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TRUCULENCIAS
FAMILIARES
La familia Veintemilla es antigua
en Cuenca y procede de un español de Soria
llamado Andrés de Veintemilla que allá
casó con María Pérez de las Heras
y fueron padres de Toribio de Veintemilla que vino
a América y fundó familia a principios
del siglo XVII; son antiguos en nuestra Patria los
Veintemilla o Veintimilla, que de cualquier forma
se puede escribir este apellido, procedente del linaje
italiano de Veintemiglia.
Los actuales Vintimilla de Cuenca escriben el apellido
de este modo, único en el mundo, por resolución
de sus mayores tomada durante los aciagos años
de la dictadura del pariente. La rama quiteña
de Veintemilla aparece con el abuelo del General Ignacio,
padre de los Veintemilla Arteta, y entre ellos, del
doctor Ignacio, abogado de profesión y Ministro
Juez de la Corte Suprema de Justicia, casado con una
hija ilegítima de José Javier de Ascázubi
y Matheu en una señora de la nobleza quiteña
de apellido Villacís, por lo que antepuso el
apellido materno al paterno para evitar el escándalo
social.
No sería raro encontrar en estas razones de
índole familiar los principales rasgos de carácter
de los hermanos Veintemilla Ascázubi (Ignacio
y José): siempre aventurando, pocos amigos
de la instrucción y mucho de la juerga y el
buen vivir. José Veintemilla en Lima se enamoró
de una joven, hija de una de las cantantes italianas
que visitaban la capital formando parte de una compañía
de Opera. Todo fue verla y amarla, fugándose
el valeroso militar con la hermosa diba.
Fruto de este matrimonio fue Marieta de Veintemilla
Marconi que nació en alta mar, al entrar al
buque que traía a sus padres al golfo de Guayaquil
y no lejos de la Isla Puna. En este idílico
paraje vino al mundo la Generalita, que 22 años
después infundiría coraje a los militares
de su tío durante el sitio de la capital; la
señora Marconi murió pronto dejándola
huérfana y al cuidado de dos tías solteronas.
Muy joven Marietta llegó a contraer matrimonio
con Antonio de Lapierre Cucalón, hijo del Conde
de Langlouise de Lapierre, exMinistro Plenipotenciario
de Francia en Ecuador y de la guayaquileña
Antonia Cucalón Ariza, y como quedó
viuda y sin hijos se dedicó a la política
hasta que asumió el mando del ejército
ecuatoriano, peleando con enorme coraje, y cayó
prisionera de los restauradores; ocho meses pasó
encerrada en una prisión. Con posterioridad
viajó a Lima acompañando a sus tías,
donde las esperaba el General Veintemilla que había
huido de Guayaquil a tiempo.
Sus últimos años fueron tristes. Regresó
a Quito, había engordado y se halló
llena de enemigos políticos. Creía en
fantasmas y en espíritus, estudiaba ocultismo
y vivía sola en la finca que el General Veintemilla
mandó edificar para sí y que a pesar
de los años transcurridos no estaba concluída;
el decorado de las paredes era misterioso porque las
mandó a forrar de raso rojo. Y murió
un día de marzo de 1907. A esta mujer el país
no le ha hecho justicia todavía.
MUERTE DEL GENERAL
El tío, que había seguido
viviendo en Lima y trasnochando en las tertulias del
Club de la Unión, al conocer el fallecimiento
de su querida sobrina a la que estimaba y admiraba
en alto grado, sufrió el remordimiento más
atroz y decidió radicar en Quito para estar
cerca de ella también en muerte. En efecto,
el jueves 18 de abril de ese año se hospedó
en su casa y como de las sumas de dinero que llevara
del país al exterior, poco o nada quedaba,
hizo vida de pobre, visitando a sus conocidos para
mejor pasar el tiempo.
El día de su llegada un núcleo de trescientos
ciudadanos le vivaron a gritos; eran los viejos veintemillistas
de 30 años atrás. El anciano General
que contaba 80 abriles y tenía la cabeza cana
se exaltó por última vez y pronunció
un discurse en el balcón haciendo votos por
la prosperidad y progreso de la nación. Desde
1900 había vuelto a constar en el escalafón
militar con ese grado después que la Convención
Nacional de 1883 lo borró.
En julio del año siguiente se lastimó
un pie y cayó enfermo con infección;
su amigo el padre Manuel José se puso necio
en confesarlo y el enfermo se resistía, hasta
que el padrecito apeló al recuerdo y le dijo
que cómo era posible tanta obstinación
si su hermana Josefina de Veintimilla, monja en Lima,
era nada menos que esposa de Cristo, al que el general
replicó con malicia no exenta de gracia “Si
mi hermana es esposa de Cristo como Ud. afirma, espero
que mi cuñado no me ponga mala cara en el cielo.
I ambos rieron con tanta chusca salida pero su condición
siguió peor, la fiebre subía a ratos
y de pronto a causa de la diabetes se presentó
una mortal gangrena que le llevó al sepulcro
el domingo 19 de ese mes, no sin antes recibir solemnemente
el viático con gran concurso de damas y caballeros
de Quito.
El lunes 20 el Presidente Alfaro dispuso una Capilla
Ardiente en su honor en el interior de la Cancillería,
luego se paseó al cadáver en calle de
honor que la formaron los estudiantes de la escuela
Militar hasta el cementerio de San Diego.
El desfile comenzó a la 1 p.m. y tomaron las
fajas los Generales Manuel Antonio Franco, José
María Sarasti, Flavio Alfaro, Fidel García
y Rafael Arellano y el Ministro de Chile Guillermo
Pinto Agüero. Presidían el duelo sus sobrinos
Nicolás, Ignacio y Carlos de Veintemilla y
sus parientes los Arteta, Ascázubi, Veintemilla.
Villacís y Tinajero.
El martes 21 se oficiaron los funerales en la catedral
presidiendo la ceremonia el llustrísimo Juan
María Riera y cantando los responsos sagrados
el Arzobispo González Suárez. A la salida
repartieron hojitas volantes con la fotografía
del decesado y una mini biografía muy de acomodo
por aquello de que el papel aguanta todo y el tiempo
borra en la memoria de los hombres hasta los peores
recuerdos.
Con Veintemilla murió su época no exenta
de hombres ilustres y hechos heroicos y para mal del
Ecuador plagada de vicios y abusos. Pudo haber hecho
tanto bien porque fue popular (2) e inteligente y
sin embargo se dejó vencer por la afición
al licor y a los placeres.
(2) Cuéntase de Veintemilla que siendo Presidente
salía a las calles de Quito y andaba de abrazo
con sus conocidos a los que trataba de amigos y compañeros,
repartiendo jovialidad y simpatía a raudales.
Con sus inferiores de cuartel fue siempre atento;
tenía tratos con las "huarichas"
(mujeres de los soldados) y a éstos los motejaba
de "Mis cachuditos", y cosa rara, nadie
se resentía. Suerte la de algunos...
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