TOMO II
 
 
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TOMO III
TOMO IV
     


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LA BANDERA DE GUAYAQUIL
A pesar de todo cuanto se ha dicho de Carlos III, autor de la expulsión de los jesuitas, éste monarca fue un católico practicante, piadoso y hasta protector de la religión en sus dominios. En 1760 obtuvo de las Cortes que declararan a la Virgen María en el misterio de la Inmaculada Concepción como patrona del reino. Meses después ordenó a las Universidades que sólo expidieran grados en favor de los estudiantes que hubieren jurado defender el bello misterio de «La concepción Purísima» y en 1761 suscribió un Real Decreto tomando a la Inmaculada por universal abogada de España y sus colonias.

Todas estas muestras de piedad, muy acordes a la época, le hicieron popular en su tiempo y cuando en 1771 ocurrió el fallecimiento de su hijo el niño Francisco Javier de Borbón, el menor de los trece que tenía en matrimonio con la reina María Amalia de Sajonia con quién se llevaba admirablemente bien, se apenó tanto y con tan vivo dolor, que no encontraba lenitivo alguno y sólo se reanimó en Septiembre con el nacimiento de su primer nieto el Infante Carlos, primogénito de los Príncipes de Asturias y el 10 de Octubre anunció la «Gaceta de Madrid» que era tanto el gozo del rey, que había decidido instituir una corporación de caballeros con el nombre de «Real y Distinguida Orden de Carlos III» pues con dicho nacimiento se continuaba la dinastía.

Pocos días después, cuando la Princesa ya convalecida del parto, pudo asistir a misa por primera vez, el Rey hizo publicar el estatuto de creación de la nueva Orden y el 7 de Diciembre celebró en brillantísima ceremonia la condecoración de los primeros miembros que fueron los duques de Frías, Medinasidonia, Miranda y Baños, los Marqueses de Villafranca del Bierzo, Guevara y Bélgida y el Cardenal de Lorenzana a quien hizo Gran Canciller, reservándose el monarca la calidad de Jefe y Gran Maestre; pero no se piense que Carlos III era un monarca bobalicón que perdía su tiempo en condecoraciones para solaz de algunos de sus súbditos; por el contrario, como buen representante del despotismo ilustrado quería monopolizar la riqueza y el poder en sus manos, asestando un golpe mortal a las cuatro Ordenes Nobiliarias españolas de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, corporaciones autónomas y propietarias de extensos fundos agrícolas que ambicionaba la corona. En efecto, en el decreto se indicaba que era INCOMPATIBLE la calidad de miembro de esas Ordenes con la nueva del rey y como. nadie podía competir contra el estado representado por el rey, dichas órdenes comenzaron a decaer de allí en adelante.

Y tan bien meditado estaba el asunto que el Art. 16 se declaraba obligatorio para el Rey, sus hijos y hermanos, usar diariamente las insignias y distintivos de la nueva Orden, costumbre que subsistió en la familia Real Española hasta 1931 en que advino la República. El 21 de Febrero de 1772 el Papa Clemente XIV firmó la Bula confirmatoria de la Orden, declarando que estaba de acuerdo con la piadosa vida del fundador y muy a propósito para el ejercicio de las virtudes de la nobleza española.

Entre los requisitos para el ingreso estaba la presentación de pruebas genealógicas hasta los abuelos solamente, un mínimo de 25 años de edad y declaración de testigos sobre la hidalguía del candidato. Posteriormente, en 1847 se modificó el estatuto original permitiéndose el ingreso de cualquier persona que se hubiere distinguido, sin considerar su origen, nacimiento o condición social y como algo inadmisible aunque políticamente bien fundado, se hizo figurar como Caballero de Carlos III y con el grado de Gran Cruz, nada menos que a San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas que habían sido expulsados por dicho rey en 1767. Sin embargo no hubo reclamos y se consumó la burla.

En 1773 Carlos III declaró que “cuando vacaren las encomiendas de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa fueren pasando a la nueva Orden y entregadas a sus caballeros” y dejó sin rentas a dichas cuatro corporaciones cuyas historias se remontaban a los primeros días de la guerra de la reconquista española. Años después languidecían como entidades puramente nobiliarias pero sin ningún poder ni influencia económica.

El distintivo de la Orden de Carlos III estaba formado por un ovalo de oro esmaltado con la figura de la Virgen Inmaculada, vestida de túnica blanca y manto celeste. En los bordes tenía ocho brazos terminados en globos lisos, todo de oro, esmaltado en celeste y blanco.

El 2 de Junio de 1804 Carlos IV reglamentó el uso de uniformes, condecoraciones, insignias, Capítulos, juramentos, ceremonial y otros asuntos varios. En 1810 eran muchos los caballeros españoles y americanos que usaban diariamente la escarapela celeste y blanca de la Orden como era de obligación y el General Manuel Belgrano, tomó ese año en Buenos Aires los colores celeste y blanco, sinónimos de apego a la monarquía española y al Príncipe Fernando, para formar la bandera argentina, pero como al poco tiempo el amor a la monarquía se trocó en rebeldía, la bandera siguió usándose sin cambio alguno, pues ya estaba dentro del corazón de los rioplatenses.

Poco después Guayaquil recibió el mensaje insurgente que nos trajo el Almirante Guillermo Brown quien nos visitó con no santas intenciones en Febrero de 1816 y cuando en la madrugada del 9 de Octubre de 1820 se pidió a Olmedo la creación de un pabellón guayaquileño, acordándose del insurgente, modificó las dos franjas celestes y una blanca, por tres y dos respectivamente, pues no podíamos tener exactamente la misma bandera aunque si parecida.

Resumiendo diremos que nuestra bandera guayaquileña fue tomada de la argentina y ésta a su vez de la escarapela celeste y blanca de la Orden de Carlos III, que se inspiró en los colores de la túnica y el manto de la Inmaculada Concepción.