TOMO II
 
 
 TOMO I
TOMO III
TOMO IV
     


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POCA CULTURA Y MUCHO COMERCIO
La colonia china era extensa y dedicaba sus actividades comerciales a las regiones agrarias. Españoles e italianos competían en promover negocios de restaurantes y cafés. Los nacionales vendían telas al menudeo. Todo se importaba y los paños y bayetas nacionales por ser gruesos, solo servían para jergas y limpiones.

Los chicos pasaban a dependientes de tiendas y bazares desde los 12 y 14 años, eran escasos los que llegaban a terminar la educación media, que se impartía en el Colegio San Vicente (hoy Rocafuerte). La Facultad de Jurisprudencia recién tenía meses de creada y habían pocos alumnos matriculados.

Casi no existían librerías, la Biblioteca Municipal fundada por Pedro Carbo data de 1862 y la censura eclesiástica impedía la introducción de obras contrarias a los intereses de la Iglesia y se llegaba a la exagerada pudibundez de prohibir los textos de anatomía por contener láminas de desnudos.

Las mayorías eran analfabetas y no usaban calzado. Varios jóvenes de la generación posterior a 1860 habían recibido la enseñanza que impartían los religiosos venidos de Europa. Algunos espíritus selectos cultivaban las bellas letras y se reunían semanalmente. Existen sociedades literarias en todo el Ecuador y los periódicos que editan circulan libremente; mas, la gente del país pierde tiempo y energías en discusiones baladíes, chismes sociales y de índole política.

La Sociedad Filantrópica del Guayas mantenía dos escuelas de artes y oficios con buen éxito: la Anzoátegui y la de Manualidades, donde se preparaban artesanos competentes. La masonería estaba perseguida, así como el urbinismo y se llevaba un estricto control del ingreso de sujetos extranjeros para evitar la influencia exterior.

TRANSPORTES Y MEDIOS DE LOCOMOCION
El Camino Real (Guayaquil - Babahoyo - Guaranda - Latacunga - Quito) había sido remodelado en las administraciones del General Flores y aún se lo conoce con dicho nombre. García Moreno intentaba llevar el ferrocarril de Duran a Quito, pero sólo logró colocar 16 kilómetros de durmientes en terreno plano por la zona de Yaguachi. Durante el invierno esta prohibido transitar en coche por las calles de Guayaquil so pena de multa. En verano circulaban pocos carruajes y la mayor parte de las personas viajaban en mulas o caballos y de noche se salía a pie al Malecón. Las carretas eran más frecuentes para llevar y traer objetos.

PARENTESCO Y EXCESOS EN EL LICOR
Casi todo el vecindario estaba emparentado de alguna manera; pocos eran los extranjeros que, desafiando los rigores del clima y las enfermedades de nuestro trópico, se instalaban en Guayaquil y formaban familia. Toda fiesta era motivo de algazara y solaz. Se bebía mistelas azucaradas de intenso sabor a caña; mucho ron y aguardiente de panela y guarapo. La cerveza y el coñac eran licores exóticos de gran lujo. Entre el pueblo abundaban los partidarios del puro y la chicha con trágicas consecuencias. Velorios y cumpleaños se sucedían a menudo, también se abusaba del licor con brindis y lamentos según vengan al caso. El cementerio estaba al final del "Camino de la Legua" y al fondo de la "Calle de los Suspiros" (actuales Juan Pablo Arenas y Julián Coronel) y por su buen gusto era único en su género en Sudamérica.

PERSONAJES RAROS DEL DIARIO VIVIR
Los sábados salían los mendigos a recoger limosnas y almorzaban donde sus protectores. A las 4 de la tarde ya no quedaba uno sólo en el centro. En el patio de una casa de la actual calle Clemente Ballen, que fue propiedad de la familia Monteverde Bonín, acostumbraba operar el doctor Miguel Perdomo Neira, personaje raro y curioso, oriundo de Tolima, en Colombia, que vivió muchos años en el oriente aprendiendo los secretos de la botánica indígena. Tenía unos polvos que aplicados al paciente impedían las hemorragias e insensibilizan al dolor.

Su especialidad era rebajar tumores y lobanillos superficiales; pero a veces y en su audacia, llegaba a extirpar bocios y otro tipo de anomalías orgánicas, suturando heridas con hilo y aguja comunes. Durante sus intervenciones vestía túnica o mandil rojo de "propiedades mágicas y antisépticas" Nunca cobró honorarios fijos y aceptaba lo que le daban voluntariamente sus pacientes, murió en la madrugada del 24 de diciembre de 1874 de viruelas o alfombrilla, dejando un buen recuerdo y numerosas curaciones (1).

En la actual calle Sucre entre las de Pichincha y Pedro Carbo, en un entrepiso cualquiera, residía José Cinco; nadie conocía su verdadero nombre. Era afuereño y rico, prestaba dinero a interés y vivía lo más miserablemente posible, vistiendo harapos; mas, un día cada año, abría las ventanas del departamento y era todo un príncipe porque mostraba un decorado fastuoso y vestidos de primera clase traídos de Europa. Se murmuraba que era un noble exilado o algo por el estilo. La muerte lo sorprendió sin que revelara su secreto y la casa, que era propia, fue ocupada por un sastre de apellido Drouet, antiguo inquilino suyo.


(1) Otros dicen que de coraje, porque en medio de una operación, uno de los presentes que estaba subido en un balcón de puro burlón le escupió la cara. Nota del autor.

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