TOMO II
 
 
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MERCEDES MOLINA EN GUALAQUIZA
La viuda de Lorenzo Molina había tomado el estado religioso con el nombre de Sor Juana María y en 1866 llamó a su sobrina Mercedes de Jesús para que la ayudara a administrar una casa para niños huérfanos que tenía funcionando en su hogar de la calle Chimborazo entre Clemente Ballen y Diez de Agosto.

Mercedes contaba 39 años de edad y ayudó a su tía política en la dirección de dicha Casa de Beneficencia, en esas labores fue secundada por Francisca Vera de Ron, noble y abnegada dama babieca a quien la posteridad ha olvidado y que falleció a principios de siglo en casa de sus deudos los Elizalde Vera; vida de sacrificios, que colmaba el tiempo de ambas mujeres, proporcionándoles la paz y alegría que tanto habían deseado sus corazones: Contemplación interior y servicio a la comunidad. Parecía que nada nublaba el panorama espiritual de ambas cuando el Padre García, que conocía de sus sacrificios, mandó recado escrito al Padre Segura, confesor de Sor Mercedes, en que la solicitaba para la Misión del Río Gualaquiza en nuestro oriente, donde tenía urgencia de profesoras para trabajar con los indios jíbaros de la región, que se mantenían independientes y rebeldes a todo contacto.

El día de la partida las huerfanitas de la Casa lloraron amargamente pero fueron consoladas por Mercedes con dulces palabras. Francisca Vera de Ron contaba que ella había sido una de las consoladas, con las siguientes frases: "Panchita, cuando Dios pide un sacrificio y se conoce la voluntad divina, se lo ha de hacer con gusto y alegría y si conociera que su voluntad es que me quedase, lo haría con el mayor agrado ..."

GUALAQUIZA
La Misión del Río Gualaquiza se fundó a instancias de un modesto sacerdote español llamado Fray Antonio José Prieto, quien, deseoso de colonizar y evangelizar la región, se estableció a principios del Siglo XIX en tan inhóspitos parajes, descubriendo las ruinas de la Ciudad de Logroño, fundada por los conquistadores en el Siglo XVI y desbastada por los jíbaros poco tiempo después. En tales trabajos el Padre Prieto fue ayudado por el Dr. José Ignacio de Cortázar y Requena, Obispo de Cuenca, que lo auxilió con vituallas y hombres; pero, todo esfuerzo resultó vano, tragándose la selva sus trabajos y fue necesario que transcurrieran 50 años para que los Padres de la Compañía de Jesús se interesaran en el asunto, merced a repetidas súplicas del I y II Concilios Lateranenses Quitenses.

Hacia 1869 tres honestos y sacrificados pioneros habían refundado la Misión; se trataba de los Padres Domingo García – Bovo y Luis Pozzi, Italianos, y del Hermano Coadjutor Ramón García, ecuatoriano y hacia esos inhóspitos parajes se encaminó Mercedes Molina, quijote femenino de nuestra historia, decidida a pacificar a indios que ni siquiera conocía, sólo por el afán de convertirlos a la región de Cristo y una vez llegada en unión de dos huérfanas ayudantes, se instaló en una chocita que les tenían preparada y empezó a desempeñarse en la durísima tarea que el destino le ofrecía. Entenderse con indios salvajes no es labor de principiantes, pero ningún pan es duro y merced a las buenas maneras, un mundo de paciencia y algunos regalos, pobres pero atractivos, que habían llevado, pudo convencer a algunos. Pocos días después y previo el correspondiente bautizo comenzó la instrucción de la jibaría.

La Misión se componía por dicha época de seis soldados armados y un oficial de baja graduación que los comandaba, 15 jíbaros del sexo masculino, 21 del femenino y 32 niños. Las tribus de los alrededores se podían calificar de amistosas, eran de los ríos Chicano, Zamora, Pachicosa y Pachucuma, afluentes del Gualaquiza. La de Pachucuma, la más numerosa, estaba asentada cerca del famoso Pongo de Manseriche -pequeñas cascadas de aguas turbulentas donde dice la tradición que se hundieron las dos barcazas llenas de botín que traía de regreso a Sevilla de Oro el famosísimo Capitán Juan de Salinas- allí habitaban unos 400 jíbaros, las otras tres tribus eran menores y su población de ambos sexos no pasaba de 60 miembros cada. Todas muy celosas de su independencia y por la falta de caminos y lo tupido de la selva no tenían contacto entre sí, aunque estaban en guerra con los jíbaros del río Napo.

Pocos meses pudo permanecer Mercedes al frente de la escuelita que había fundado para los jíbaros. A mediados de 1872 y cuando la labor estaba rindiendo sus primeros frutos una terrible epidemia de viruela empezó a diezmar a los colonos de Gualaquiza haciendo fácil presa de los indios que no tenían defensas naturales contra la enfermedad. El Obispo Remigio Estevez de Toral, de la Diócesis de Cuenca, sabedor del peligro en que se hallaba Gualaquiza, ordenó sin pérdida de tiempo que los pobladores se trasladen a Cuenca, donde podrían curarse con mayor facilidad.

PRIMEROS AÑOS DE LA ROSA DEL GUAYAS
Mercedes Molina nació en 1828 en Baba. Su hogar no era pobre en bienes de fortuna, pues poseía las comodidades necesarias para vivir con arreglo a la decencia y a la posición social que ocupaban. La desgracia, que nunca deja de acechar, vino a ponerle crespones de luto pocos meses después y a causa de repentina enfermedad moría el jefe de la familia dejando a sus hijos en la orfandad. Trasladados a Guayaquil, donde la vida era menos ruda que en el campo, la viuda compró solar y casa frente a la Iglesia de San Alejo en el Barrio del Conchero.

Tres eran los hermanos Molina y Ayala: Miguel, el mayor, fue agricultor, poseyó la hacienda "La Delicia", fue Síndico de la Iglesia de Yaguachi y falleció de avanzada edad el 4 de mayo de 1898. En su juventud tuvo una hija llamada Delfina Adriana de la que no se conocen mayores datos y luego contrajo nupcias con Gregoria Coronado, sin descendencia.

María, la segunda, falleció en Guayaquil en 1900; primero casó con Francisco Xavier del Castillo y luego con el Dr. Juan de Dios Castro. Con numerosos descendientes de estos dos matrimonios y de otra unión que también tuvo.

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