TOMO II
 
 
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TOMO III
TOMO IV
     


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LOS HIJOS DE NUESTROS LIBERTADORES
De Quito y Chuquisaca nos han llegado noticias frescas de la descendencia dejada por nuestros libertadores en aquellas latitudes. Parece que el más caracoleador fue Bolívar pero el severo Gran Mariscal de Ayacucho no se quedaba atrás. De él se conoce que fue padre de dos niñas, una en Guayaquil llamada Simona en memoria del Libertador. La madre de la criatura fue una guapa morena del Partido de Yaguachi, Tomasa Bravo, que la historia ni siquiera recuerda.

Simonita tuvo una suerte aún más triste. De escasos meses fue arrebatada del poder de su madre, siendo criada por su madrina de bautizo Angela Elizalde Lamar, que la tuvo en su poder algún tiempo. Esto es lo único cierto que se conoce porque el resto está rodeado de fantasía y misterio. Se cuenta que Sucre había solicitado al General Vicente Aguirre Mendoza, su amigo de muchos años, que se hiciera cargo de la niña y la llevara a educar en Quito, internándola en algún convento con claustro y así efectivamente sucedió a la joven, de quien se dice que murió de edad provecta en Quito, de monja y sin haber salido jamás de su encierro. En síntesis, una vida gris, de sacrificios y purificación.

LA HIJA DE UN GRAN AMOR
La otra hija del Gran Mariscal llamó Teresa y fue habida dentro de su matrimonio con Mariana Carcelén y Larrea. Teresita murió misteriosamente en Quito, de solo tres años de edad, meses después del asesinato de su padre. Los historiadores no se han puesto de acuerdo sobre la causa que motivó su defunción. El venezolano Ángel Grisanti dice que Teresita fue a estrellarse contra las piedras del patio interior de la «Casa Azul» -residencia de la Marquesa de Solanda- que por esa época había trocado los velos de la viudez por las galas nupciales de su segundo matrimonio realizado con el General Isidoro Barriga de Castro, neogranadino audaz, valiente, mujerero, jugador y pendenciero, quien cierto día en que se había excedido en ingerir licor, tomó a la niña en brazos, la arrimó a la balaustrada del primer piso alto de la casa y comenzó a jugar con ella alzándola en vilo y como los brazos no estaban seguros, se le zafó, cayendo vertiginosamente al suelo. ¡Pobre criatura!.

Otros entendidos refutan a Grisanti arguyendo que lo relatado es fábula, que Teresita murió naturalmente a consecuencia de una angina, que la llevó al sepulcro.

De cualquier forma, esta segunda niña tampoco fructificó. Parecía que el apellido Sucre iba a terminar con él cuando he aquí que nos llega una tremenda nueva; en Bolivia hay descendientes salidos de un mismo tronco; un hijo natural dejado por el Mariscal en la ciudad de Chuquisaca, en Manuela de Rojas, bautizado en dicha Catedral con el nombre de César, el 10 de Junio de 1828.

La correspondiente partida se guarda cuidadosamente en la Iglesia de Santo Domingo de Chuquisaca, en unión de la de matrimonio, porque César contrajo enlace el 10 de Enero de 1867, de 39 años de edad, con Carmen Matienzo, boliviana, hija de Nicolás Matienzo y de Tomasa Carvajal, con quien estableció un honorable hogar en el pueblo de San Lorenzo, cercano a la ciudad de Tarija, donde actualmente la mitad del vecindario lleva en sus venas la gloriosa sangre del vencedor de Pichincha y Ayacucho.

De Bolívar se cuenta que era como Napoleón, amigo de ir al grano sin preámbulos y por eso se le achacan no menos de una docena de hijos en otras tantas mujeres. A ciencia cierta que no todos habrán sido de él; hasta se decía que era infecundo, mas, el propio Bolívar, en la tarde del 18 de Mayo de 1828 -según lo cuenta el autor francés Luis Peroú de la Croix, en su «Diario de Bucaramanga», estando con algunas personas alrededor del fuego y esperando la cena, aprovechó para recordar a sus deudos a los que no veía en mucho tiempo. Dijo quienes habían sido sus padres, sus hermanos, con quienes habían casado, cuántos hijos tenía y al final, como quien no dice nada, espetó lo siguiente: «El único de los Bolívar que no ha tenido hijos soy yo, porque mi esposa murió temprano y no me he vuelto a casar, pero no se crea que soy estéril o infecundo, porque tengo pruebas de lo contrario».

Afirmando con esto que no tenía hijos legítimos, nada más. Bien sabían todos que en Venezuela, su hermana más querida, María Antonieta Bolívar de Clemente, cuidaba en Caracas a un varoncito, hijo de él en una encopetada dama cuyo nombre se ha mantenido en secreto.

EL HIJO SECRETO LLEGA A QUITO
Con el paso de los años los personajes fueron muriendo para surgir a la inmortalidad histórica. En la tierra del libertador el escritor Blanco inició una monumental obra sobre su vida, hechos y circunstancias más notables, muriendo en el intento; el libro fue continuado por el no menos famoso pero falleció escritor Aspurúa, que logró culminarlo, dando los originales a la imprenta. Ante esta noticia, una comisión de notables venezolanos se acercó al autor y pidieron leer los originales antes de que salieran al público, para evitar cualquier mancilla a la memoria de Bolívar por hechos indecorosos que se pudieran comentar y efectivamente el Arzobispo de Caracas se opuso a la publicación de algunos párrafos que fueron inmediatamente destruidos.

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