TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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MOTIN DE LOS CANONIGOS
"¡Vierte un raudal de llanto, Patria mía!
El eco funeral de esa campaña
Te anuncia ¡horror! que sangre ecuatoriana
Nuevamente vertió la tiranía"
(f) El Comité de la Tumba.

En el siglo pasado la vida de Guayaquil era pueblerina y conventual, cualquier acontecimiento trastornaba la descansada parsimonia de nuestros abuelos alborotándoles el cotarro y llenando las calles de gente dispuesta a protestar.

Esto aconteció en 1887 por culpa del IV Obispo de la Diócesis doctor Roberto María del Pozo Marín, inteligentísimo e ilustradísimo jesuita ibarreño que fue obligado a arrellanarse en cómoda mecedora de mimbre de las que tenía en su retiro de Puna antes que a ocupar la difícil Silla episcopal de Guayaquil. Allí saboreaba mariscos y respiraba el benigno clima del Golfo, acá soportaba las exigencias del clero y trabajaba por sus semejantes. Prefirió lo primero y perdió su Silla Obispal ya que sin quererlo ocasionó una de las más feroces grescas que ha contemplado nuestra ciudad en los cuatro siglos y pico que llevaba de fundada.

PRIMEROS DESACIERTOS
Hijo de padres muy católicos, Monseñor del Pozo sucedió en el Obispado guayaquileño al doctor José Antonio Lizarzaburu y Borja, fallecido el 14 de Octubre de1877 (1). Siete años estuvo la ciudad sin prelado, al cabo de los cuales, en 1884, León XIII tuvo el acierto de llenar la vacante, designando al doctor del Pozo a expresa petición del entonces Presidente de la República Plácido Caamaño y Gómez Cornejo.

La investidura del nuevo Prelado se complementó con la Consagración realizada en Panamá a principios de 1885 por Monseñor Telésforo Paúl, de la misma orden de los jesuitas, Obispo de esa ciudad y luego Arzobispo de Bogotá. Llegado a Guayaquil el flamante Pastor se encontró con una Diócesis llena de sacerdotes revueltos que habían aprovechado los siete años de desgobierno para hacer de las suyas bajo la benigna y paternal mirada del encargado de la Administración Diocesana, Monseñor Marriott. (2) "Rendición de Cuentas" gritó el recién llegado y allí comenzó la oposición sorda pero efectiva, que el clero guayaquileño declaró al nuevo jefe.

Faltaba únicamente iniciar las operaciones de guerra y la ocasión se presentó cuando el novel Obispo decidió introducir a un elemento amigo en el Coro, designando al doctor Miguel Ortega Alcocer para ocupar tal dignidad, con derecho a recibir la prebenda correspondiente. El nombramiento fue calificado de "Ad—Libitum" o lo que es lo mismo de "Espurio e ilegal" por los demás Canónigos, quienes invocaron el Derecho Eclesiástico manifestando que solo podían conferirse dichas dignidades mediante votación favorable de los Miembros del Coro Catedralicio -compuesto por los Canónigos- a los que ni siquiera se les había consultado. Y como de la palabra al hecho no hay mucho trecho, presentaron en Roma, a León XIII, un copioso memorándum denunciando el abuso.

(1) La muerte de Monseñor Lizarzaburu está rodeada del misterio. Algunos autores han llegado a aseverar que el Prelado falleció envenenado al fumar un cigarro, de los muchos que gustaba paladear cada día. Véase: Los Jesuitas en Ecuador, Página 22.— Por el doctor Wilfrido Loor. Otros, sin embargo, piensan que se debió a insuficiencia cardíaca o respiratoria, de allí el color morado de sus unas, posiblemente era asmático o le pudo dar un infarto.

(2) Monseñor Alberto Marriott Saavedra era de gran plantaje físico, enorme personalidad, había polemizado con Pedro Carbo en 1862 por aquello del Concordato de García Moreno. Si de algo podían acusársela sería de haber tenido un par de mellizos pelirrojos en una hermosa dama casada en Guayaquil, pero nada más. Los mellizos llegaron con el correr de los años a Edecanes de Alfaro. Vale.

La contestación no se hizo esperar pero llegó dirigida al Arbobispo de Quito; en ella el Papa, por intermedio de la Secretaría Apostólica, recomendaba al Primado de la Iglesia ecuatoriana que aconsejare a los Canónigos para que acepten el nombramiento por obediencia al Obispo y que luego elevaren su reclamo a la Santa Sede. No podía ser más prudente y sagaz la medida ya que se contentaba a ambos bandos y se salvaban las circunstancias evitando el escándalo, pero era tardía, porque los Canónigos estaban resueltos a todo y por eso la ignoraron por completo.

El Obispo, para evitar mayores complicaciones o como simple táctica de combate, decidió retirarse a Puna donde la Diócesis poseía una propiedad, encargando la Silla Episcopal al Presbítero Joaquín Salvadores, español de nacimiento, nada recomendable para el cargo por ser de genio irritable, propenso a los arrebatos de ira, falto de tacto y encima y para colmos, bastante presumido. Este segundo error del Obispo del Pozo hizo que perdiera el cargo y ganara el destierro en Chile. Veamos por qué.

SALVADORES EN ACCION
Comenzó el Vicario Salvadores su labor de guerra separando a dos Canónigos de la ciudad y enviándolos a los Curatos de Puna y Milagro o lo que es lo mismo, desterrándoles del teatro de los acontecimientos y rebajando sus categorías eclesiásticas. Los defenestrados fueron los doctores Pío Vicente Corral y Banderas y Leonardo A. Sotomayor. Ambos interpusieron sendas reclamaciones, Corral se negó a viajar a Puna y fue inmediatamente suspendido en sus funciones. Esta primera retaliación hizo ver a todos que la guerra estaba declarada. Del Pozo se vengaba de Corral por intermedio de su alterego Salvadores.

El doctor Corral, que no era ningún pintado en la pared, movió a las damas más linajudas de la urbe para que lo apoyaren y así las cosas, advino un hecho inusitado. Salvadores designó en reemplazo de Corral al doctor Miguel Ortega Alcocer, completando el Coro Catedralicio.

Pero faltaba la posesión material del cargo que se realizó por sorpresa en la mañana del 15 de Octubre de 1887 cuando los Canónigos estaban sentados en el Coro. Dice un testigo que de improviso se abrieron las puertas y penetraron en la Sala el impertérrito Presbítero Salvadores, seguido del doctor Ortega Alcocer, del Notario Mayor de la Curia y del Escribano Público Ignacio A. Maldonado de Herrera. Al final iba como amanuense el joven seminarista Francisco Paredes Ycaza llevando un atado debajo del brazo en donde venían escondidos la muceta, el bonete y el roquete. Antes de que los Canónigos pudieran reaccionar, el solícito doctor Miguel Ortega Alcocer, delante del Encargado de la Diócesis, el Notario Mayor y el Escribano Público a los cuales puso por testigo, declaró que tomaba posesión real y efectiva de su Canonjía, retirándose de inmediato para evitar cualquier medida de hecho.

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