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EL CENTENARIO
DE BOLIVAR
En 1883 el gobierno de Venezuela celebró
en Caracas el Centenario del nacimiento del Libertador
con recepciones y discursos a los que asistieron numerosas
misiones extranjeras. De esa época es el inicio
de la amistad de doña Josefa Vivero de González
con el ilustre historiador Juan Bautista Pérez
y Soto, panameño muy menor a ella pero tan
fervoroso admirador de Bolívar como doña
Josefa, quién fue comisionado por dicha dama
para depositar sobre la tumba de Bolívar «una
lujosa corona», la mejor de todas, como ella
misma confesaría y no sin rubor, meses después.
Para el efecto la buena señora no trepidó
en gastar dinero a manos llenas, invirtiendo una fuerte
suma en los festejos. Primero costeó de su
peculio el viaje de Pérez y Soto pagándole
buenos hoteles, la impresión de un libro y
la «Corona» que se confeccionó
en oro y plata y fue tan fina y hermosa que superó
ampliamente a la del gobierno venezolano,
De una publicación del Dr. Pérez y Soto
editada en «La Estrella de Panamá»
en 1883 sabemos que el día anterior a los festejos
él colocó la corona de nuestra apasionada
compatriota sobre la tumba de Bolívar, cubriéndola
con una seda rosada. Que el 24 de Julio el pueblo
caraqueño presidido por el Presidente de la
República, General Guzmán Blanco, se
encaminó en solemne procesión al Panteón
Nacional. Iba a la cabeza de los familiares Fernando
S. Bolívar, sobrino carnal del Libertador y
señor de más de setenta años,
que se apoyaba en el brazo de Pérez y Soto,
luego la Comisión de Festejos, el Cuerpo Diplomático,
las Misiones Especiales, las Autoridades y el Cabildo.
Llegados al sitio de la tumba habló el Presidente
de Venezuela, enseguida se descubrió la corona
del gobierno que había sido importada de París
y estaba adornada con siemprevivas recogidas en los
llanos donde tanto había combatido Bolívar,
A las 11 y 35 de la mañana fue llamado el delegado
de doña Josefa para que descubriera la suya,
que resultó tan grande y bella que arrancó
un grito de admiración en todos los presentes
por su riqueza y magnificencia. El oro y la plata
estaban sombreados y aparecían plomos y blancos
como correspondía al momento, la adornaban
laureles florecidos y otras ramas de heroico simbolismo.
Su diseño fue confeccionado en Guayaquil por
José Joaquín Olmedo Icaza, hijo del
poeta y muy dado al dibujo como su tío Antonio
Icaza Silva que diseñó el Cementerio.
«Lástima que no se puede aplaudir»
-exclamó un caballero; otro dijo «Es
magnífica y hace honor al reto de la señora
Vivero, que al saber lo del Centenario, dijo: «Quién
más lo admira soy yo y seré la que mejor
quede...»
El Presidente Guzmán Blanco retribuyó
tal fineza bolivariana concediéndole a nuestra
paisana la Orden del Busto del Libertador en el grado
de Comendador, de tercera clase, con medalla y diploma.
La Comisión de Festejos le confirió
la Medalla conmemorativa y numerosos parientes de
Bolívar le enviaron recuerdos. Valentina Clemente
y Bolívar de Camacho le regaló la mitad
del pañuelo conque se cubrió la cara
del cadáver de Bolívar en Santa Marta,
con su retrato personal y una carta en la que ponía
a sus órdenes su casa en Caracas para cuando
quisiera viajar a Venezuela. Igualmente le remitió
un mechón de pelo, unido por una cintilla negra,
cortado al cadáver de Bolívar. Pedro
Robles y Chambers me ha referido que doña Josefa
también poseyó otro pañuelo de
Bolívar, obsequiado por el General Clemente
Zárraga, quien a su vez lo obtuvo del Coronel
Mariano Uztáriz y Palacios, primo hermano del
Libertador, cuando éste se encontraba en su
lecho de enfermo en Caracas. Este pañuelo fue
guardado por doña Josefa como si fuera una
reliquia, dentro de una cajita con su correspondiente
tapa de cristal.
En el baile que ofreció el gobierno en el palacio
presidencial a las Misiones Especiales, consta en
el programa una polka titulada «La Gratitud»,
dedicada a doña Josefa; desde Lima el maestro
Pauta, músico ecuatoriano de gran fama, le
dedicó otra composición y en Guayaquil
Ana Villamil Icaza -sobrina segunda de doña
Josefa- creó el «Vals de la Corona»;
sin embargo, los mejores agradecimientos le llegaron
de Caracas donde el literato Arístides Rojas
le envió de obsequio un libro que había
sido de Bolívar y dos cartas autógrafas
del Libertador. Amenodoro Urdaneta hizo lo mismo.
Pérez y Soto obtuvo de la casa de Bolívar
una rosa magnolia de color blanco y que disecada con
el mayor esmero acompañó a un busto
de Bolívar enchapado en oro, remitiendo todo
a Guayaquil.
Servilletas y tenedores grabados con el monograma
«S.B.», autógrafos, libros, flores,
cartas, retratos, pergaminos, condecoraciones, periódicos,
fotografías, copias de discursos, folletos
y programas, todo le llegó a doña Josefa,
que al recibir tantos recuerdos lloraba en cada ocasión
de emoción. Y para no cejar en nada, también
mandó a fabricar un juego completo de muebles
de sala dorados al fuego con pan de oro de 24 kilates
y tapizado de fino brocado celeste, estilo Luis XV,
que armonizaba con una mesa suntuosa y de complicados
labrados en madera, en cuyo centro y sobre una piedra
de mármol blanco de Carrara hizo grabar «A
Bolívar Libertador».La piedra tiene seis
tornillos. Un quinqué de cristal tallado en
Venecia con el perfil del héroe, completa el
maravilloso conjunto que a su muerte pasó a
manos del Albacea, que no supo qué hacer con
él y posiblemente lo vendió a personas
conocedoras de su importancia y valor histórico.
Años después lució en la sala
de la Simón Cañarte Bahamonde, luego
en la de su hija Aída Cañarte Barbero
que lo vendió hace casi treinta años
a los hermanos Pedro y Jesús Robles Chambers,
sobrinos segundos de doña Josefa, que los conservan
con el cariño que se le tiene a las venerables
cosas del pasado, por haber pertenecido a una mujer
apasionada y patriota que amó la memoria del
Libertador con verdadera locura y cuidó de
la perennidad de su recuerdo en Guayaquil.
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