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COSA
RARA: LA MAMA
ERA MUY FINA
Doña Teresa Larrea mujer del
Marqués de Solanda y Villarocha Don Felipe
Carcelén y Sánchez, era mujer muy fina,
atenta y sin complejos. De aguda inteligencia, su
poca ilustración propia del sexo femenino quiteño
de fines de la colonia, quedaba diluida en el deseo
de agradar a sus semejantes que siempre movíala
en sociedad. Por eso es que de ella nadie jamás
tuvo queja, ni su yerno el Gran Mariscal de Ayacucho,
que llegó a estimarla en alto grado a pesar
de que toda suegra es suegra.
Con los años y en cierta ocasión que
Doña Teresa estaba en casa de su hija Mariana,
ésta le enseñó una miniatura
de Sucre quejándose de no tener dónde
ponerla.
- Tanto te molesta el «manquito»
- Si mamá, no sé donde ponerlo.
- Pues hija, eso no es problema, dámelo acá,
que yo le pondré en mi casa, con todo cariño.
Y acto seguido se llevó la miniatura y la puso
en un lugar «muy decente» de la Sala,
donde estuviera a la vista de las visitas que frecuentaban
su hogar pues mucho estimaba la memoria del difunto
Gran Mariscal de Ayacucho.
LOS CINCO MIL
SUCRES DE ROSITA
Muchos años después
y estando Rosita Carcelén -hija también
de Doña Teresa- en trance de pasar a mejor
vida a consecuencia de los numerosos años y
achaques que la aquejaban, fue visitada por su abogado
el Doctor Alejandro Cárdenas, hombre respetable
y uno de los jefes del partido Liberal, que le insinuó
que por testamento dejara un legado de cinco mil sucres
para la construcción de la estatua de su cuñado
Sucre, que se pensaba erigir en Quito por esos días.
Airada Doña Rosa Carcelén de Valdivieso
repuso:-
-¡Ni medio para ese zambo! ¡Ni medio!
Pero tanto insistió el buenazo del Doctor Cárdenas
que al final, cansada ya la moribunda, accedió,
dejando los cinco mil sucres para la estatua, que
fue inaugurada meses después en 1892, con bombos
y platillos; no faltando historiadores que en forma
por demás melosa hicieron notar a la concurrencia
que gracias a la generosa dádiva de Doña
Rosita, difunta poco tiempo atrás y que mucho
había querido al Gran Mariscal su cuñado,
el monumento se había embellecído con
adornos.
EL MARQUES MANUEL FELIPE
BARRIGA
El hijo único de Mariana en
su segundo esposo, el General Isidoro Barriga, fue
bautizado como Manuel Felipe, pero siempre fue llamado
Luis Felipe en honor al Rey de Francia. Este vástago
creció en cuerpo pero no es espíritu
porque toda su vida despuntó bromista, siendo
famosas las francachelas que acostumbraba correr;
además y para colmos, era dueño de un
perrazo, inmenso, temible y más malcriado que
su amo.
El can era goloso, atrevido y muy ensimismado de su
condición de mastín consentido de amo
rico. Le privaba el pan, con la condición de
que fuera de trigo y centeno (pan mestizo se entiende)
caliente y recién sacado del horno. Por las
mañanas entraba a saco a las panaderías
y los dueños por miedo o por afán de
lucro le dejaban hartarse a su gusto, cobrando el
gasto en casa de Don Luis Felipe Barriga, que siempre
pagaba sin chistar, acariciando al can en la cabeza.
¡De tal amo, tal perro!.
En otra ocasión el Marqués Luis Felipe
entró a caballo en el pretil de la Catedral
de Quito con el afán de oír misa, porque
dizque así acostumbraba hacerlo el Santo Apóstol
Santiago el Mayor, Patrón de España.
Los monaguillos fueron avisados a tiempo, tocaron
las campanas poniendo en alerta a los misacantanos
y cerraron las puertas, con lo que se armó
una tremenda batahola en el interior porque nadie
sabía qué estaba sucediendo y algunos
imaginaron lo peor.
También acostumbraba herrar un toro negro y
salvaje que tenía en una de sus haciendas,
para que los trotes del animal produjeran en la obscuridad
de la noche la impresión que se trataba de
un caballo cualquiera. Sacaba a pasear al rabioso
animal y apostado en alguna esquina gritaba a los
transeúntes.
«Por amor de Dios, agárrenme la mulita».
Y como no faltaba un alma caritativa que ayude al
necesitado, algunos ilusos querían sostener
a «la mulita» y se encontraban de frente
y boca a boca con un toro negro y por añadidura
de mal genio, que los embestía en menos de
lo que se persigna un cura ñato.
Doce heridos y algunos de gravedad fue el trágico
saldo que resultó de la broma en una sola de
las muchas noches que tuvo lugar.
UN BAILE ZAPANESCO
También era rico y muy dado
a las fiestas. En cierta ocasión invitó
a muchas damas y caballeros a su casa de hacienda
en el Valle de los Chillos, donde previamente había
hecho preparar una gigantesca torta de dulce aderezada
con semillas de zapan, de las que crecen en forma
silvestre en las faldas del volcán Pichincha
y que por su alto poder vomi-purgante causan violentísimos
accesos, nauseas incontenibles y diarreas flatulentas.
A los asistentes les aseguró que al momento
del postre les tenía reserva una sorpresa lo
que así ocurrió, presentándolos
la torta, que fue muy alabada por todos... Poco después,
como las puertas habían sido tapiadas por fuera,
la concurrencia se debatía en el cumplimiento
de perentorias necesidades corporales a vista y paciencia
de todos, con espectáculos y olores realmente
insufribles... ¡Vaya bromita!.
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