TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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SALVESE EL QUE PUEDA
Las estadísticas criollas demostraban que los individuos varones y de edad mediana eran los más atacados, bajando el índice de enfermedad en las mujeres, ancianos y niños de ambos sexos. Ahora se sabe que el agente transmisor del mal es el mosquito que incuba sus huevos en las aguas pantanosas y estancadas, alimentando a sus larvas por espacio de algunos meses. Cuando llegan las lluvias salen a picar entre las 6 y 9 de la noche, succionando sangre, justamente a la hora en que en las calles transitan hombres de edad mediana.

Los muertos llegaron a 3.000 sólo en Guayaquil y muchas familias emigraban a los pueblos de los alrededores llevando el contagio y la muerte. Lo asombroso de todo esto es que en la sierra pocos padecían la fiebre y si esto ocurría, les daba con tal benignidad que sanaban en menos de siete días.

Los empleados públicos de Guayaquil dejaron las oficinas y algunos se tomaron el trabajo de excusar su inasistencia con esquelas corteses y mentirosas "Que tengo que irme de vacaciones porque me siento cansado" "Que aquí lo puse y no la encuentro" y así por el estilo, cada carta más falsa que la anterior. Rocafuerte, que no era lelo, multaba a diestra y siniestra, amenazando a unos y conminando a otros, que regresaran, pero pocos le obedecían.

En Quito y en Cuenca ayudaron con erogaciones económicas y lo mismo hicieron los miembros del Clero de la capital presididos por el Arzobispo Nicolás de Arteta y Calisto. Los empleados y obreros de la Casa de la Moneda donaron un día de sueldos y salarios, dando ejemplo al resto de la República. Flores también contribuyó y ordenó a los Gobernadores de Provincia que abrieran suscripciones públicas para auxiliar a los apestados. Francisca Cernadas de Santa Cruz. ex-primera dama de la Confederación peruano-boliviana, que residía provisionalmente en Quito, erogó 8 pesos.

En Noviembre la fiebre siguió diezmando personas con mayor intensidad. Mataba un promedio de 45 por día, suma grande para la población del puerto. Se habilitó un nuevo hospital en la Cárcel Pública y los médicos ya no sabían qué hacer para atender tantos febricitantes. El 8 de ese mes falleció el Dr. Ramón María Bravo, en plena faena profesional. El 24 lo acompañó a la tumba el querido galeno Dr. Juan María Bemal. Después de la peste el Concejo guayaquileño ordenó que sobre su lápida se grabaran las siguientes frases: "Director del Hospital de la Caridad, falleció gloriosamente en servicio de su patria. Por su piedad es acreedor a la memoria eterna".

LOS SINTOMAS PATOLOGICOS
Alineados en doble fila y a los lados del corredor central de cada sala del hospital, se hallaban numerosos enfermos. Unos estaban en período inicial del mal, sudorosos y febriles, la piel áspera se tornaba a veces reseca y con un color rojizo característico en esta etapa. La respiración fatigosa y los ojos inyectados y lacrimosos y casi cerrados por el dolor que se experimenta cuando abiertos. Hay angustia y el cuerpo se contrae con escalofríos. Otros ya han pasado esa etapa y se encuentran peor —si esto es posible—. El vientre hinchado y adolorido, la lengua tumefacta y enrojecida así como el resto de la cara, que ha adquirido un color violáceo. Los peores han sido colocados al fondo; están amarillos por el derrame interno de bilis, el rostro tiene la mirada perdida y posiblemente quizá ya no haya conciencia en esos organismos marchitos que despiden un "ay" de vez en cuando. A veces deliran por la fiebre y entonces se convierten en seres peligrosos, porque atacan a los presentes y gritan sin cesar. Al final, al décimo día, se presentaba el fatídico vómito prieto que no perdona; pero si no viene, el enfermo mejorará paulatinamente hasta salir del hospital, al mes, más flaco y cansado que nunca en su vida y tendrá que sobrealimentarse dos o tres meses para poder andar normalmente.

El vómito prieto es mal oliente y dicen que al que le cae encima una gota siquiera, también contrae la enfermedad. Sólo unos cuantos espíritus superiores se atreven a limpiar los pisos, recogiendo tal inmundicia en baldes que luego echarán al río. El vómito está compuesto de sangre digerida y bilis.

El Dr. Mascote contó en sus Memorias que de más de 4.000 apestados que trató en Guayaquil sólo 22 se salvaron del mortal vómito, quedando algunos inválidos y otros muy desmejorados para el resto de la vida, con escalofríos intermintentes y pérdida parcial de los sentidos.

NUEVAS DEFUNCIONES EN LA REINA VICTORIA
Mientras estos trágicos sucesos ocurrían, el "Reina Victoria" permanecía en Puna a buen recaudo de la ira de los guayaquileños. El 3 de abril de 1843, cuando la peste estaba desapareciendo, zarpó con rumbo a Tumaco y en alta mar, con fecha 11, enfermó el marinero inglés Thomas Toppan y murió, siendo su cadáver arrojado al mar.

Las autoridades colombianas le impidieron el arribo y fue a cuarentena; a poco enfermó y murió un pasajero llamado Robert Davis y también fue arrojado al mar. En este estado de cosas, el bergantín —que había cambiado nuevamente de nombre llamándose ahora "Empresa"— se hizo a la mar y se presentó el tercer caso, esta vez el Práctico, de posible procedencia nacional, que falleció trágicamente según relata el Capitán Mr. Hazard, ya que atacado de accesos furiosos sembró el pánico por la cubierta de la embarcación y cayó de cabeza al fondo de la bodega, muriendo de contado. Fue sacado su cadáver con la columna vertebral rota y los ojos salidos por la fuerza del impacto, fue a parar al océano frente a las costas de Esmeraldas.

Entonces el Capitán optó por regresar a Puna Vieja, desde donde envió una comunicación al Gobernador de Guayaquil y ahí permaneció la nave por espacio de algunas semanas, ¿Qué se hizo al fin? se desconoce a ciencia cierta, posiblemente siguió viaje al norte con otro nombre, tratando de tocar algún puerto para despistar a las autoridades que tenían un estricto cordón sanitario y así poder desembarcar su numerosa tripulación.

De las poblaciones aledañas a Guayaquil, las más afectadas fueron en orden de importancia: Milagro, Balao, Machala, Yaguachi. Naranjal, Pasaje y Chongón. En las demás las muertes fueron menos.

No se ha vuelto a repetir otra peste tan maligna en Guayaquil, ya que los estragos ocasionados por la Bubónica a principios de este siglo, no fueron comparables a los de la fiebre amarilla de 1842.

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