TOMO II
 
 
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TOMO III
TOMO IV
     


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GUAYAQUIL HACIA 1870
Una larga hilera de elegantes quintas en medio de frondosos bosquecillos y humildes chozas de caña techadas de bijao anuncia al viajero la cercanía del puerto. El golfo, enorme cavidad geográfica donde lentamente se agitan las turbias aguas del Guayas, estaba surcado por veloces vaporcitos fluviales de largas chimeneas que despiden negras volutas de humo. La luna en las noches y el sol de día dan al paisaje diferentes matices. Numerosas canoas y balsas transportan los productos de las haciendas del país para consumo de la población y se nota un ir y venir de gentes tropicales de bronceados torsos.

RUMOR DE CIUDAD MERCANTIL
La primera impresión del viajero que llegaba a nuestro puerto es el sordo rumor de personas que trafican por el malecón y los muelles. La línea horizontal de los tejados a veces es interrumpida por alguna elegante torrecilla con mirador, reja y balaustrada. Las casas de Las Peñas y las chozas escalonadas del cerro prestan al paisaje un grato sabor español. Al fondo y hacia la orilla opuesta a veces se divisaba la silueta del Chimborazo y cuando el Cotopaxi y el Shangay entraban en erupción, sus bramidos podían ser escuchados perfectamente. Por las mañanas se desembarca el cacao, plátano y guineo para su expendio a las grandes firmas exportadoras que tienen oficinas y bodegas en el malecón. Por la tarde se secan las pepitas en los tendales cercanos, recogiéndose los granos al anochecer, hora en que todos salen a tomar el fresco, comprar cosas y escuchar los marciales aires de alguna banda militar, pues la retreta es de obligación de 7 a 8.

MALOS OLORES Y ESTILO ARQUITECTONICO
En el malecón y las dos primeras calles paralelas al río hay puestos públicos de comercio donde los mestizos vendían sus avalorios libremente. Cerca de la Municipalidad existían las tiendas de abarrotes y conservas y en los bajos del centenario edificio funciona el mercado. Los olores son tremendos, un gustillo a pescado, marisco y carne entra por las narices con variados tonos de desperdicios de vegetales y frutas podridas. La impresión no es grata y aún se agrava cuando el visitante no encuentra un solo hotel decente en qué alojarse. teniendo que recurrir a las fondas y hoteluchos de mala muerte donde la atención es mala y cara, la comida se prepara con sebo de res y sabe rancia y las mujeres que atienden portan navajas.

Las casas son de maderas preciosas y resistentes. Muchas pasaban de los cien años como la situada en el Barrio del Astillero que perteneció a Severino Franco desde antes de 1785. La piedra casi no se usa por los continuos movimientos de la tierra que las derribaría y porque el suelo es anegadizo y no presenta una sólida base a ese tipo de construcciones.

Los carpinteros forman un gremio muy importante. Los que se dedican a embarcaciones y navíos se llaman "de Ribera", los menos fabrican armazones urbanas. El método de construcción era simple, se rellenaba el subsuelo con estacas de madera, otras se plantaban y unían hasta formar una malla. Luego venía el techo que protegía del sol al maestro constructor y a los operarios, para terminar con las paredes, pisos y corredores; las ventanas casi no se utilizaban.

El guayaquileño era un artífice tallador y adornaba el frente de las moradas con motivos diversos. Columnas y capiteles simulando viviendas griegas o romanas. Otras, como la Catedral, tenían esos mismos aditamentos, figurando con pintura que incluso llegaban a proyectar supuestas sombras. Este tipo de trabajo aún se puede admirar en las viejas casas que perduran en nuestras más apartadas calles.

CLIMA, ESTACIONES Y PRODUCTOS
El sol pega fuerte desde las 11 a.m. hasta las 5 p.m. y como no habían ventanas y entre las moradas existían espacios vacíos o canalones por donde rugía el viento en las noches, se gozaba en los interiores de un reconfortante fresco. Las habitaciones eran amplias y daban al corredor exterior o al patio central que tenía un cierto aire andaluz muy romántico. El clima era benigno en verano pero en la estación de lluvias, que a veces comenzaba en diciembre y decaía en mayo, la gente adinerada huía a Puna o viajaba a sus haciendas, no tanto por el calor, sino por los mosquitos y otras alimañas que llegaban y atormentaban causando males sin cuentos. El comercio decaía y los prestamistas realizaban pingües negocios adelantando dinero a los agricultores para la siembra siguiente.

El cacao constituía el primer renglón de exportación. Casi siempre se sembraban las plantas de tres en tres, separando estos grupos por cada dos metros. La cosecha la realizaban los hombres desgajando las matas con machete. I eran los niños los encargados de "pepitear" para que las mujeres desgranaran las mazorcas y las secaran en los tendales.

El arroz se cultivaba en Daule y su zona donde también se producía tabaco. En Baba y Palenque había café y cacao. En Puna frutas y reses; la mejor carne de la zona era la de Santa Elena, vasto vergel que daba hasta tres cosechas al año de Tagua y Orchilla para exportación a Panamá y México.

INTENSA VIDA RELIGIOSA
Las mujeres salían a las 6 a.m. a misa, para iniciar el día orando a Dios, viendo gente y ejercitando los músculos con la caminata. Por las tardes, a las cuatro, se tocaba a oración o "Angelus" y era de ley el rezo del Rosario en toda casa. Cuatro veces al año la iglesia de los jesuitas rebosaba de creyentes que asistían a los renombrados "Ejercicios Espirituales de San Ignacio". Las damas llevando sus reclinatorios, los caballeros participando de pie y las mujeres pobres sentadas en el suelo de tablas y cubriendo sus cuerpos con negras mantillas de seda. Todo indica recogimiento y piedad y solo se escucha al orador sagrado hablando del cielo y del infierno. Por esas épocas era asidua en sus prácticas la joven Narcisa Martillo Moran, venida de Nobol a Guayaquil, a probar fortuna. Cosía por paga y habitaba un cuarto en los bajos de "la casa de Carmen Uranga Vázquez, cónyuge del Coronel Camilo Landín. A veces pasaba tantas horas meditando que cuando cerraban la Iglesia de San José quedaba en su interior hasta el día siguiente, sin darse cuenta.

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