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LA ATAHUALPAIA
Para enero de 1830 Colombia la grande
desaparecía sumergida en el caos y la anarquía
más completos, los últimos rezagos de
unidad se habían esfumado con el fracaso del
«Congreso Admirable» que presidió
Sucre, ante cuyo organismo renunció el Presidente
Bolívar, entregando sus funciones para alejarse
definitivamente de Bogotá, con destino a Europa,
donde esperaba envejecer y morir. Mientras tanto el
General Páez en Venezuela había segregado
esos territorios y una «Misión Amistosa»
presidida por el propio Sucre, fracasó al no
poder ingresar porque les habían prohibido
el paso en la frontera.
Entonces el «Congreso Admirable» adoptó
una nueva Constitución y asumió la presidencia
de Colombia el Dr. Joaquín Mosquera, hombre
de carácter serio y de probada capacidad administrativa,
pero que no tenía ni la popularidad ni el don
de mando necesarios para el momento. A esto vino a
sumarse el acta separatista del Cauca, donde los Generales
Hilario López y José María Obando
pronunciaron a una gran mayoría de ciudadanos
por la separación de Colombia.
El Presidente Mosquera no atinaba a impedir la anarquía
que se veía venir de todos lados y desesperaba
en su gabinete de la capital. Solo Bolívar,
con su natural talento político y comprendiendo
que el mayor peligro podría salir de Quito,
rogó a Sucre que viajara a esa ciudad, a controlar
la situación; sin embargo, ya era tarde, porque
los viejos políticos quiteños, algunos
de ellos sobrevivientes de la masacre del 2 de Agosto
y los más de las guerras del año 12,
ya lo tenía decidido y hasta contaban con la
aquiecencia del General Juan José Flores, Prefecto
del Departamento, que largamente había venido
ejerciendo el mando civil y militar a la sombra de
Bolívar.
Entonces confluyeron en Flores las condiciones necesarias
para gestar el golpe de Estado y proclamar la autonomía
del distrito Sur de la Gran Colombia. Era joven, simpático,
amable y muy ducho en el arte de agradar a las personas,
al punto que todos lo querían y admiraban y
hasta llegaban al adulo para granjearse su poderosa
protección. La tropa y oficialidad veían
en él al único hombre capaz de salvar
el orden y conseguir el dinero necesario para seguirlos
manteniendo y como el rancho es lo primero, se asían
a su nombre como tabla de salvación.
Además y desde antaño, reinaba en las
primeras clases quiteñas un afán autonomista
que buscaba a toda costa la independencia. En 1817
y luego de 1824 el Dr. Antonio Ante había conspirado
sin éxito; poco después los hermanos
Guillermo y José Félix Valdivieso quisieron
fundar la república de la Atahualpaia, nombre
tomado de la historia, del último Inca o Rey
de estos territorios, según lo ha afirmado
el Dr. Julio Tobar Donoso.
Aún no se había publicado en Quito la
historia del Padre Juan de Velasco, quien dio a conocer
la existencia de una Confederación Quitu-Puruhá
anterior al Incario, que denominó impropiamente
con el nombre de Reino de Quito, cuando solo fue una
federación con fines ofensivos y defensivos
y no un todo o ente político; por eso, a nadie
se le ocurría llamarnos Quito.
Pero los intentos separatistas ya anotados eran movimientos
aislados que no tenían repercusiones fuera
de la capital; en cambio, en la inquieta Guayaquil,
los acontecimientos habían revestido una gravedad
mayor por la invasión armada del Perú,
felizmente dominada. Por ello, en 1830, Flores creyó
conveniente mover al Cabildo quiteño compuesto
en su mayor parte por amigos personales, para obtener
la separación definitiva de Colombia y en mayo
empezó a recibir adhesiones y parabienes de
toda la República, donde también contaba
con núcleos de notables que apoyaban sus designios.
Poco después moría Sucre asesinado en
las montañas de Berruecos y Flores pudo dedicarse
a gobernar en paz con sus amigos, camarilla de talentos
limitados que no se atrevían a desobedecerle.
Flores era un hombre superior, de eso no cabe duda,
pero su falta de consistencia doctrinaria le imposibilitaba
gobernar con sólidos principios; para él,
gobernar, era simplemente mandar y se creía
predestinado porque el Libertador en sus últimos
meses de gobierno, ya desprovisto de todo favor popular
y odiado por las clases intelectuales, así
se lo había recomendado. Además «el
haber sido venezolano o sea extranjero, sin mayor
formación política o cultural, ambiguo
en la medida que se decía liberal pero se identificaba
en el fondo con los conservadores, encarnación
del mestizaje, caótico como administrador,
talentoso y emotivo, hizo que no luciera una personalidad
clara y segura, estable y confiable, capaz de impulsar
a la nación en forma ordenada y positiva.»
Sin embargo, sobre este juicio hay mucho más
que decir de él, pues era firme en sus propósitos
y empeños, y por eso se cultivó en su
retiro de Babahoyo y hasta llegó a hacer versos
que luego publicaría una de sus hija con el
título de «Ocios Poéticos».
Tampoco era tan emotivo como se ha dicho, pues se
dominaba cuando le convenía y pactaba con sus
mayores enemigos como sucedió con Rocafuerte
y García Moreno. Calculador y hasta siniestro,
hilaba fino para acabar con sus opositores y no trepidó
en poner su espada libertadora al servicio de un hijo
de la reina María Luisa, instándole
a venir a América a reiniciar la colonia. Era
pues, un maniático perseguidor del poder, no
podía vivir sin ejercer mando, su único
tema, propiamente, una manía.
En lo físico era muy atrayente, estatura normal,
cuerpo musculoso y magro, de temperamento nervioso,
siempre activo y rápido en sus movimientos
que tenían la elegancia adquirida en los mejores
salones de Colombia, donde conquistaba con un fino
gracejo popular bien administrado, sin que jamás
se le escapara ningún detalle que pudiera traicionar
su agradabilísima fisonomía, donde un
rostro blanco, pulcramente afeitado, un bigote recortado,
los pómulos algo salientes, la boca fina, el
pelo negro y ligeramente ondulado y escaso y unos
vivísimos ojos azules, lucían toda la
apostura y garbo de un centauro de nuestra independencia.
Pero Flores no se engañaba, sabía perfectamente
que fuera de sus íntimos, su nombre no despertaba
simpatías. Conocía por experiencia que
el pueblo no acostumbraba opinar y que el poder político
lo detentaban los aristócratas en las ciudades
y justamente por eso se sentía tranquilo, sus
mejores batallas gustaba ganarlas en los salones con
la intriga y las buenas maneras, para lo cual estaba
tan magníficamente dotado que aún hoy
asombra la audacia que supo desplegar en su vida.
Con tan malos auspicios nacimos a la libertad en Mayo
de 1830 y si a esto se suma que las arcas fiscales
estaban vacías, que el circulante escaseaba,
que el ejército tenía exhausta nuestra
pobre economía y que una general apatía
volvía todo gris, se comprenderá mejor
el pobre destino que le reservaba la historia a la
República, por lo menos, en sus primeros años.
Solo unos cuantos viejos próceres, masones,
democratizantes y discípulos de Jeremías
Bentham, guardaban en silencio la llama de la rebelión,
que pronto alumbraría a Quito en forma de periódico
con el glorioso nombre de «El Quiteño
Libre» y bajo la guía del Cor. Francisco
Hall.
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