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SALVESE
EL QUE PUEDA
Las estadísticas criollas demostraban
que los individuos varones y de edad mediana eran
los más atacados, bajando el índice
de enfermedad en las mujeres, ancianos y niños
de ambos sexos. Ahora se sabe que el agente transmisor
del mal es el mosquito que incuba sus huevos en las
aguas pantanosas y estancadas, alimentando a sus larvas
por espacio de algunos meses. Cuando llegan las lluvias
salen a picar entre las 6 y 9 de la noche, succionando
sangre, justamente a la hora en que en las calles
transitan hombres de edad mediana.
Los muertos llegaron a 3.000 sólo en Guayaquil
y muchas familias emigraban a los pueblos de los alrededores
llevando el contagio y la muerte. Lo asombroso de
todo esto es que en la sierra pocos padecían
la fiebre y si esto ocurría, les daba con tal
benignidad que sanaban en menos de siete días.
Los empleados públicos de Guayaquil dejaron
las oficinas y algunos se tomaron el trabajo de excusar
su inasistencia con esquelas corteses y mentirosas
"Que tengo que irme de vacaciones porque me siento
cansado" "Que aquí lo puse y no la
encuentro" y así por el estilo, cada carta
más falsa que la anterior. Rocafuerte, que
no era lelo, multaba a diestra y siniestra, amenazando
a unos y conminando a otros, que regresaran, pero
pocos le obedecían.
En Quito y en Cuenca ayudaron con erogaciones económicas
y lo mismo hicieron los miembros del Clero de la capital
presididos por el Arzobispo Nicolás de Arteta
y Calisto. Los empleados y obreros de la Casa de la
Moneda donaron un día de sueldos y salarios,
dando ejemplo al resto de la República. Flores
también contribuyó y ordenó a
los Gobernadores de Provincia que abrieran suscripciones
públicas para auxiliar a los apestados. Francisca
Cernadas de Santa Cruz. ex-primera dama de la Confederación
peruano-boliviana, que residía provisionalmente
en Quito, erogó 8 pesos.
En Noviembre la fiebre siguió diezmando personas
con mayor intensidad. Mataba un promedio de 45 por
día, suma grande para la población del
puerto. Se habilitó un nuevo hospital en la
Cárcel Pública y los médicos
ya no sabían qué hacer para atender
tantos febricitantes. El 8 de ese mes falleció
el Dr. Ramón María Bravo, en plena faena
profesional. El 24 lo acompañó a la
tumba el querido galeno Dr. Juan María Bemal.
Después de la peste el Concejo guayaquileño
ordenó que sobre su lápida se grabaran
las siguientes frases: "Director del Hospital
de la Caridad, falleció gloriosamente en servicio
de su patria. Por su piedad es acreedor a la memoria
eterna".
LOS SINTOMAS PATOLOGICOS
Alineados en doble fila y a los lados
del corredor central de cada sala del hospital, se
hallaban numerosos enfermos. Unos estaban en período
inicial del mal, sudorosos y febriles, la piel áspera
se tornaba a veces reseca y con un color rojizo característico
en esta etapa. La respiración fatigosa y los
ojos inyectados y lacrimosos y casi cerrados por el
dolor que se experimenta cuando abiertos. Hay angustia
y el cuerpo se contrae con escalofríos. Otros
ya han pasado esa etapa y se encuentran peor —si
esto es posible—. El vientre hinchado y adolorido,
la lengua tumefacta y enrojecida así como el
resto de la cara, que ha adquirido un color violáceo.
Los peores han sido colocados al fondo; están
amarillos por el derrame interno de bilis, el rostro
tiene la mirada perdida y posiblemente quizá
ya no haya conciencia en esos organismos marchitos
que despiden un "ay" de vez en cuando. A
veces deliran por la fiebre y entonces se convierten
en seres peligrosos, porque atacan a los presentes
y gritan sin cesar. Al final, al décimo día,
se presentaba el fatídico vómito prieto
que no perdona; pero si no viene, el enfermo mejorará
paulatinamente hasta salir del hospital, al mes, más
flaco y cansado que nunca en su vida y tendrá
que sobrealimentarse dos o tres meses para poder andar
normalmente.
El vómito prieto es mal oliente y dicen que
al que le cae encima una gota siquiera, también
contrae la enfermedad. Sólo unos cuantos espíritus
superiores se atreven a limpiar los pisos, recogiendo
tal inmundicia en baldes que luego echarán
al río. El vómito está compuesto
de sangre digerida y bilis.
El Dr. Mascote contó en sus Memorias que de
más de 4.000 apestados que trató en
Guayaquil sólo 22 se salvaron del mortal vómito,
quedando algunos inválidos y otros muy desmejorados
para el resto de la vida, con escalofríos intermintentes
y pérdida parcial de los sentidos.
NUEVAS DEFUNCIONES
EN LA REINA VICTORIA
Mientras estos trágicos sucesos
ocurrían, el "Reina Victoria" permanecía
en Puna a buen recaudo de la ira de los guayaquileños.
El 3 de abril de 1843, cuando la peste estaba desapareciendo,
zarpó con rumbo a Tumaco y en alta mar, con
fecha 11, enfermó el marinero inglés
Thomas Toppan y murió, siendo su cadáver
arrojado al mar.
Las autoridades colombianas le impidieron el arribo
y fue a cuarentena; a poco enfermó y murió
un pasajero llamado Robert Davis y también
fue arrojado al mar. En este estado de cosas, el bergantín
—que había cambiado nuevamente de nombre
llamándose ahora "Empresa"—
se hizo a la mar y se presentó el tercer caso,
esta vez el Práctico, de posible procedencia
nacional, que falleció trágicamente
según relata el Capitán Mr. Hazard,
ya que atacado de accesos furiosos sembró el
pánico por la cubierta de la embarcación
y cayó de cabeza al fondo de la bodega, muriendo
de contado. Fue sacado su cadáver con la columna
vertebral rota y los ojos salidos por la fuerza del
impacto, fue a parar al océano frente a las
costas de Esmeraldas.
Entonces el Capitán optó por regresar
a Puna Vieja, desde donde envió una comunicación
al Gobernador de Guayaquil y ahí permaneció
la nave por espacio de algunas semanas, ¿Qué
se hizo al fin? se desconoce a ciencia cierta, posiblemente
siguió viaje al norte con otro nombre, tratando
de tocar algún puerto para despistar a las
autoridades que tenían un estricto cordón
sanitario y así poder desembarcar su numerosa
tripulación.
De las poblaciones aledañas a Guayaquil, las
más afectadas fueron en orden de importancia:
Milagro, Balao, Machala, Yaguachi. Naranjal, Pasaje
y Chongón. En las demás las muertes
fueron menos.
No se ha vuelto a repetir otra peste tan maligna en
Guayaquil, ya que los estragos ocasionados por la
Bubónica a principios de este siglo, no fueron
comparables a los de la fiebre amarilla de 1842.
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