un bote con los ojos desorbitados por el terror.
Así terminó su obra quien tan mal recuerdo
dejaba.
HACHAZOS SOBRE LAS
PUERTAS
Luego de abuchear en el muelle a los
ocupantes del bote en que huía él doctor
Joaquín Salvadores, el pueblo siguió
hacia La Merced, donde rompió a hachazos las
puertas, penetrando en el interior de la Iglesia.
El Cura Párroco de la Concepción doctor
Rafael Calderón subió al pulpito y peroró
anatemizando a los homicidas. Luego se inició
el Oficio Divino por el descanso de los muertos interviniendo
el Canónigo doctor Pedro Pablo Carbó,
revestido de casulla y demás ornamentos sagrados.
A las doce el cortejo fúnebre salió
con dirección al cementerio, siendo presidido
por los Ministros Jueces excomulgados, el M. I. Ayuntamiento,
el H. Cuerpo Consular acreditado, el Gobernador de
la Provincia y el Canónigo doctor Carbó.
El recorrido fue por 9 de Octubre hasta Chanduy y
por allí al Cementerio Católico. Muchos
lo efectuaron en tranvías cedidos por la empresa
de Carros Urbanos.
Al regreso la multitud destituyó al Intendente
General de la ciudad Benigno Cordero, obligando al
Gobernador a que nombrara en su reemplazo a un guayaquileño
de su gusto: Agustín de Tola y Dávalos.
Todo esto, en media calle, a grito pelado y con aspavientos;
de haberse aprovechado el momento para deponer al
Gobierno, la Revolución Liberal del 5 de Junio
se hubiera adelantado en casi ocho años.
¿Y qué pasó con el Obispo del
Pozo? Casi nos habíamos olvidado de él;
nunca regresó de la Puna y como allí
tampoco le querían, tomó la vía
marítima con destino a Roma donde se sinceró;
Luego recorrió Italia, España y Francia,
regresando por el Cabo de Hornos a Sudamérica;
estuvo en Chile, después en Perú, siempre
pensando en regresar, aunque fuese de incógnito,
pero la Revolución Liberal del 95 le cerró
las puertas y al fin murió en Lima en 1912,
amargado y triste, con 25 años en el destierro.
Poco después fue designado V Obispo de Guayaquil
el doctor Juan María Riera Moscoso, (4) que
llegó asustado al puerto, que tenía
fama de revoltoso.
(4) A este Obispo de buena presencia y pasta angelical,
le quieren hacer Santo a la fuerza, cuando solo fue
una buena persona, de costumbres austeras y muy humanas,
aunque no intelectual.
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