TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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LA ANTIGUA SEMANA SANTA QUITEÑA
Por los años de 1835 a las 6 de la tarde del día anterior al Domingo de Ramos, numerosos niños se reunían en la Catedral de Quito para iniciar los festejos de la Semana Santa. A los pocos minutos y en grupos de doce se distribuían por las calles entonando canciones religiosas y portando maniquíes de a cuatro metros, vestidos con tela de basquiña blanca, amarrada en los tobillos con un cinturón. Tienen enormes cucuruchos por sombreros, de los que penden hacia atrás dos cintas de tela que se agitan y flotan: son las "Almas Santas" que pasean una vez al año alegrando la tristeza crepuscular andina y asustando a los pocos afuereños que no se explican qué serán aquellos bultos blancos que han visto desfilar ante sus ventanas ...

DOMINGO DE RAMOS
En los templos se bendecían palmas y ramos con mucha solemnidad y boato. En el de San Francisco era famosa la procesión interior de la misa de diez de la mañana, a la que concurrían las más adineradas familias quiteñas portando largos palos que sostenían racimos de cocos, troncos de caña y de banano, cuyas hojas se habían trenzado en forma original y formando diversas figuras y alegorías. Por la nave central pasaba la procesión de Ramos en memoria de la entrada de Nuestro Señor en Jerusalem montado en el asno bíblico y no faltaba el pobre animal sobre el que habían colocado un gran Cristo de madera, que desde lejos parece moverse, debido a las sacudidas del irreverente jumento.

A sus lados caminan dos legos del convento que lo sostienen con un brazo y con el otro agitan palmas. Luego vienen los demás miembros de la comunidad, formando parejas, con palmas y cánticos que la muchedumbre corea.

Todo era incienso y alegría porque al final aparecía el superior bendiciendo a los presentes con agua y no había quien quisiera quedarse sin una gota aunque sea y se aplastaban unos con otros para alcanzar tan loable objetivo. Al fin y después de varias vueltas por los costados del templo, termina la ceremonia, la comunidad volvía al claustro y se desbandan los mojados presentes por la plaza, a realizar sus compras de feria, pues es domingo.

BENDICION DEL ASNO PASCUAL
En otros conventos como en el de Sta. Clara, las monjas realizaban una ceremonia previa de bendición del asno que llevaría Nuestro Señor. Se reunían en el patio interior y ante el público pronunciaban una larga letanía. Enseguida lo ensillaban y sacaban con cuidado para que en el templo fueren los fieles quienes colocaran al Cristo y religiosas y muchedumbre recorrían las calles adyacentes cantando loas de alegría porque se conmemoraba un hecho glorioso. De las ventanas arrojaban flores y no faltaban los buenos cristianos que alimentaban al pollino durante el recorrido.

PROCESION DE DAMAS Y BARBEROS
La tarde del domingo y a eso de las 6, salían las más emperifolladas damas quiteñas acompañadas del gremio de barberos.

Abría la marcha un grupo de gentes del lugar con antorchas encendidas en las puntas de largos palos, habiendo dos más largos que los demás.que terminaban en forma de estrella. Después seguían dos maniquíes altos, uno masculino y otro femenino, que representan a San Juan y Santa Magdalena, seguidos de Tres Almas Santas, la del medio era mayor y su traje terminaba en punta que sostenía un niño vestido de blanco, con alas de ángel y corona sobre la cabeza. El conjunto de figuras y personas agitaban sonajas y matracas produciendo un ruido fenomenal.

Enseguida avanzaban las damas vestidas de negro, con cirios encendidos en las manos y en grupos de dos, pudiendo contarse unas sesenta. Atrás venían tres almas Santas, pero las de los lados iban de negro y portando grandes espadas; enseguida aparecía el gremio Barbero vestidos con su tradicional uniforme; poncho estrecho, calzón blanco hasta la rodilla y camisa con mangas, descalzos y sin medias...que en parejas sostenían incensarios de plata y presidían las dos parihuelas costeadas para el efecto.

