TOMO II
 
 
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TOMO III
TOMO IV
     


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LAS BROMAS DE LAS CARCELEN
- Hijo, no te cases con tu prima Mariquita, que no te conviene.

- Pero mamá, usted bien sabe que soy mayorcito y que Mariquita me gusta mucho; además, desde que me quedé viudo de la Lola, he puesto los ojos en ella para que sea mi segunda esposa.

Así respondía Modesto Larrea Jijón a su madre doña Rosa, Marquesa de San José, que no veía con buenos ojos que su único hijo pensara contraer segundas nupcias con su prima María Carcelén y Larrea, hija del Marques de Solanda.

- ¿Y por qué no puedo casarme con mi prima Mariquita?

- Por que no te conviene. ¿No ves que todas las Carcelén son maleducadas y amigas de gastar bromas pesadas? Además esa Mariquita tiene que ser igual que Mariana.

Y así era efectivamente porque mientras el novio había recibido la más esmerada educación que se solía dar en esos años a los jóvenes nobles en España, hasta donde había viajado para matricularse en el Colegio Mayor de Sevilla, las primitas Carcelén jamás habían salido de sus haciendas en el Valle de los Chillos, donde daban frecuentes fiestas que terminaban en groseras chanzas y bromas.

«En una de esas fiestas -cuenta Cristóbal Gangotena Jijón, nieto del Modesto Larrea de esta Crónica- fusilaron a mi abuelo».

FUSILADO POR ABSTEMIO
Al pobre Larrea le fue mal, tal como se lo pronosticara su madre, en el matrimonio que contrajo con Mariquita Carcelén. El era abstemio, pero ella no, y un día, en un paseo campestre en el Valle de los Chillos, sus parientes políticos lo sujetaron en una silla mecedora obligándole a ingerir grandes dosis de vino tinto que le introdujeron a la fuerza por la garganta con un tubo traído exprofeso de Quito. El pobre Larrea quedó hecho una desdicha; no podía sujetarse y mucho menos andar, trastabillando fue a remojarse en un río cercano y al llegar, perdiendo un poco el equilibrio que le quedaba, fue a dar de bruces. De allí lo sacaron casi agónico y desde ese día no volvió a darle la cara a su prima Mariquita.

Años después, cuando fue designado por el gobierno ecuatoriano Ministro Plenipotenciario ante la Santa Sede, pidió y obtuvo del Papa la nulidad del matrimonio contraído en Quito con su prima; casando a corto plazo y por tercera vez, con María Donoso Zambrano, con lo que se repitió aquel viejo adagio que dice:

«A gato viejo, ratona tierna».

MUCHO ARDOR PARA
UNA SIMPLE PAPAYA
En el libro que sobre Sucre escribiera en Quito el historiador venezolano Angel Grisanti, se lee que en cierta ocasión Cristóbal Gangotena le contó lo siguiente:

- Mi abuelo -se refiere al mismo Don Modesto- era hombre ardiente, fogoso y apasionado. Cuando en los supremos instantes de intimidad APECHUGABA con verdadera fiebre amorosa a Mariquita; ésta, como una PAZGUATA, no correspondía a aquellas ardientes efusiones. ¡Mariquita era una PAPAYA, por lo insípida!. Ella solía contar a sus amigas o parientes con una ingenuidad de colegiala o de idiota, escenas lo más íntimas y regocijantes, ocurridas entre ella y su ardoroso marido. Y concluía casi siempre así: “¡Ay Dios mío! La noche menos pensada José Modesto me va a matar con sus apretujones y arañazos y yo voy a morir como una palomita en las garras de un gavilán”.

Pero como no todo en este mundo es orégano, oigamos qué dicen los apologistas de Mariquita Carcelén que le «zampan» toda la culpa del divorcio a Modesto Larrea, informando que éste, además de ser un Don Juan de cuerpo entero, era la mar de celoso. ¡Qué intrígulis! Que no dejaba tranquila a su esposa y que le entró la idea de divorciarse de ella cuando la hijita que tuvieron nació muerta. ¡Tómese en cuenta que este fue, sino el primero, el más sonado divorcio, hace más de cien años, en el territorio nacional

LA MAS CELEBRE DE TODAS:
MARIANA
Mariana, la mayor de las Carcelén Larrea y la más célebre de todas por sus matrimonios. Primero casó con el Gran Mariscal de Ayacucho, por poder, mientras éste se encontraba en Bolivia y como circunstancia curiosa menciono que dos días antes que se celebrara la ceremonia en Quito, Sucre fue alevosamente herido en Chuquisaca durante el motín de «Los granaderos».

Por esta razón diría años después Don Antonio Flores Jijón en una comentadísima Necrología denominada «Isidorito», que si la bala de Chuquisaca se hubiera desviado un poco, en lugar de romperle el brazo derecho lo mataba, con lo que la joven y bella Marquesa se habría desposado con un muerto... sin saberlo y por poder.

Pero al fin el trágico destino de Sucre se cumplió, cayendo asesinado en las selvas de Berruecos y antes del año su viuda contraía nuevas nupcias con el General y también Prócer Isidoro Barriga de Castro, conocido por su afición desmedida a las mujeres, al vino, a los naipes y a las muelas de Santa Apolonio, vulgarmente llamadas dados.

A este segundo marido lo quiso mucho, por lo que acostumbraba decir Doña Mariana: «Con Sucre me casaron, con Barriga me casé», y cuando alguna persona le inquiría si era la viuda del Gran Mariscal de Ayacucho, con mucha sorna contestaba: «Yo soy de mi cucho, yo soy de mi cucho», que en habla femenina quiteña significaba «soy de mi sucucho» o de mi rincón, indicando que no tenía dueño ni recuerdos y que había matado el pasado.

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