TOMO II
 
 
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LOS ADULONES
Contaba el general José María Urbina, allá en su destierro de Paita, por 1862, que cuando triunfó en "Tumbuco" derrotando a las fuerzas de García Moreno, a las que puso en fuga y entró vencedor en Riobamba, ciudad que había bailado entre dos fuegos, primero con Urbina y luego con García Moreno y que por consiguiente se hallaba a merced de la clemencia del vencedor, todos temblaron de miedo

Allí fue el darse golpes de pecho, el rasgar de vestiduras y el crujir bíblico de dientes. Todos temían la justa ira de Urbina pero nadie sabía cómo iba a proceder; así pues, las damas primero y luego los caballeros, pidieron audiencia, Urbina puso la peor de sus caras y se decidió a recibirlos. Entraron las damas y no faltaron los "mijito de mi corazón", "Generalito victorioso", "Ele el ilustre vencedor", "Achachay mi General, que duro les dio a los sinvergüenzas que perdieron". "Mi vencedorcito de Tumbuco", etc. Tanto adjetivo le insufló de misericordia y terminó por chacotear con ellas en alegre camaradería; ¡Cómo se acordaban de su santa madrecita doña Rosita Viteri, cuando iba a pasar vacaciones a Riobamba! ¡Cómo de sus hermanitas linditas! en fin, eran de unas reminiscencias que no terminaban nunca.

Al fin se fueron las buenas señoras y les tocó el turno a los caballeros, quienes se disculparon muy ceremoniosamente por haber sostenido a la revolución y luego los muy ingratos -lo abrazaban- diciéndole: "mi querido José María", "Ilustre General en Jefe", "Vencedor de Tumbuco" y hubo uno, viejo y cazurro, que tirándosele a los brazos, le gritó: "Santísima Trinidad".

¿Se quiere más? ¿Adonde?

Con los adulones solo quedan tres caminos. Dejarlos hablar y no hacerles caso, plantarlos a raya o creerles sus mentiras. Esto último es peligrosísimo, porque el adulo cada vez es más alto y llega el momento en que se vuelve falso y allí ardió Troya; es, como dirían los italianos, un asunto que va increshendo, en aumento. Es como la famosa espiral inflacionaria. En Guayaquil sucedió hacia 1880 un sonado caso de adulo, que voy a referir, no como ejemplo solamente, sino como guasa, porque tiene su verso y su gracia o moraleja.

Resulta que llegó al puerto un trágico francés de apellido Bouron con su compañía de Teatro y alquiló el antiguo Olmedo, donde muy pronto anunció la representación de "La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo" en vivo y en directo y con Cristo y todo. ¡Gran conmoción!. Muchos juzgaron que asunto tan sacro no podía llevarse a las tablas, otros aplaudían a rabiar imaginándose el espectáculo imponente del templo de Jerusalén, los apóstoles y a nuestro Señor, en fin, la curiosidad pudo más que los temores y el "Olmedo" se llenó de bote en bote el día del estreno.

El Drama tenía tres partes. Primero era la prisión, luego el juzgamiento y al final la pasión y muerte. Bouron era un gran trágico y desde el principio, en su papel de Cristo, hizo lanzar sollozos al auditorio femenino y hasta alguna timorata intentó desmayarse cuando ocurrió el beso de Judas. Todo iba bien, pero lo último fue lo mejor. Salió Bouron casi desnudo, podríamos decir que en calzoncillos y esto, en el Guayaquil victoriano del siglo pasado, aunque fuera Cristo, causó sorpresa inmensa, tremenda conmoción y grave impacto, todo un maremagnun de agitación en el corazón de nuestras beatíficas abuelas.

¡También es cierto que Bouron era un atleta bien formado!. Esta explicación no viene al cuento, pero la doy para matizar el ambiente. Entonces unos criados de Caifas le empezaron a dar palo y látigo, que Bouron aceptaba con dolor fingido, como si estuviere sufriendo; luego lo crucificaron y allí permaneció algunos minutos más en expiación y a la vista del público, hasta que bajó el telón cuando ya estaba boqueando. ¡Qué de comentarios al día siguiente! ¡Qué de elogios! todo era poco, no cabía duda que Bourón había triunfado y que se quedó dos meses más con funciones nocturnas llenas de un público ávido de la novedad, que no trepidó en pegar un peso la entrada, suma cara para entonces.

Al final de tan larga temporada unos beatos señores quisieron darle un agasajo y contrataron al poeta Federico Marco Hidalgo —que tenía fama de orador— para que pronunciara el discurso de agradecimiento a nombre del pueblo y la sociedad de Guayaquil. Hidalgo era enemigo del adulo y durante el almuerzo se hostigó de las frases empalagosas que dirigían sin ton ni son a Bourón; así pues, cuando le llegó su turno, puso las cosas en su sitio con el siguiente verso que no se lo dejaron terminar. Imagine el lector por qué.

BRINDIS POR BOURÓN.- Toda beata, todo beato / toda gente de follón / dicen que el grande Bourón / aguanta más palo que un gato / y el Cristo tieso que tieso / Dizque aguantará diez mil / mientras haya en Guayaquil / Bobos que paguen un peso . . . / Ignoramos cómo habrá terminado el agasajo, pero creemos que Bourón salió de allí con el rabo entre las piernas y todo mohino con tan desaliñado chiste. Desaliñado pero verdadero, sí señor. ¿Y qué habrán dicho los señores del Comité organizador? Esto no lo ha recogido la historia chica ni la grande.