..............................................................................................................................................................................................................
|
ENFERMEDADES
DE ANTAÑO
Una de las ciencias que más
ha progresado en lo que va del presente siglo es la
medicina y tanto, que los métodos de hace cien
años para diagnosticar y curar, ahora resultan
increíbles y despiertan risa, más que
sorpresa.
El médico de hace un siglo tenía relativamente
poca ciencia y mucho empirismo. Los habían
«Latinos» que por conocer dicho idioma
y haberse graduado en una Universidad podían
diagnosticar y operar. Los otros, que sólo
hablaban el español se llamaban «Romancistas»
y curaban casi por instinto, sanando por pura casualidad
a sus clientes.
Los «Barberos» y sangradores se especializaban
en ramas menores de la medicina de entonces tales
como cortar venas para sangrar, colocar sanguijuelas
en las nucas de sus pacientes, sacar muelas, cauterizar
heridas con fierros al rojo vivo, coser el cuero cabelludo
y poner emplastos o cataplasmas. También había
los llamados «Barchilones» o enfermeros
que trabajaban preferentemente en los hospitales,
llevando y trayendo vacixnillas, cambiando las vendas
de las heridas, limpiando las camas, barriendo el
piso y en fin, haciendo de todo un poco. Las mal llamadas
«Comadronas» o «Comadrejas»
eran las antiguas parteras que ayudaban a venir al
mundo a las criaturas y cuando se topaban con algún
problema morrocotudo mandaban a preguntar al nervioso
padre que esperaba afuera: ¿Qué vida
quiere salvar, la de la madre o la del niño?
Imagínese el compromiso ...
Y como la botánica reinaba en las boticas,
porque la química solo era medio conocida,
existían unas recetas milagrosas dignas de
ser recordadas. Van algunos ejemplos. Si le salían
granos en la piel, lo mandaban al paciente a bañarse
en Las Peñas y a hacer gárgaras con
esas aguas, que se decían milagrosas, porque
contenían zumo de zarzaparrilla, planta silvestre
y gran depurativo, que crecía en ese sector.
Si el mal persistía, entonces el baño
era en aguas del Estero Salado, que por ser más
fuertes se recomendaban solamente para las tiñas
y roñas en general.
Si Ud. se caía de un caballo y rompía
una pierna lo colocaban en cama un mes, con su pierna
en medio de dos tablitas y varias vendas. No podía
levantarse y peor caminar, so pena de tener qué
vivir tullido el resto de sus días. Si se dislocaba
una articulación venga un sobador montubio
en medio de la expectación de nutrida concurrencia
y arreglaba el mal como por ensalmo.
Para males más profundos existían otros
métodos. Así por ejemplo, cuando a don
Pablo Herrera Ministro de la Alta Corte de Justicia
de Quito, a fines del siglo pasado, se le hipertrofió
la próstata, le recetaron una sondita de caucho
en la uretra, cuya punta iba a dar a un frasco de
vidrio donde se acumulaban los orines. El frasco se
guardaba en un bolsillo interior del sobretodo, para
disimularlo. En una clásica fotografía
del «Ecuador en Chicago» aparece el bueno
de don Pablito con sobretodo y se le ve el bulto del
frasco; lo que no se aprecia en dicha foto es el olor
que despedirían dichos orines enfrascados.
Años después don Eduardo Game Valarezo,
gerente del Banco del Ecuador sufrió de lo
mismo, pero ya la ciencia había progresado.
Estábamos en 1920 y sólo tuvo que soportar
un año de curaciones cáusticas por la
misma uretra -que han de haberle dolido porque sangraba-
hasta que la próstata se quemó químicamente
y dejó de molestar. Ahora, con una simple operación
que dicen que es muy sencilla, cualquier cristiano
sale del paso en siete días y sin dolores ni
molestias de ninguna índole.
Los accidentes también eran motivo de preocupaciones
sin cuento. Doña Rosa Montúfar de Aguirre,
hija del Marqués de Selva Alegre, se cayó
de su caballo en Quito y se le desprendió el
maxilar inferior, así pues, el resto de sus
días los pasó con un pañuelo
amarrado a la cabeza y existe una fotografía
de ella, con el bendito pañuelo. Por supuesto
que nunca pudo comer ni hablar con corrección,
todo un lío que la atormentó hasta la
muerte.
A los borrachitos los curaban hasta bien entrado el
pasado siglo con el siguiente método: Primero
un baño en agua helada para que se les pase
el chuchaque, luego varias latigueadas para que purgen
el vicio y comprendan lo malo que es atormentar a
Dios con el pecado de la borrachera, por ultimo lo
mandaban a sus casas todos mohínos y adoloridos
para que tomen agua con gotitas de cognac, de tal
suerte que se vayan desintoxicando paulatinamente.
Este método se aplicaba de preferencia en los
pueblos y dicen que era santo remedio en la mayor
parte de los casos.
Los loquitos, en cambio, eran recluidos a la buena
de Dios, muchas veces en manicomios donde no había
médicos alienistas. En otras ocasiones les
aplicaban «el ojal» método que
por gracioso lo voy a contar como me lo refirió
una viejecita que lo vio practicar en 1870, Don Célimo
Bueno Betancourt que vivía en Esmeraldas estaba
medio chifladito. Al orate lo agarraban entre cuatro
y un médico le metía un filudo cuchillo,
a flor de piel, en la nuca, hasta formarle un ojal
con un orificio de salida y otro de entrada. Luego
le pasaban una venda de tela fina por debajo del ojal
y se la dejaban allí, colocando el resto del
rollo de no menos de 10 mts. de largo en un bolsillo
del saco. Esto se hacía para evitar que el
ojal se cerrara. Diariamente se le seguía pasando
la venda y al final, después de un año,
el loquito estaba curado o más loco que nunca.
El secreto del método consistía en hacer
que «la demasiada sangre de la cabeza del loco»
se le vaya a la nuca de golpe y «lo despeje»
y como el ojal traía infección y enrojecimiento
de la piel de la herida, el médico se daba
por bien servido en todos los casos.
|
| |
|