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IDILIO
DE UNA MARQUESA EN LOS TOROS EMBOBADOS
El 27 de julio de 1805 se bautizó
en Quito la hija mayor de Felipe Carcelén y
Sánchez de Orellana y Teresa de Larrea y Jijón,
Marqueses de Solanda y de Villa Rocha y fue llamada
Ana María, pero por razones que no puede explicar
la historia «cuando llegó a mayorcita
le decían Mariana y hacia 1822 era una de las
más hermosas herederas de la capital. No le
faltaban propuestas ni pretendientes ansiosos de compartir
con ella el pingue Mayorazgo.
El viejo Marqués la tenía reservada
para algún noble con cercanos entronques españoles
pero he aquí que se vino la independencia y
cambiaron sus planes. Después de la batalla
del Pichincha don Felipe se apresuró a invitar
a Sucre a su casa y lo que sucedió entonces
es fácil de imaginar; pues, al penetrar el
héroe al salón de recibo no pudo menos
que sorprenderse con la presencia de la hija mayor
de su anfitrión, que solícitamente extendió
su blanca mano para que la besara.
¡Qué momento! -dice el historiador Vicente
Pesquera- el que se dió, cuando las miradas
de Sucre y Mariana se cruzaron llenas de asombro;
él iba vestido de gran uniforme y ella muy
escotada y alhajada. La visita fue corta por primera
y de etiqueta, pero debió repetirse y al poco
tiempo el Marqués le dijo a Sucre: «Señor
General. Tengo cuatro hijas y ningún varón
que las represente. Mariana es la mayor y en consecuencia
mi heredera. Le ofrezco a Ud. su mano, esperando que
no nos desaire pues me haría gran servicio
aceptándola para que yo muera tranquilo».
El golpe fue bajo y certero pues Sucre no debió
saber qué contestaba. Si decía no, caía
en un soez desaire y si decía que sí,
se comprometía para siempre, así es
que muy calmadamente le respondió: «Soy
militar y no sé qué suerte me espera
en el futuro. Debo continuar esta guerra por mandato
del Libertador y si la suerte no es adversa, haré
lo posible por complacerle». Buena salida, pero
insistió el Marqués y dejó a
Sucre sin argumentos. Entonces se decidió su
suerte, su desgracia y su muerte.
¿Porqué no aceptó Sucre inmediatamente?
José Joaquín Pino de Ycaza sugiere que
el héroe estaba profundamente enamorado de
Pepita Gaínzay Fernández Medrano, guayaquileña
a quién había conocido y tratado en
el puerto, hija del Brigadier Gabino de Gaínza
y de Gregoria Rocafuerte y Bejarano. Entre Sucre y
Pepita solo existía una emoción inicial,
simple ilusión primera, pues solo se habían
visto dos o tres veces, sin haber charlado a fondo
corno es del caso en todo idilio; mas, Sucre, no la
podía olvidar, y es que Pepita tenía
unos ojazos negros profundos que lo volvían
loco. Quizás por eso escapó apresuradamente
de Quito y se vino a Guayaquil con el pretexto de
recibir a Bolívar pero con el secreto deseo
de estrechar en sus brazos a la mujer de sus sueños.
Pocos días después la sociedad porteña
agasajó a Bolívar con un baile de gala
que se celebró en la esquina de 9 de Octubre
y Pichincha, donde hoy se levanta el edificio del
Banco La Previsora y en cuyos bajos existe una placa
de bronce conmemorativa a este hecho.
Esa noche se bailó a la francesa con mazurcas,
polkas y rigodós, haciendo alardes de gracia
y soltura y cuando las cuadrillas se iniciaron, los
caballeros a la derecha y las damas a la izquierda,
Sucre tomó de pareja a Pepita que temblaba
de impaciencia por estar cerca de su amor y comenzó
la fantasía de una danza que recordaba los
movimientos del ejército imperial en la célebre
batalla de Austerlitz. Luego se volvió a las
polcas rápidas y finalmente el cuarteto de
músicos criollos tocó algo suave como
lejano lamento venido de allende los mares y se unieron
los cuerpos en tierna caricia amorosa. ¡Qué
deleite! Sucre estaba convencido de la sinceridad
de su amor y cuando finalizó el baile, al querer
separarse de Pepita, notó muchas miradas picaras,
pues sus medallas estaban enredadas en el finísimo
encaje de la blusa y prácticamente era imposible
sacarlas, pero como él siempre fue un educado
caballero, se le ocurrió decir: «Señora,
vuestras son mis medallas, vuestras mis glorias...»
