TOMO II
 
 
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TOMO III
TOMO IV
     


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TRUCULENCIAS FAMILIARES
La familia Veintemilla es antigua en Cuenca y procede de un español de Soria llamado Andrés de Veintemilla que allá casó con María Pérez de las Heras y fueron padres de Toribio de Veintemilla que vino a América y fundó familia a principios del siglo XVII; son antiguos en nuestra Patria los Veintemilla o Veintimilla, que de cualquier forma se puede escribir este apellido, procedente del linaje italiano de Veintemiglia.

Los actuales Vintimilla de Cuenca escriben el apellido de este modo, único en el mundo, por resolución de sus mayores tomada durante los aciagos años de la dictadura del pariente. La rama quiteña de Veintemilla aparece con el abuelo del General Ignacio, padre de los Veintemilla Arteta, y entre ellos, del doctor Ignacio, abogado de profesión y Ministro Juez de la Corte Suprema de Justicia, casado con una hija ilegítima de José Javier de Ascázubi y Matheu en una señora de la nobleza quiteña de apellido Villacís, por lo que antepuso el apellido materno al paterno para evitar el escándalo social.

No sería raro encontrar en estas razones de índole familiar los principales rasgos de carácter de los hermanos Veintemilla Ascázubi (Ignacio y José): siempre aventurando, pocos amigos de la instrucción y mucho de la juerga y el buen vivir. José Veintemilla en Lima se enamoró de una joven, hija de una de las cantantes italianas que visitaban la capital formando parte de una compañía de Opera. Todo fue verla y amarla, fugándose el valeroso militar con la hermosa diba.

Fruto de este matrimonio fue Marieta de Veintemilla Marconi que nació en alta mar, al entrar al buque que traía a sus padres al golfo de Guayaquil y no lejos de la Isla Puna. En este idílico paraje vino al mundo la Generalita, que 22 años después infundiría coraje a los militares de su tío durante el sitio de la capital; la señora Marconi murió pronto dejándola huérfana y al cuidado de dos tías solteronas.

Muy joven Marietta llegó a contraer matrimonio con Antonio de Lapierre Cucalón, hijo del Conde de Langlouise de Lapierre, exMinistro Plenipotenciario de Francia en Ecuador y de la guayaquileña Antonia Cucalón Ariza, y como quedó viuda y sin hijos se dedicó a la política hasta que asumió el mando del ejército ecuatoriano, peleando con enorme coraje, y cayó prisionera de los restauradores; ocho meses pasó encerrada en una prisión. Con posterioridad viajó a Lima acompañando a sus tías, donde las esperaba el General Veintemilla que había huido de Guayaquil a tiempo.

Sus últimos años fueron tristes. Regresó a Quito, había engordado y se halló llena de enemigos políticos. Creía en fantasmas y en espíritus, estudiaba ocultismo y vivía sola en la finca que el General Veintemilla mandó edificar para sí y que a pesar de los años transcurridos no estaba concluída; el decorado de las paredes era misterioso porque las mandó a forrar de raso rojo. Y murió un día de marzo de 1907. A esta mujer el país no le ha hecho justicia todavía.

MUERTE DEL GENERAL
El tío, que había seguido viviendo en Lima y trasnochando en las tertulias del Club de la Unión, al conocer el fallecimiento de su querida sobrina a la que estimaba y admiraba en alto grado, sufrió el remordimiento más atroz y decidió radicar en Quito para estar cerca de ella también en muerte. En efecto, el jueves 18 de abril de ese año se hospedó en su casa y como de las sumas de dinero que llevara del país al exterior, poco o nada quedaba, hizo vida de pobre, visitando a sus conocidos para mejor pasar el tiempo.

El día de su llegada un núcleo de trescientos ciudadanos le vivaron a gritos; eran los viejos veintemillistas de 30 años atrás. El anciano General que contaba 80 abriles y tenía la cabeza cana se exaltó por última vez y pronunció un discurse en el balcón haciendo votos por la prosperidad y progreso de la nación. Desde 1900 había vuelto a constar en el escalafón militar con ese grado después que la Convención Nacional de 1883 lo borró.

En julio del año siguiente se lastimó un pie y cayó enfermo con infección; su amigo el padre Manuel José se puso necio en confesarlo y el enfermo se resistía, hasta que el padrecito apeló al recuerdo y le dijo que cómo era posible tanta obstinación si su hermana Josefina de Veintimilla, monja en Lima, era nada menos que esposa de Cristo, al que el general replicó con malicia no exenta de gracia “Si mi hermana es esposa de Cristo como Ud. afirma, espero que mi cuñado no me ponga mala cara en el cielo. I ambos rieron con tanta chusca salida pero su condición siguió peor, la fiebre subía a ratos y de pronto a causa de la diabetes se presentó una mortal gangrena que le llevó al sepulcro el domingo 19 de ese mes, no sin antes recibir solemnemente el viático con gran concurso de damas y caballeros de Quito.

El lunes 20 el Presidente Alfaro dispuso una Capilla Ardiente en su honor en el interior de la Cancillería, luego se paseó al cadáver en calle de honor que la formaron los estudiantes de la escuela Militar hasta el cementerio de San Diego.

El desfile comenzó a la 1 p.m. y tomaron las fajas los Generales Manuel Antonio Franco, José María Sarasti, Flavio Alfaro, Fidel García y Rafael Arellano y el Ministro de Chile Guillermo Pinto Agüero. Presidían el duelo sus sobrinos Nicolás, Ignacio y Carlos de Veintemilla y sus parientes los Arteta, Ascázubi, Veintemilla. Villacís y Tinajero.

El martes 21 se oficiaron los funerales en la catedral presidiendo la ceremonia el llustrísimo Juan María Riera y cantando los responsos sagrados el Arzobispo González Suárez. A la salida repartieron hojitas volantes con la fotografía del decesado y una mini biografía muy de acomodo por aquello de que el papel aguanta todo y el tiempo borra en la memoria de los hombres hasta los peores recuerdos.

Con Veintemilla murió su época no exenta de hombres ilustres y hechos heroicos y para mal del Ecuador plagada de vicios y abusos. Pudo haber hecho tanto bien porque fue popular (2) e inteligente y sin embargo se dejó vencer por la afición al licor y a los placeres.

(2) Cuéntase de Veintemilla que siendo Presidente salía a las calles de Quito y andaba de abrazo con sus conocidos a los que trataba de amigos y compañeros, repartiendo jovialidad y simpatía a raudales. Con sus inferiores de cuartel fue siempre atento; tenía tratos con las "huarichas" (mujeres de los soldados) y a éstos los motejaba de "Mis cachuditos", y cosa rara, nadie se resentía. Suerte la de algunos...

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