TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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COSA RARA: LA MAMA
ERA MUY FINA
Doña Teresa Larrea mujer del Marqués de Solanda y Villarocha Don Felipe Carcelén y Sánchez, era mujer muy fina, atenta y sin complejos. De aguda inteligencia, su poca ilustración propia del sexo femenino quiteño de fines de la colonia, quedaba diluida en el deseo de agradar a sus semejantes que siempre movíala en sociedad. Por eso es que de ella nadie jamás tuvo queja, ni su yerno el Gran Mariscal de Ayacucho, que llegó a estimarla en alto grado a pesar de que toda suegra es suegra.

Con los años y en cierta ocasión que Doña Teresa estaba en casa de su hija Mariana, ésta le enseñó una miniatura de Sucre quejándose de no tener dónde ponerla.

- Tanto te molesta el «manquito»

- Si mamá, no sé donde ponerlo.

- Pues hija, eso no es problema, dámelo acá, que yo le pondré en mi casa, con todo cariño. Y acto seguido se llevó la miniatura y la puso en un lugar «muy decente» de la Sala, donde estuviera a la vista de las visitas que frecuentaban su hogar pues mucho estimaba la memoria del difunto Gran Mariscal de Ayacucho.

LOS CINCO MIL
SUCRES DE ROSITA
Muchos años después y estando Rosita Carcelén -hija también de Doña Teresa- en trance de pasar a mejor vida a consecuencia de los numerosos años y achaques que la aquejaban, fue visitada por su abogado el Doctor Alejandro Cárdenas, hombre respetable y uno de los jefes del partido Liberal, que le insinuó que por testamento dejara un legado de cinco mil sucres para la construcción de la estatua de su cuñado Sucre, que se pensaba erigir en Quito por esos días.

Airada Doña Rosa Carcelén de Valdivieso repuso:-

-¡Ni medio para ese zambo! ¡Ni medio!

Pero tanto insistió el buenazo del Doctor Cárdenas que al final, cansada ya la moribunda, accedió, dejando los cinco mil sucres para la estatua, que fue inaugurada meses después en 1892, con bombos y platillos; no faltando historiadores que en forma por demás melosa hicieron notar a la concurrencia que gracias a la generosa dádiva de Doña Rosita, difunta poco tiempo atrás y que mucho había querido al Gran Mariscal su cuñado, el monumento se había embellecído con adornos.

EL MARQUES MANUEL FELIPE BARRIGA
El hijo único de Mariana en su segundo esposo, el General Isidoro Barriga, fue bautizado como Manuel Felipe, pero siempre fue llamado Luis Felipe en honor al Rey de Francia. Este vástago creció en cuerpo pero no es espíritu porque toda su vida despuntó bromista, siendo famosas las francachelas que acostumbraba correr; además y para colmos, era dueño de un perrazo, inmenso, temible y más malcriado que su amo.

El can era goloso, atrevido y muy ensimismado de su condición de mastín consentido de amo rico. Le privaba el pan, con la condición de que fuera de trigo y centeno (pan mestizo se entiende) caliente y recién sacado del horno. Por las mañanas entraba a saco a las panaderías y los dueños por miedo o por afán de lucro le dejaban hartarse a su gusto, cobrando el gasto en casa de Don Luis Felipe Barriga, que siempre pagaba sin chistar, acariciando al can en la cabeza. ¡De tal amo, tal perro!.

En otra ocasión el Marqués Luis Felipe entró a caballo en el pretil de la Catedral de Quito con el afán de oír misa, porque dizque así acostumbraba hacerlo el Santo Apóstol Santiago el Mayor, Patrón de España. Los monaguillos fueron avisados a tiempo, tocaron las campanas poniendo en alerta a los misacantanos y cerraron las puertas, con lo que se armó una tremenda batahola en el interior porque nadie sabía qué estaba sucediendo y algunos imaginaron lo peor.

También acostumbraba herrar un toro negro y salvaje que tenía en una de sus haciendas, para que los trotes del animal produjeran en la obscuridad de la noche la impresión que se trataba de un caballo cualquiera. Sacaba a pasear al rabioso animal y apostado en alguna esquina gritaba a los transeúntes.

«Por amor de Dios, agárrenme la mulita».

Y como no faltaba un alma caritativa que ayude al necesitado, algunos ilusos querían sostener a «la mulita» y se encontraban de frente y boca a boca con un toro negro y por añadidura de mal genio, que los embestía en menos de lo que se persigna un cura ñato.

Doce heridos y algunos de gravedad fue el trágico saldo que resultó de la broma en una sola de las muchas noches que tuvo lugar.

UN BAILE ZAPANESCO
También era rico y muy dado a las fiestas. En cierta ocasión invitó a muchas damas y caballeros a su casa de hacienda en el Valle de los Chillos, donde previamente había hecho preparar una gigantesca torta de dulce aderezada con semillas de zapan, de las que crecen en forma silvestre en las faldas del volcán Pichincha y que por su alto poder vomi-purgante causan violentísimos accesos, nauseas incontenibles y diarreas flatulentas.

A los asistentes les aseguró que al momento del postre les tenía reserva una sorpresa lo que así ocurrió, presentándolos la torta, que fue muy alabada por todos... Poco después, como las puertas habían sido tapiadas por fuera, la concurrencia se debatía en el cumplimiento de perentorias necesidades corporales a vista y paciencia de todos, con espectáculos y olores realmente insufribles... ¡Vaya bromita!.

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