TOMO II
 
 
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TOMO III
TOMO IV
     


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MODAS Y COSAS VIEJAS
Nuestros abuelos bebieron agua de la ría tomada a la hora de la repunta cuando el Guayas entra en el golfo y la correntada está limpia; sin embargo, a pesar de esos cuidados, el líquido no salía puro ni cristalino y su gusto salobre causaba disgusto. Años después se generalizó el servicio de balsas que hacían el trayecto desde Petrillo, portando botijas de barro poroso, llenas de agua.

Hacia 1870 se cruzó el Guayas con una tubería de hierro que venía desde el sitio "Aguadora". Ese año hubo un gran incendio que destruyó el edificio más alto de la época, de dos pisos y planta baja, conocido con el nombre de "La Casa de Lagomarcino" por haber sido construido para un comerciante de ese apellido que primero estuvo en Lima haciendo fortuna y ya rico llegó a Guayaquil a establecer sucursal; de él se decía que era hijo natural de Carlos IV de España y que su hermano el Rey Fernando VII para evitar disputas dinásticas le había donado una regular cantidad de duros, con la condición de que pasara a América y se alejara de la Corte, historia falsa hasta la pared del frente, pero creída a pie juntilla por el vecindario porteño.

ARREGLOS FACIALES DEL SEXO DEBIL
Hacia 1820 las guayaquileñas usaban trenzas amarradas con lazos de cintas negras o de colores vivos. Y por 1830 se peinaban a la francesa, con pequeñas flores de adorno y tapadas las orejas con graciosas roscas de pelo pegado con goma de "muyuyo". La peineta de carey color café o de nácar con incrustaciones de concha de perla, era de obligación en toda fiesta social y religiosa y había algunas de un tamaño realmente impresionante, haciendo que hasta las niñas "patuchas" lucieran esbeltas.

Los hombres se realizaban el pelo en bucles utilizando fierros cóncavos previamente calentados, las patillas llegaban a topar la barbilla y hacían juego con el pañuelo blanco de seda que se amarraban al cuello. Esa era la moda "Sucre", llamada así por el Mariscal de Ayacucho. Las señoritas también doblaban sus cabellos formando bucles o canutos y los ensortijaban con una corona de hilo hecha con "buenas tardes" ensartadas; lo malo de estas flores era que a las pocas horas se marchitaban y la quinceañera tenía que cambiarlas.

Pocos años después se generalizó la redecilla tejida que cubría buena parte del cabello, despeinado a propósito para que hiciera bulto. Después las mujeres cambiaron de parecer y dejando las redecillas se construían un moño del estilo de la Reina Isabel II de España, que partía los cabellos en dos, hacia la mitad de la frente, torciéndolos para atrás y sujetando el final con un lazo. Esta moda llegó con el traje escotado y una pequeña cinta negra en el cuello, que sujetaba un óvalo de oro, en cuyo interior se guardaba una miniatura al óleo en marfil o un bucle de pelo del ser querido. El complemento era una rosa roja, o un jazmín del cabo en la mitad de la cabeza. De este época son los versos que dedicó desde Cuenca, Dolores Veintímilla de Galindo, a su amiga Carmen Pérez de Rodríguez-Coello y que dicen:

A CARMEN
(remitiéndole un jazmín del cabo)
Menos bella que tú, Carmela mía,
vaya esa flor a ornar tu cabellera
yo misma la he cogido en la pradera
y, cariñosa, mi alma te la envía.
Cuando seca y marchita caiga un día
no la arrojes, por Dios, a la ribera
guárdala, cual memoria lisonjera
de la dulce amistad que nos unía ...

Hacia 1859 vino en la flota peruana del Mariscal Castilla un peluquero francés muy inteligente que se dio mañas para imponer la moda de Lima, que hizo furor de inmediato. El peinado se titulaba de "Alacranes", por consistir en unos graciosos ganchos que simulaban las colas de estos bichos y que airosamente lucían en la frente las elegantes damas.

No debemos olvidar que era la época del auge del romanticismo en Europa y que recién llegaba a Ecuador; razón por la que ambas poetisas se ofrendaban flores en señal de amistad y cortesía.

NUEVAS MODALIDADES DE FRANCIA
En 1870 se peinaban con "Ilusiones" tanto hombres y mujeres. Las ilusiones fueron rizos, conchas o flecos sobre la frente, formados con cabellos engominados. Los hombres rizan enormes conchas, las mujeres las usan menores y las quinceañeras solo atinan a hacerse pequeños flecos; y a tanto llegó el adefesio, que muy adustos caballeros para mejor lucir "la croqueta frontal", se tiraban el sombrero hacia atrás, aún con riesgo de perderlo en el camino. Todo por lucir bien.... la concha.

Desde 1880 apareció en el puerto la revista titulada "La moda elegante", que pronto se vendía en las mejores tiendas de ropa confeccionada. Manuel E. Rendón, Luis Rigail y Benjamín Rosales la ponían en sus vitrinas y en ellas se reproducían los últimos alaridos venidos de París por trasatlántico. Los caballeros con unos chillones zapatos amarillos con polainas blancas abotonadas a los costados. Las damas usando empinados botines que amarraban con cinta hasta casi la rodilla.

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