TOMO
II |
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LA CHINTA
MORA
La Chinta Mora era una gentil damita que volvía
locos a los militares colombianos llegados a Guayaquil
en 1821, por sus coqueteos y encantos mil, que de
todo tenía la muy picarona, pues su principal
debilidad era cambiar de marido cuantas veces le venía
en gana y con tanta gracia lo hacía que los
pobrecitos ni se resentían.
Para 1821 había arribado el Coronel José
Antonio Morales y Galavís, guapo militar que
andaba por los treinta años y pico, quién
llegó a reemplazar al Coronel Gregorio Escobedo
en la dirección de la Jefatura Militar de la
plaza y que con este título enamoró
a la Chinta haciéndola suya; mas, al poco tiempo,
se atravesó el inquieto Ten. Ramón Oyague,
diez años menor que Morales y decidió
fugarse con la Chinta escondiéndola en un nidito
de amor muy disimulado y chiquito; pero, siendo la
ciudad tan pequeña. Morales se dio mañas
para enterarse del sitio donde ella estaba y cometió
la indiscreción de concurrir donde Manuel Antonio
de Luzarraga, superior jerárquico de Oyague
en la escuadrilla naval, para que intercediera a su
favor, rogándole que devolviera la presa por
que él la amaba mucho... todo esto indica que
Morales había perdido la cabeza por los encantos
de la Chinta Mora. Luzarraga cometió el error
de aceptar tan ridícula misión, tomando
parte en un enredo de faldas que en nada le correspondía,
así es que llamó a Oyague y le ordenó
que soltara a su amante, pero éste era belicoso
y le replicó con grosería, haciéndose
acreedor a una sonora bofetada y lo que es peor, a
veinte días de arresto en el cuartel.
Entonces la Chinta cambió de escondite y veinte
días después lograron reunirse ambos
amantes; entonces el Cor. López de Aparicio
que todo lo había seguido de cerca, pensó
que Oyague estaba resentido con los patriotas y podría
plegar a los realistas, conquistándole para
ese bando.
Dos días antes de la asonada que preparó
Oyague contra Guayaquil, la Chinta tuvo la precaución
de tomar pasaje a Panamá, donde al poco tiempo
se le reunió su amante y contrajeron matrimonio,
siendo muy felices afuera, porque aquí los
hubieran fusilado.
Al reseñar estos sucesos cabe pensar que Guayaquil
era para 1821 una ciudad pequeña que vivía
como Provincia Libre y Soberana al amparo de Colombia
la Grande y que aún se estaba desarrollando
el sentimiento de nacionalidad entre los americanos,
así es que mal se podría hablar de traición
en el caso de la Chinta, pues los próceres
eran un si es no cándidos y rezago de la época
de la Patria Boba seguían gravitando en el
ambiente. Los españoles o peninsulares no se
debían a Guayaquil pero sus hijos que habían
nacido en el puerto sentianse parte de esta tierra
donde habían visto la primera luz, crecido
entre amigos y parientes y habitaban quizá
para siempre, de allí el conflicto generacional
que surgió entre padres españoles e
hijos americanos con motivo de las guerras de la independencia.
La historia ilustra muchos ejemplos. Los Subtenientes
Luis y Francisco Benites y Franco murieron valerosamente
el 12 de Septiembre de 1821 en la segunda batalla
de Huachi a manos de los españoles y eran hijos
del andaluz Juan Manuel Benites y Tabares y sería
largo seguir reseñando esta clase de ejemplos.
Por ello no cabe condenar como traidores a quienes
estaban tan cerca de los acontecimientos que no los
podían distinguir en su verdadera naturaleza,
varios siglos de dominación había impedido
que germinara la idea de libertad en los tímidos
corazones de la colonia y solamente será a
partir de la revolución nacionalista del 6
de Marzo de 1845, cuando nuestros mayores se sintieron
plenamente ecuatorianos, orgullosamente nacionalistas
y comenzaron a gobernarse libres de toda traba o imposición
foránea.
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