NUESTRO SEÑOR Y DON SIMON CIRINEO
Los grupos escultóricos estaban bajo palio y guarnecidos con lamparillas y espejuelos, el conjunto dorado al fuego con pan de oro de 24 kilates, constituían una obra de artesanía colonial quiteña de indiscutible valor. En la primera anda iba Cristo vestido de terciopelo morado con finos adornos tejidos con hilos de plata y oro. Después llegaba "Don Simón Cirineo", representado por un caballero vestido a la moda, con casaca de terciopelo negro, corbatón grande que alcanza hasta las orejas, bigotazos impresionantes y para completar tan vistoso monigote le colocaban medias blancas de seda y zapatos de hule con hebillas de oro. ¡Este don Simón fue un gran hombre! —Dicen los presentes— entre dientes, al verle pasar, y no es para menos, porque tiene apariencia de autoridad con tanto lujo que gasta. ¡Si hasta podría pasar por un majo sacado de la misma España, por el sombrero ladeado que altivamente lleva en la frente!.

Finalizaba este grupo con numerosas mujeres del pueblo cantando música sacramental y con enormes cirios encendidos para alumbrar el paso al Juez Subdelegado de Policía que traía un farol enorme y precedía a la imágen de Nuestra Señora de los Dolores del Convento de San Francisco, vestida de terciopelo morado en señal de luto, con hermosas estrellas de hilo de oro que centellaban a cada movimiento. Músicos y danzantes mezclados con la procesión y dos Marías Magdalenas que lloraban a moco tendido y presagiaban lo peor para el Jueves y Viernes Santos. ¡La gente tiembla y se horroriza por el próximo fin de Jesús!.

LUNES SANTO DIA DE LOS INDIOS QUITEÑOS
Al día siguiente y muy por la tarde se realiza la procesión de Indios que abarca de tres a cuatro cuadras. No hay sacerdotes entre los presentes, que caminan callados por varias calles hasta perderse en la catedral donde se oficia el ritual de Semana Santa.

Por la noche los "Penitentes" visitaban casas y posadas de la urbe causando sustos y sobresaltos. Los más importantes caballeros de Quito vistiendo largas túnicas y cucuruchos de color violeta y con un platillo en mano, ocultos enteramente de pies a cabeza, pedían limosna en las puertas sin proferir una sola sílaba. Estas dádivas servirían para los festejos del Jueves y Viernes y era fama que el dinero recolectado jamás se extraviaba en manos de los penitentes. ¡Tanta la honradez!.

MIERCOLES SANTO: PROCESION DEL OBISPO
A las 10 de la mañana se inicia la marcha con numerosos "penitentes" del pueblo, con soga al cuello y corona de espinas, caminando descalzos sobre el duro empedrado. Luego desfilaban profesores y alumnos del Real Convictorio de San Fernando, uniformados de terciopelo negro con distintivos bordados en hilos de plata. Continuaba una "Alma Santa" con la cruz a cuesta y dos santos en parihuelas; después llegaba el Colegio de San Luis formando por profesores y alumnos vestidos mitad de morado y mitad de amarillo; continuaba una escena bíblica —igualmente sobre parihuela— que representaba al huerto de los Olivos: un ángel consolando a Nuestro Señor, que lloraba de rodillas; desfilaban Funcionarios y Oficiales de la adcifijo; varias damas devotas y otra parihuela con la escena del huerto con un San Pedro arrodillado y pidiendo perdón al Ecce Homo; enseguida algunos caballeros cargando un enorme crucifijo; varias damas devotas y otras parihuela con la escena del descendimiento con Cristo, la Virgen, San Juan y dos discípulos y al fin, los siete Canónigos de la Catedral, cubiertas las cabezas con capuchas de tafetán negro y sotanas de la misma tela y color que terminaban en larga cola en punta de no menos de cinco mtrs. de largo.

Luego de un buen trecho aparecían cuatro honrados vecinos portando otras tantas banderas de tela negra con cruces bordadas de rojo, que hacían flamear al viento y el Obispo Dr. Nicolás Joaquín de Arteta y Calisto, que siempre tuvo fama de ser fanático, con el santo sacramento cubierto con un velo y numerosos policías que le abrían campo a tiempo que la muchedumbre de curiosos que observaban desde ventanas y aceras, se arrodillaban en señal de respeto y devoción. Pasado el viático volvía la gente a encresparse y eran muchos los contusos y heridos que resultaban del apretujamiento en las estrechas callejuelas del Quito colonial.

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