Ella simplemente reía pero se llenó
de orgullo.
Estaba planteada la lucha en el corazón de
Sucre, en Quito se rumoraban sus flirteos con Mariana
y en Guayaquil hasta los sordos sabían sus
amores con Pepita. ¿Cuál ganaría
su mano?.
Hoy, después de tantos años transcurridos,
nos parece que a Pepita le faltaron padrinos porque
estando su padre tan lejos, ocupando una altísima
posición en Guatemala, no hubo quién
abogue por ella y como Sucre era algo tímido
y muy circunspecto, no se dedicó a declararle
su amor, mientras que en la capital prácticamente
le habían pedido la mano.
Y sucedió que regresó a Quito y se metió
de lleno a resolver los problemas de la administración
del Departamento Sur de la Gran Colombia sin acordarse
más de estos amoríos, hasta que habiendo
llegado el primer aniversario de la Batalla del Pichincha,
el diablo decidió crear problemas haciendo
que los quiteños declararan tres días
de festejos y jaranas.
La víspera del aniversario fue llevada la imagen
de la Virgen de las Mercedes en solemne procesión,
por la noche hubo luminarias en la Plaza Mayor con
diversos juegos de pólvora, que ocasionaron
fuertes detonaciones con brillantes destellos. Al
día siguiente 24 de Mayo de 1823, una salva
de artillería anunció el inicio del
festejo y en las faldas del Pichincha se comenzaron
a mover algunos batallones imitando las líneas
del combate. Como a eso de la diez comenzó
el desfile de carros alegóricos ricamente adornados
con guirnaldas de flores. El primero conducía
dos estatuas que simbolizaban la verdad y la justicia
sosteniendo un retrato de cuerpo entero de Bolívar,
con leyendas alusivas a su gloria. Varios jóvenes
vestidos de indios tiraban del carro triunfal y desde
los balcones, las damas festejaban con palmas ese
alarde de patriotismo. Numerosos arcos se habían
levantado en el trayecto y todos gritaban: «Vivan
los Libertadores Bolívar y Sucre».
A las doce numerosos invitados de uno y otro sexo
ocupaban los salones de la Casa de Gobierno donde
el General Bartolomé Salom había preparado
un abundantísimo y delicioso almuerzo. Las
sillas de cabecera fueron reservadas para Bolívar
y Sucre y hablaron el General Salom, el Dr. José
Fernández-Salvador y el Coronel Cerveleón
Urbina, médico militar que años después
contrajo matrimonio con la viuda de Martín
de Chiriboga.
Como a las tres los presentes fueron a espectar una
soberbia corrida de toros en la Plaza Mayor, que felizmente
no resultó accidentada. A las seis los primeros
faroles empezaron a prenderse y el pueblo reía
con el juego de los toros embobados o vacas locas
como hoy se les conoce y allí fue cuando las
jóvenes, aprovecharon la penumbra reinante
para entablar conversación con los militares
colombianos. Entonces -dicen las crónicas-
la marquesita de Solanda se acercó a Sucre
y lo saludó con aire de mujer fatal. ¡Ah
juego de los toros embobados! Sirvió para que
Sucre cayera rendido bajo las flechas del dios Cupido.
A las nueve los comerciantes quiteños ofrecieron
un suntuoso baile que se prolongó hasta las
primeras horas de la madrugada y al que concurrieron
Sucre y Mariana.
El 25 se celebró un solemnísimo Te Deum
en la Catedral con el concurso de las autoridades.
La oración gratulatoria corrió a cargo
del Provincial de los Mercedarios Fray Pedro Bou.
A la salida se realizó el juego de la «Corrida
de sortija a caballo» en la Plaza Mayor y hubo
almuerzo campestre ofrecido por el ejército
libertador en la llanura de la Alameda. A las tres
de la tarde hubo otra corrida de toros en la Plaza
Mayor y por la noche se representó la obra
dramática «Roma Libre» ejecutada
por los alumnos del Colegio de San Fernando bajo la
dirección del Profesor de Artes, Manuel Zambrano.
A todo esto no fue ajeno el General Sucre, que concurría
dando su brazo a la Marquesa y presentándola
como su prometida.
El 12 de Febrero de 1826 y desde la lejana Chuquisaca,
ya liberado el Perú, Sucre escribió
a Bolívar notificándole su resolución
de formalizar su compromiso con Mariana Carcelén
y que había pedido al General Vicente Aguirre
que lo representara en la ceremonia religiosa que
se celebró el 20 de Abril en Quito.
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