TOMO II
 
 
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TOMO III
TOMO IV
     


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FAMILIA PATRIARCAL GUAYAQUILEÑA
Hace muchos años -hasta 1880- Guayaquil era tierra de promisión donde ricos y pobres tenían lo suficiente para vivir, ni más ni menos. Tres parroquias dividían la urbe: Ciudadnueva, Centro y Astillero, éstas dos últimas formaban Ciudad vieja. Las calles conservaban sus viejos nombres españoles: Cangrejito, Real, Gallera, del Fango, Carrizal y Comercio. Las plazas eran espaciosas y antiguas, la de la Concepción se quemó íntegramente en el incendio grande de 1896, las de San Alejo, San Francisco y La Merced aún existen aunque muy remodeladas. Había dos mercados y 20 reses diarias se sacrificaban para consumo de los 40.000 pobladores. En las boticas se vendía muy variadas medicinas. El doctor Gault anuncia sanguijuelas alemanas y francesas acabadas de recibir por el bergantín "Tres Hermanas".

Los cafés abrían sus puertas desde las 5 de la tarde hasta altas horas de la madrugada. En el de la Marina que también desapareció en el incendio grande, vendían mistelas finísimas para toda ocasión. Don Francisco Jaramillo desde el portal de la casa municipal ofrecía chocolate español para las que esperaban bebés; mucho "jarabe con nieve del Chimborazo" —hoy conocido con el nombre de raspado o prensado— se consumía a diario. El calor era fuerte pero la moda obligaba a usar vestidos ceñidos y largos. El agua potable se traía de Petrillo a lomo de mula o en balsas. El agua salada del Estero servía para bañarse y los barriles de 18 galones costaban dos reales y los vendían los empleados del italiano J. J. Murta.

En la perfumería de Gallé Hnos. se exhibían panes de jabón de zumo de pepino para caballeros y de crema de glicerina y de vinagre de frambuesa para el bello sexo, la química era de orígen vegetal. En el antiguo teatro "Olmedo'' la compañía Torres anunciaba una obra del inmortal Larra titulada: "Amor Paternal" en beneficio de cuatro actrices, los palcos a tres pesos admitían hasta cinco personas, las lunetas modestamente costaban cuatro reales y eran de uso individual.

Por las tardes a eso de la seis, se encendían los faroles que habían reemplazado con éxito a los antiguos quinqués de aceite. Una nueva luz brillaba a lo largo del Malecón y de la Calle del Comercio; era el gas que se obtenía de la hulla importada de Valparaíso.

La noche invitaba al paseo romántico y a dar serenos. Para el efecto se subían pianofortes o pianolas en carretas tiradas por mulas. Las calles estrechas daban intimidad a la música y las mazurcas, polkas y valses volaban con el fresco de las nueve, hora propicia para no causar demasiadas molestias a los vecinos que embelesados también escuchaban.

Por el oeste Guayaquil se resguardaba desde 1842 del flujo de las altas mareas del Estero Salado con un camino de piedra de una legua de largo que salta de Sabana Chica (hoy Plaza de la Victoria) y seguía por las calles Santa Elena, Juan Pablo Arenas hasta Sabana Grande o de San Pedro, donde actualmente se encuentra el Hospital Territorial. En ese año el intrépido Gobernador Vicente Rocafuerte hizo reforzar la calzada antigua y colonial mandada a construir en 1784 por el Gobernador, Coronel Ramón García de León y Pizarro. De allí nació la famosa frase porteña de "Apuren que el muerto apesta", porque los entierros se realizaban a las 6 de la tarde, hora en que los mosquitos maltrataban a los acompañantes con sus punzantes aguijones a lo largo de todo el camino y los chuscos que iban a la retaguardia, para apurar a los demorones gritaban en son de broma: "Apuren, que el muerto apesta".

GUAYAQUIL POR DENTRO
Las casas eran espaciosas, de madera, tenían un amplio corredor que miraba al frente, donde se colgaban las infaltables hamacas para que los moradores gozaran de las delicias de una buena mecidita después de almuerzo. La primera casa con ventanas que se construyó en Guayaquil fue de propiedad del comerciante italiano Lorenzo Lavezzari Di Canotieri, que la inauguró con un baile al que asistió el presidente Doctor Gabriel García Moreno, y era de ver la admiración que causó la tal novedad. Por entonces se la llamó la Casa de las Chazas Venecianas. Luego vinieron otras y la costumbre se generalizó después del incendio grande del 96.

El patio interior también era de ritual, adornado con grandes maceteros de flores y líquenes colgantes que daban un delicioso sabor andaluz. Muchas casas de postín tenían doble sala para ser usada según la clase de visita que se recibiera. Si era una comadre, antigua empleada o persona de regular condición se la recibía en la "sala de confianza", amoblada con sillas de esterilla barnizada o con mecedoras de Viena; pero si la persona era de gran copete o mucha etiqueta, hubiera sido una grosería no recibirla en el salón principal, donde eran infaltables los muebles Victorianos, Luis XV, Luis XVI, abroquelando las paredes los macizos "trumeau" traídos de París, llenos de mármol, espejo, pan de oro y coronaciones talladas en caprichosos racimos de frutas o plumas, que formaban retorcidos penachos. El jarrón de "Sevres" o de “Limoges” era de ley, así como también la fina escupidera de porcelana inglesa adornada con flores multicolores. Un burropié para las señoras de edad complementaba el mobiliario.

En este bucólico ambiente la sociedad se basaba en familias que vivían alrededor del padre, amo y señor de sus hijos y cónyuge y sol brillante que nunca se eclipsaba. Muchos sirvientes, descendientes en su mayor parte de antiguos esclavos de la casa, seguían la suerte de sus amos, sin tentar la vida libre en una sociedad semi feudal que acababa de salir del denso coloniaje español y que mantuvo a América sin mayores cambios por más de dos siglos y medio.

A golpe de cinco de la tarde se iniciaba el "Angelus" que antecedía el rosario alrededor de la madre. A las seis la tertulia. La cena era frugal y casi siempre a las ocho. Luego se pasaba al corredor a conversar, recibiéndose amigos que visitaban hasta las once. Una de estas veladas ha perdurado a través de los años merced a la poesía viva y chispeante de Juan León Mera, autor de la letra de nuestro Himno Nacional y visitante del hogar de Diego María Noboa Baquerizo, cuando fue de vacaciones a Riobamba, acompañado de su esposa Angelita, su cuñada Ignacia y del marido de ella José María Pareja Arteta. Veamos los versos:

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